viernes, 5 de agosto de 2016

Aspectos de la novelística de Francisco Ayala[i]



El escritor, en el novelar de Francisco Ayala


La generación de Francisco Ayala (1906-2009) vivió la juventud entre notables crisis, las secuelas de la  Iª Gran Guerra y las convulsas realidades sociales y políticas hasta el tajo de la Guerra Civil española. La crisis influía seriamente en la literatura y particularmente en la novela porque los géneros literarios son elásticos y modifican sus estructuras --cuando no desaparecen—siempre en busca de una modernidad. Pero si en tiempos de crisis el ciudadano no encuentra la vieja seguridad, tampoco la tendrá el protagonista que le imita en la novela. ¡Oh, el personaje! Incluso el novelista encuentra difícil modelar un arquetipo porque el ciudadano en que se fija ni induce a la ejemplaridad ni a la repulsión. El personaje en crisis sólo es imagen de nuestra propia inseguridad, del vacío que sufre una sociedad que ni se reconoce ni sabe adónde se dirige. Francisco Ayala escribió --ya en su madurez—en el  libro Experiencia e invención (1960):

“Si, como me parece indudable, los géneros tradicionales han perdido significación, y algunos han sido abandonados por completo (¿a quién se le ocurriría hoy ponerse a escribir una epopeya?), su decadencia indica que esos dispositivos técnicos en que consiste no corresponden ya, o sólo en medida  muy escasa, al estilo de nuestra época, y no sirven para darle expresión adecuada”. 


En tiempos de  juventud, a Francisco Ayala como a la mayoría de los escritores de su generación les iba la experimentación, los ismos; el estilismo del tiempo se imponía a todo su quehacer artístico incluida la creación novelística. Respecto a  Ayala lo testimonian sus libros El boxeador y un ángel (1929) y Cazador en el alba (1930). Pero cuando escribió El hechizado (1944) y tenía 38 años, su novelar había encontrado el norte centrándose en la figura del escritor, o en sus variantes como el narrador, el relator, el memorialista, el aficionado a escribir o el autor de autobiografía. No se trataba del caso de Miguel de Unamuno quien, demostrado por Ricardo Gullón en su libro Autobiografías de Unamuno (1964), trasladaba sus múltiples yos a los personajes de novela con ánimo de perdurar en ellos después de su  propia muerte. Ayala eligió la figura del escritor porque representa al creador y, a través de ella, mostraría la miseria social valiéndose de procedimientos literarios tales como la historia,  la crónica de sucesos y la autobiografía.

¿Qué le induce al escritor Pinedo, protagonista de Muertes de perro (1958) a escribir la crónica de la dictadura de Bocanegra como no sea una inmortalidad que Ayala dibuja lentamente desde la ironía y la parodia? Acostumbrado al espectáculo diario “donde la bestia humana ruge”, realidad más cruda que la peculiar de las novelas o de las películas, y pensando que los sucesos a relatar despertarán la admiración de las generaciones, el protagonista Pinedo se aplica a “a preparar” su relato con el desengaño de la pura verdad:


“Instalado siempre en mi sillón de ruedas, testigo de tanto y cruel desorden, aquí estoy, en medio del torbellino, sin que hasta el momento nadie me haya molestado.”



Y piensa que si no le ocurre nada, se le posibilita asistir al final de la historia y podrá contarlo (“porque esto ha de tener un final, y será menester que alguien lo cuente”). Pinedo se llama vástago de una familia de escribidores y, por tanto, se cree con el mejor derecho para continuar “la sedentaria tarea” de contar los despropósitos de los otros mortales. Conoce también la inmunidad que le proporciona estar impedido en un sillón de ruedas:


“De mí, ¿quién va a ocuparse? Y hasta me sobra el tiempo y el sosiego para observar, inquirir, enterarme, averiguarlo todo, e incluso para hacer acopio de documentos; sí, juntar los papeles sobre cuyo valor fundamental habrá de fundarse luego la historia de este turbulento periodo”



En el fondo, cronista de cualquier tiempo, quiere un puesto en la gloria:


“¿quién  le dice que no haya de ser mi nombre, el nombre de Luis Pinedo, del insignificante Pinedito, el que se haga ilustre, a fin de cuentas, por encima de todas las cabezas, con el sólo mérito de haber salvado de la destrucción y el olvido estos documentos cuya importancia nadie reconoce  ahora y en los que nadie repara?... Silenciosamente los recojo yo  mientras tanto para redactar en su día la crónica de los sucesos actuales”.


Ni el afán de verdad histórica  ni el escribir para solazarse ilusionan tanto a este mesiánico hijo de la sociedad como propagar desde su ser tullido y enfermo la podre de sus congéneres. En uno de esos momentos de reflexión extra-subjetiva manifiesta que existe otra poderosa  razón para escribir:


“vivimos al día, sin recuerdo del pasado ni preocupación del porvenir, entregados a un fatalismo que nos lleva, en lo individual como en lo colectivo, de la abulia al frenesí,  para recaer de nuevo en el letargo tras cada convulsión. Eso quizás por suponerse que nada de lo que ocurra o pueda ocurrir tiene entidad real”. 



Antes de proseguir, subrayo que una constante de los personajes de Ayala es vivir de recuerdos y que ese transportarse al pasado no sólo explica la naturaleza irreal de los sucesos narrados en presente por quienes viven a expensas de remembranzas, sino también una sociedad trasnochada donde el individuo no puede reverdecer viejas energías.


En El  fondo del vaso (1962) el protagonista Lino Ruiz resulta menos cínico que Pinedo; dice escribir para pasar el rato, pero varían los sentimientos que mueven su pluma. Al comenzar escribe para reivindicar al desaparecido Bocanegra; después porque un amigo --interesado en que abandone los anteriores propósitos-- le adula como artista y, finalmente,  cuando es un verdadero escritor, porque tiene conciencia de su propia ruina moral y física. La novela está muy bien estructurada. Sus tres partes responden con lógica feliz a la trayectoria espiritual del protagonista. La primera buceará en su idiosincrasia; en la segunda –ahí nace el “escritor-artista” retratará a calco la circunstancia que le rodea; en la tercera la realidad se impone al ensueño para terminar fundiéndose en él. Y Lino, resulta despojado de la libertad y de cuanto le es querido. Siendo verdad que había empezado a escribir para entretenerse, exclama: “No hay remedio: esta vida es una comedia de equivocaciones, una tragedia, una tragicomedia”, en mi opinión, coincidiendo con la visión del mundo del autor.


Las obras anteriores de Francisco Ayala, sin ser tan complicadas, ofrecen un panorama variado en la manera de presentar al personaje,  predominando la tendencia autobiográfica. El carácter de cada personaje-escritor será evaluado por los lectores tras leer los comentarios de los sucesivos cronistas que surgen en el relato, y los gestos o indicaciones repartidos por el novelista a lo largo del texto. 

Nuestro novelista relevó la dualidad clásica entre héroe y antihéroe, cada vez menos viable en la buena novela moderna, por un juego de tres personajes: uno es el propio autor-Ayala dirigiendo la trama e introduciéndose de manera subrepticia en los otros personajes cuando le conviene; el segundo es el relator que pertenece a la tipología de los entes vacíos que se exorcizan introduciéndose en los secretos de otras vidas, usufructuándolas como es el caso de Pinedo; el tercer personaje es el verdadero cronista de la ficción, el glosador verbal o documental  de acontecimientos directamente vividos por él, primer intérprete de la realidad, del sufrimiento moral, del suceso novelesco, pareciendo  el otro autor de la novela – un ejemplo nítido de glosa verbal también puede verse en la novelita El mensaje. La presencia de los tres autores permitía que Ayala manejara el tiempo novelesco desde tres puntos vista que, además,  le hacían trasmutable.


Si El fondo del vaso superó la técnica de creación ya expuesta al ostentar Lino Ruiz la doble condición de relator y glosador, será en la narración El hechizado –incluida en Los usurpadores (1949)-- donde hallamos otro ejemplo magnífico. Ayala describe intencionadamente el desmoronamiento de la máquina imperial de España acentuando los rasgos animalizadores de los personajes. Hay un glosador que, intrigado por aquel periodo, encuentra el manuscrito donde el indio González Lobo relata la aventura de cómo fue pretendiente en la corte de Carlos IIº. El relator llama modestamente noticia a su propio escrito y, refiriéndose al que llama “notable manuscrito” del indio aclara: “No se trata del borrador de un memorial, ni cosa semejante; no parece destinado a fundar o apoyar petición alguna. Diríase más bien que es un relato del desengaño de sus pretensiones” (simplemente las de ver al rey, al soporte y cabeza de lo que parecía ser un imperio fastuoso).


El procedimiento utilizado por Ayala al componer El hechizado es sencillamente prodigioso. Entendemos al relator viéndole escribir, reflexionar, exasperarse, intrigarse, admirarse con el relato de González Lobo; de éste captamos toda su sensibilidad y los diversos planos del carácter –posiblemente, semejante al del ciudadano español de entonces, ya más paciente y meditabundo que hombre de acción--, y de Ayala, el poder de persuasión sobre la inteligencia del lector:


“Hay un pasaje, un largo, interminable pasaje, en el que González Lobo parece perdido en la maraña de la Corte. Describe con encarnizado rigor su recorrer el dédalo de pasillos y antesalas, donde la esperanza se pierde y se le ven las vueltas al tiempo; se ensaña en consignar cada una de sus gestiones, sin pasar por alto una sola pisada.”



Podemos imaginar la angustia del comentarista al no captar el verdadero alcance de la descripción del indio –en verdad víctima del engaño artístico preparado por la coalición Ayala-G.Lobo—y el quinto sentido de Ayala para presentarnos la máquina administrativa de aquel imperio, donde los hombres, perdidas las viejas energías, son absorbidos por la inmensa araña de la burocracia. Todo ello proporcionando giros imprevistos al concepto de autonomía del personaje.

Ayala, que más bien parecía el escribano de sus escribanos, sólo dictaba una ley a sus entes de ficción: que coadyuvaran a explorar cuanto puede saberse acerca de la existencia del hombre:

“Una interpretación del mundo centrada sobre esa cuestión cardinal acerca de qué sea el hombre, de dónde venimos y adónde vamos; la pregunta que oscuramente o con lucidez nos estamos haciendo cada cual desde el fondo de su conciencia, mientras la vida nos dura.”






[i] Este trabajo y el  del próximo mes, ponen al día el ensayo “Tres aspectos en la novelística de Francisco Ayala que publiqué hace ya mucho tiempo en Cuadernos Hispanoamericanos, Septiembre de 1965, Núm, 189.

martes, 5 de julio de 2016



CUADERNOS DE MARCELA, y IV

El futbolista y otros copiones


Me dijeron que el alumno a quien llaman El futbolista, haciendo espavientos y a voz en grito, quería tirarse desde la planta de los exámenes al patio del claustro sin lograrlo porque algunos compañeros le tenían bien agarrado y él, por supuesto, no lo impedía.

Nos habíamos acostumbrado al proceder que un profesor canario estableció en un examen anterior. Si descubría copiando a un alumno lo llevaba al fondo del aula, criticaba delicadamente su conducta y le sugería que, para disimular, volviese a su asiento y, pasado un ratín, entregase el cuadernillo  con la chuleta escondida en su interior. Ahora,  casi siempre el alumno agradece un proceder  tan considerado que deja su dignidad limpia ante los compañeros.

Hoy, sin embargo, la vocal  del tribunal sorprendió al futbolista y le sacó del aula sin miramiento alguno haciendo añicos su decencia. Él gritaba invocando justicia y proclamando su inocencia. Lo más chusco es que llevaba unas alpargatas que le daban como un aire labriego, aunque llevarlas tenía su motivo.

El incidente surgió  por  despiste nuestro. Las dos aulas de examen de  la tercera planta tienen puertas de entrada y salida en cada extremo. Pues bien, cuando el futbolista acude a un primer examen sea en febrero, junio o septiembre,  Eugenio -el director-,  ofrece al tribunal la oportunidad de presenciar un suceso divertido, el de un alumno copiando al estilo futbolero, pero con una condición: si decide actuar,  retirarán el examen del alumno sin acompañar nota si advierten que la chuleta no influyó en lo escrito.

Dado que las unidades didácticas están siempre en el suelo porque así lo ordena el tribunal, para presenciar la actuación del  futbolista se precisa que uno de los vocales  actúe como vigilante con instrucciones de recorrer los pasillos sólo hasta su mitad y luego regresar dando la espalda aunque puede volverse con rapidez y, si le parece, escudriñar posibles chuletas en los programas que estén sobre las mesas. Eugenio y los otros miembros del tribunal saldrán del aula como si fuesen a tomar café, pero en realidad se desplazarán por el claustro para entrar de nuevo al aula  por la puerta de atrás de manera muy silenciosa.

Una vez localizado el asiento del futbolista --casi siempre próximo a las últimas filas--, observarán que entre sus pies hay una unidad didáctica que descansa entre el talón de la zapatilla del pie izquierdo y la puntera del pie derecho. Cuando el vigilante da la espalda, el futbolista taconeará la unidad volteándola  y dejando visible su  contraportada, que si en su origen fue totalmente blanca,  ahora estará ornamentada con una chuleta de letras colosales para verse bien desde arriba, chuleta siempre relacionada con los dos o tres temas que el futbolista habrá estudiado. El cuestionario del examen difícilmente coincidirá, pero el alumno tratará de meter los temas chuleteados vengan a cuento o no porque el caso es escribir y quedar bien ante los compañeros que le conocen. 

Lo divertido está en los taconazos y volteos frecuentes que  el futbolista realiza, especialmente cuando la unidad regresa a la posición original si teme ser descubierto.  El rato jocoso que vive tribunal compensa, pero si no está advertido o la unidad didáctica organiza un estrépito al tomar un rumbo imprevisto en su volteo, sucederá lo de hoy.

El  futbolista también fue protagonista de otra hombrada  Estando en Madrid por asuntos personales días después de suspender el  Derecho Canónico, único examen que presentó  en los pasados parciales, telefoneó al Prof.  Pérez Llantada desde una cabina próxima a La Cibeles. Le comentó que estaba de paso, quería devolverle un bolígrafo olvidado cuando estuvo en Tortosa y también preguntarle el motivo de haberle suspendido porque él sabía mucho derecho canónigo y, para demostrarlo… le silbó la marcha nupcial de Mendelsshon. El mismo profesor, pasmado,  se lo contó a Eugenio y preguntó si es el estudiante estaba en sus cabales.

Pero el futbolista no está sonado. Es  funcionario de Correos en Castellón, de mediana edad y aunque anda corto de  memoria, este curso matriculó a su hijo mayor alardeando de que él también lo  hacía  para dar ejemplo. Bueno, el padre está matriculado en tres asignaturas del 2º curso y lleva otras tres de 1º... Claro que, a quinientas pesetas que cuesta la matrícula de cada asignatura, si no aprueba tampoco sufrirá un descalabro económico.

El Delegado de Alumnos ha denunciado el asunto del copieteo porque sube la nota de los defraudadores y, por efecto contrario,  baja la de los estudiantes que acuden a examen con el único bagaje de sus estudios. Nosotros tenemos muy en cuenta su petición, sin embargo,  resulta imposible prevenir casos como el del copión del pinganillo que actuó en los exámenes de septiembre pasado, una especie de copieteo que, me temo, se pondrá de moda y debe ser atajado cuanto antes. Desde el váter de la segunda planta alguien transmitía  la contestación al cuestionario que un chorizo sacó apresuradamente del aula de las pruebas.

Resultó una peripecia chusca porque el  pinganillo que hacía pasar por sordo al alumno estaba mal conectado a la centralita o receptor que ocultaba bajo el cinturón del pantalón; así, en vez de procesar y transmitir las palabras que el elumno esperaba oír, la centralita decidió actuar por iniciativa propia y expulsar al aire sonidos similares  a los que exhala una barriga hambrienta sin que él pudiera ahogarlos.  La bulla terminó provocando que los compañeros de las proximidades y los mismos vocales del tribunal que pasaban cerca  le dedicaran frases como “¿No desayunaste hoy?”, “¡Sí que estás bueno!”, “¡Tendrás que aliviarte!”, etc., fraseología compasiva que convenció al copión con flojera intestinal de  que, pasada  la media hora de seguridad en la que nadie puede salir del aula, debía entregar el cuadernillo e irse al fresco y comentar con su compinche.

Una muestra de los preocupados que estamos con el copie es el proceder que tuvimos con el funcionario del traje inglés a quien el tribunal rebautizó como el pijín de librea inglesa, un tipo que acude a examinarse de punta en blanco con un terno propio de la City londinense.

Todo comenzó una tarde cuando pasaba un vocal a su lado y el funcionario llamó su atención para susurrarle intencionadamente: “Señor, mire para allí porque están copiando y eso nos perjudica”. El vigilante se sobresaltó y fue de inspección  en la dirección señalada, circunstancia  que el funcionario del traje inglés aprovechó para desabrochar su chaqueta, abrirla por la izquierda y dejar a la vista un manojo de rollitos de papel prendidos al forro entre los que eligió el más conveniente.

El funcionario actuaba de la misma guisa examen tras examen hasta que fue descubierto por el Dr. Martínez de Velasco, célebre por sus ojillos de lince --  entraba en el aula, siempre por la puerta de atrás y tardaba décimas de segundo en localizar al copión más avezado. En esta ocasión  la víctima fue el pijín de librea inglesa, descubierto cuando trajinaba en el interior de su chaqueta.

Desde entonces, al funcionario se lo hemos puesto difícil, porque si los copiones nos gustan poquísimo, estimamos aún menos a quienes atropellan el espíritu universitario denunciando a sus compañeros en provecho propio.  Ahora, antes de que se inicie una tanda de exámenes avisamos al tribunal de las triquiñuelas del funcionario y se lo identificamos. Eugenio me confesó que ayer tuvo un momento muy feliz cuando al concluir el examen de Derecho Civil II escuchó a unos estudiantes preguntando al funcionario si había copiado y él respondió: “No hubo manera. Se situó un vocal a mi lado y me fue imposible del todo”. Eugenio cree que estamos erradicando el copieteo en los exámenes, pero la verdad es que copiando o sin copiar sólo aprueba un 28% de los alumnos, porcentaje  que encoge mucho en Ciencias y todavía más entre los alumnos del Curso de Acceso de Mayores de 25 años. Hacer carrera  en la UNED no se regala; de ninguna de las maneras.

.


domingo, 5 de junio de 2016



CUADERNOS DE MARCELA, III

EL Comandante Angustias



Nota.: La UNED no habría funcionado en sus primeros años sin la ilusión y el esfuerzo impagable de sus profesores titulares y asociados multiplicándose a causa del todavía reducido número de catedráticos, programando y actuando en videos para TVE y redactando unidades didácticas memorables. Los profesores tutores igualmente se desvivían ilusionados en sus Centros aunque algunos también se sintieran movidos por otras  necesidades. A uno de estos últimos se refiere Marcela en sus Cuadernos.

La mayoría de los profesores-tutores del Centro parecen cortados por los mismos patrones, o son jueces, fiscales o abogados, o  P.N.Ns.  del Instituto; también podemos presumir de dos ingenieros nucleares -uno doctor-, un físico que desciende de Cristóbal Colón,  un doctor en Farmacia que es poeta laureado y enseña Biología, pero ninguno tan singular como el Comandante Angustias.

Al Comandante Angustias le cuesta media hora subir por las escaleras de San Luis. Agarrado al barandal de piedra como náufrago a un salvavidas, sube y resopla mientras un pie se alza y adelanta al otro con la parsimonia de un oso perezoso. El Comandante debe tener un enfisema descomunal, como corresponde a alguien que se ha beneficiado un cargamento de Ideales de papel amarillo que son los que fuma en cuanto tiene las manos libres.

Con todo, puntual es, pues, marcan las cuatro menos diez de la tarde cuando llega al primer piso; entonces se desplaza algo más ligero hacia el aula donde imparte clase de latín a los alumnos de Filología.

Lo supe por el profesor Octavi --que hacía una guardia sospechosa a la puerta del aula--, a  condición de que no informara al director y, lo pienso, para hacerme cómplice de la historia.

El Comandante, ya dentro del aula, distribuye unos papeles con caracteres en latín para que sus escasos estudiantes vayan traduciendo. Luego acurruca la cabeza entre los brazos y echa una siestecilla de unos veinte minutos; después, labora et labora con el pupilaje los entresijos de la traducción propuesta -- y se supone que bien realizada, aunque esto es una conjetura que toca resolver a Angustias.

“¿Y por qué no se jubila?”,  pregunté a Octavi y me contestó: “Porque siendo profesor de Instituto piensa que jubilarse es como condenarse a morir de hambre y, por las mismas razones económicas, tampoco está dispuesto a dejar  la UNED.  Parece que durante la guerra llegó a coronel habilitado, pero lo suyo era el latín y, como buen gallego, movió los brazos del pulpo necesarios durante los exámenes patrióticos de la posguerra para reconvertirse en profesor. Le llaman Angustias porque pasa la vida dándose lástima y provocando la de los demás.“

Octavi, que lo sabe todo sobre el Comandante, me cuenta que es profesor de latín porque iba para cura, pero vino la guerra y al volver del frente conoció a la chica que se convertiría en su mujer y dejó pendiente lo del sacerdocio.

Cuando viaja a su tierra en vacaciones se detiene en Silos y como ha prometido a los hijos que jamás conducirá después de comer sin haber echado una siesta, la disfruta en un sillón  de la hospedería del monasterio donde excepcionalmente le dejan reposar; asegura, y no sé si es un invento de Octavi, que echar una siesta arrullado por el canto gregoriano --célebre en ese lugar-- es como un anticipo de su entrada triunfal en el reino de los cielos. Así las cosas, Angustias ha dicho a su mujer que en Silos tomará los hábitos si queda viudo, lo que me sorprende mucho porque no veo al hombre con trazas de durar, al menos si sigue subiendo por esta empinada, ancha  y desigual escalera de San Luis.
.

jueves, 5 de mayo de 2016


CUADERNOS DE MARCELA, II
El Centro de la UNED


Nota.-

Los primeros Centros de la UNED estaban situados en edificios emblemáticos no siempre acondicionados o en colegios de niños donde ni las aulas ni el mobiliario se adecuaban para  ofrecer tutorías a estudiantes adultos. El Centro de Tortosa residió durante casi diez años en un edificio histórico cedido por el Obispado de Tortosa --con permiso de Roma--  por un duro simbólico anual que nunca fue abonado.


Julio, 1975

Comí temprano porque Eugenio quería enseñarme  el Centro con detalle. A las cuatro de la tarde, bajo un sol inclemente,  atravesamos el portalón de entrada que exhibe el escudo de las cuatro barras, la cruz de San Jorge y las cuatro cabezas sobresaliendo en la cocción de una perola. “Parece mentira que después de tantos siglos  sigan  ahí, hirviendo”, comentó un Eugenio entre irónico y  disgustado.

Subimos por una escalera amplia que da a un patio exterior bastante grande --donde los antiguos alumnos hacían el recreo--y por donde se entra al  edificio llamado de Santiago y San Matías,  construido para la instrucción de los hijos de moros y judíos conversos. A mediados del siglo XVI, el Estudi allí establecido alcanzó rango universitario y otorgó los títulos de Doctor en Teología y Maestro en Artes y Filosofía, “bien que esos títulos –afirmó Eugenio--  no se reconocieron hasta que Felipe IV convirtió el lugar en Universidad Real. No está claro  si  para ello se necesitaba una bula papal que, al parecer, llegó cuando  Felipe V ya había trasladado el Estudi a Cervera. Después, este edificio  fue de todo, cuartel, cárcel, y en los últimos años colegio de primera enseñanza bajo en nombre de “Colegio de San Luis”, que es el nombre con el que se le conoce actualmente  en Tortosa”.

Entramos en el edificio  atravesando una portalada de tres cuerpos. El primero asentado sobre dos columnas corintias con pedestal sobre el que resplandece el escudo imperial del águila bicéfala sostenido por dos cariátides, por encima,  las estatuas de los patronos, Santiago y San Matías y  sobre ellos  el Ángel Custodio, patrón de la ciudad. Me impresionó el relieve primoroso del escudo;, Eugenio me comentó de pasada: “En el museo hay un sello con el mismo escudo imperial. Se utiliza para lacrar los sobres que  enviamos a Madrid con los exámenes de nuestros alumnos.”

El patio interior del Colegio de San Luis es cuadrado y hay un bello pozo octogonal en el centro, pero lo que llama la atención son las galerías que se superponen disminuyendo en altura y protegidas desde arriba por una visera de madera artesonada.

Sobre los capiteles del patio hay rostros esculpidos de judíos y moriscos, probables artífices del monumento, algunos tan llenos de vida que parecen mirarte y sonreír; su vivacidad deja en segundo plano las representaciones de los cuatro evangelistas del Tetramorfos situadas en los ángulos interiores de la primera galería.

La gloria de este conjunto italianizante está en el friso que separa las dos primeras plantas,  donde resplandecen  los bustos mayestáticos de los reyes y reinas  de la Corona de Aragón, desde el Conde Berenguer IV a Felipe IV. “Fíjate en el protocolo –comentó Eugenio-, el rey a la izquierda, la reina a la derecha y, en medio, los escudos partidos con esta disposición: las cuatro barras de la Corona aragonesa siempre al lado del rey y del lado de la reina sus armas exceptuadas las de las reinas María de Montpellier, Margarita y Mariana de Austria, mujeres de Pedro I El Católico, Felipe III y Felipe IV, cuyas armas quedaron sin esculpir; sin embargo, mira para allí donde está Leonor de Inglaterra –y me indicó el lugar--, la que no pudo casar con Alfonso II El Liberal que  murió antes de la boda, Leonor luce armas y corona y es que los ingleses, ya por entonces,  dejaban sus leones sueltos por toda parte”.

Una lápida que completa el friso exhibe una leyenda en latín dedicada a  Berenguer IV cuyo laudo final me hizo reír: “Delante de tu nombre, todavía el turco tiembla, Ramón”. El tono menor de la galería del tercer piso con sus arcos rebajados sostenidos por pequeñas columnas toscanas armoniza la grandiosidad del conjunto.

Subimos al primer piso por una escalera amplísima de escalones desgastados. Eugenio me guió hasta el Aula Mayor, “hoy singular Museo de Ciencias Naturales”, dijo. Mi curiosidad murió al entrar, pues la polilla, el polvo y los sudarios de tela de araña dan un  aire de ultratumba a la fauna disecada ahí congregada.

En el centro de la estancia hay una hilera de mesas donde se apilan ejemplares de periódicos. “Aquí tienes  la gran hemeroteca del Centro –comentó Eugenio--, como ves, bien protegida por las alimañas. A lo largo de un año se compraron y amontonaron aquí los periódicos de Madrid, Barcelona, Zaragoza, Teruel, Castellón y Tarragona, provincias  sobre las que el Centro hoy tiene jurisdicción, pero nadie los lee porque se necesitan buenos bíceps para hurgar  en esos montones y, además, igual se te aparece Boris Karloff  detrás de esa águila tuerta y tienes  el susto de tu vida”. La mención  del actor me provocó un escalofrío, pero me eché a reír pese a que Eugenio continuaba hablando muy serio: “Mira la pared debajo del ventanal. ¿Ves que se está abriendo? – Divisé las palmeras del patio exterior por el hueco formado en la pared-. No sólo la pared; también  el suelo de este museo tan original se está hundiendo por el peso de la prensa. Cuando visitemos la planta baja te enseñaré las vigas que sostienen este piso; están flechadas de mala manera.” 


Al salir del museo de los horrores, Eugenio pidió que me asomara al exterior  de la galería y mirase hacia el Aula 1  situada frente a nosotros en la planta del patio. “Eso que se llama Aula 1 no es tal. Es el lugar donde las limpiadoras y el Sr. Conserje   dejan  la basura; un muladar con  alumnos singulares que ahora estarán almorzando y no tardarán en salir”. Le pregunté si me tomaba el pelo porque sólo veía los haces luminosos del sol cayendo como luces de pista sobre las  losetas contiguas al portalón del aula; de pronto, por la gran abertura bajo su puerta salieron dos ratas enormes caminando lentas, arrastrando sus colas repugnantes y lacias hasta ubicarse bajo los rayos del sol donde empezaron a atusarse. La escena me produjo tal asco que incluso recriminé  a Eugenio sacudiendo su espalda con suavidad.

Caminamos unos metros por el claustro hacia la Sala de Profesores, contigua al Aula Mayor, una estancia amplísima, desigual, en cuyo centro hay unidas ocho o diez mesas de buenas proporciones con  sillas alrededor para unas treinta personas; vi también  un tresillo que imitaba el estilo castellano y  una hilera de archivadores situados contra la pared próxima a la entrada. Eugenio abrió uno y dijo. “Cada cajón  pertenece a un profesor y en él depositamos las circulares,  su correo y los cuadernillos de pruebas a distancia que deben corregir”.   Pregunté a Eugenio si las vigas que sustentaban el suelo también estaban flechadas y movió hombros y  brazos haciendo un gesto de duda; luego dijo: “Aquí  se celebran los claustros, pero no sé si algún día nos iremos abajo”. 

Siguiendo por la galería nos aproximamos a  una puerta de cristal  que rebasamos para entrar en un hall diminuto que  daba a tres puertas. Eugenio abrió la de la derecha y me dijo “Antiguamente había celdas en casi toda esta planta del edificio. Ahora este hall abre paso a  un  aula y dos despachos, y éste es el tuyo”. El mío resulta ser un cuarto pequeño de  techo altísimo. El terrazo fue blanco alguna vez. La verdad es que no me entusiasmaron ni la mesa metálica, ni el  armario de colegio, ni la mesita sobre la que reposa una Olympia portátil, y  menos aún mi silla, forrada de tela que fue roja y  ahora blanquea por el polvo de la tiza y porque tiene unas  ruedas metálicas bastante ruidosas; dos sillas a juego de aspecto parecido  completan el mobiliario. “No tengo nada mejor para ti –Eugenio comentó-. Menos mi despacho y el de Jordi, todo es igual. Lo siento”. Repliqué que no importaba y, disimulando, elogié el ventanal que se abría a mi espalda sobre lo que parecía un huerto. Eugenio sonrió: “Por las tardes mantén la ventana cerrada. La fábrica del gas está cerca y algunos días, cuando  sueltan los sobrantes,  aquí no se puede respirar;  te parecerá  estar como en otro  Auschwitz”.

El tercer piso también estuvo destinado a celdas y ahora acoge, sobre todo, dos aulas enormes con puertas de madera intermedias para dividirlas  si conviene; hay otras  estancias donde da miedo pisar porque el suelo trasluce y podrías  espiar o caer en la Sala de Profesores. También está el apartamento donde vivía el primer director y la biblioteca que es como una buhardilla, con las vigas elevándose hasta el límite del tejado, alegre por la luminosidad que proporcionan varios ventanales en cuyas repisas hay  macetas con flores, pero con un fortísimo olor a ajo. “Hay casi más sillas que libros –ironizó Eugenio--. Bueno, suman ciento treinta, eso sí, ordenaditos- El olor se debe a que la bibliotecaria, doña Amalia, consume varias cabezas de ajo al día. Entre la penicilina que dan los libros y los ajos se propone vivir muchísimo.”

Terminada la visita fuimos a su despacho y le pregunté por el mensaje que me había querido transmitir. “Muy sencillo –respondió--.Aquí como en muchas partes, todo es apariencia. Para los patronos estamos en un edifico regio, pero la luz  corre peligrosamente a 112 vatios por hilos de cobre envueltos  en seda mugrienta. Apenas disponemos de cinco aulas verdaderas  y otras dos grandes con separaciones de madera incapaces de aislar las voces de  profesores y alumnos. Tampoco  sabes qué se caerá primero, si la biblioteca,  el Aula Mayor o la Sala de Profesores, aunque Jordi jura y perjura que la pieza que está peor es justamente la Secretaría. Dentro de pocos días los inquilinos de la Sala de Profesores estarán contra mí y contra ti, el Delegado de Alumnos pedirá nuestras cabezas, y los Patronos más renuentes tendrán las malas noticias  que esperan para cerrar el Centro. Tenemos que hacer las cosas muy bien para sobrevivir e imponernos  a esas circunstancias ”. Quedamos en silencio hasta que escuchamos las llaves del Sr. Salvador abriendo la portalada de entrada al patio.
.



martes, 5 de abril de 2016




UNED: LOS CUADERNOS DE MARCELA (I)

Nota.-

La UNED[i] ha sido negativamente calificada por el U-Ranking (Indicadores Sintéticos del Sistema Universitario Español) 2016 donde ocupa el penúltimo lugar por no haberse tenido en cuenta que la universidad tradicional nada tiene que ver con la universidad a distancia, siendo formulaciones universitarias que no se deben mezclar.

Hay realidades importantes que no se tuvieron en cuenta, por ejemplo: la dependencia de la UNED de un mentor, el Estado, que nunca ha proporcionado un presupuesto  suficiente para atender la enorme amplitud de su territorio nacional y extranjero así como el elevadísimo número de alumnos, la tarea de los profesores para incardinarse en la estructura singular de los estudios a distancia exigiéndoseles una docencia sui generis que no exonera del trabajo investigativo, ignorar  la rigurosa exigencia académica sufrida por  los alumnos  para graduarse,  el haber proporcionado a miles de españoles capacitados los títulos que sin la UNED jamás hubieran logrado por cuestiones de trabajo o de  residencia en lugares ajenos a la universidad tradicional.

Los cuadernos de Marcela constituían  un proyecto novelístico que quedó varado, pero como respuesta a tan aireado como injusto informe, he rescatado un puñado de páginas para levantar una lanza por la  UNED mostrando sus difíciles  inicios a través de  un centro territorial, eligiendo   el de Tortosa en 1975.

Espero que el lector obtenga una idea de la ilusión y el esfuerzo que hicieron los patrocinadores, profesores y alumnos,   y observen  realidades que nada tienen que ver con la universidad tradicional en la que injustamente se ha pretendido incluir a la UNED.

Marcela, a quien conocemos como protagonista de la novela corta Entre septiembre y octubre llega a Tortosa (en El Barojiano entrada del 26/09/2015) porque  un compañero de facultad le ha ofrecido el puesto que ha quedado vacante de Jefe de Estudios en el Centro de la UNED de esa  ciudad .


Julio de 1975

Olivos, almendros, naranjales talonados por hileras de pinos italianos. Parterres de verduras y hortalizas junto a los arrozales; espejos de agua. Los verdes copiosos de la  tierra contrastan con ese cielo luminoso que al atardecer  gira suavemente del azul al rosa  mientras las montañas del Puerto se perfilan como bastiones protectores del valle. Tanta belleza me enternecía mientras el Talgo corría hacia mi destino. Eugenio me advirtió de no confundir las ciudades: “No vas a Tarrasa, sino que vienes  a Tortosa,  la ciudad más importante de Cataluña durante la Edad Media después de Barcelona” y evocaba los libros de Geografía que estudiamos en el bachillerato: “El Ebro desemboca en Tortosa”. El buen Eugenio; tan preocupado siempre por los detalles.

Me esperaba en la estación junto a Nina, su mujer, muy cariñosos. Me dieron la nueva de que seríamos vecinos, mi piso bajo el suyo. Me invitaron a cenar; hablamos sobre todo de Tortosa y casi nada del trabajo que aguardaba hasta que mi cansancio resultó evidente. Nina había tenido la amabilidad  de adecentarme el piso, llenar la nevera y hacerme la cama; y en la cama me refugié casi diez horas.

***

Mis padres están tristes. Después de la boda de Carmela se habían hecho a mí y  no se explican que haya abandonado la comodidad de Madrid por lo que llaman una aventura universitaria por correspondencia en provincias. Y tal parece, porque el Centro de Tortosa es el séptimo creado por la Universidad Nacional de Educación Libre a Distancia en España,  universidad fundada hace tres años para dar cobijo a los alumnos que antes llamaban libres en las universidades presenciales y a los que residían en ciudades y pueblos sin  estudios superiores.

En el Centro se ayuda en la matricula, hay biblioteca y se celebran los exámenes; también se programan tutorías que son como clases prácticas con unos profesores-tutores que dependen de los cátedros de Madrid y que a veces visitan los centros para celebrar convivencias con los alumnos. Éstos también pueden consultar a sus tutores por teléfono o carta, pues no tienen obligación alguna de asistir personalmente a clases o tutorías. La U.N.E.D. es para las personas que por razones de trabajo o de distancia no pueden asistir a la universidad presencial, aunque también acuden jóvenes cuyos padres no pueden sufragar sus estudios lejos de su residencia habitual.

Los alumnos estudian seis unidades didácticas autosuficientes por materia y tienen que dar cuenta de su aprendizaje cumplimentando a lo largo del curso cuatro cuadernillos de pruebas a distancia que corrigen los profesores tutores. Más o menos es el resumen que me hizo Eugenio para que fuera conociendo la universidad.


Entré por primera vez en el edifico del Centro aunque los nervios me impedían curiosear. El Patronato se reunía a las seis de la tarde. Llegamos al enorme despacho de Eugenio que antes había sido  capilla. Un revoloteo de manos buscó la derecha mía hasta que fue retenida por el Presidente, un hombre cumplido que debió notar mi nerviosismo que  aumentó al comprobar que era la única mujer de la reunión.

Desde el comienzo las palabras alcanzaron un tono metálico y los rostros ensombrecían. El Presidente explicó pausadamente las razones que le llevaron a traer a Eugenio; repitió varias veces que era persona de su entera confianza. Luego, dirigiéndose a él, añadió: “Tu tarea es la de encontrar una solución que enderece al Centro  sin originar ningún coste añadido, porque  no estamos dispuestos a poner una peseta por encima de lo pactado con la Universidad para el mantenimiento del Centro. El presupuesto anual es de diez millones de pesetas y en un año se ha generado un déficit de tres millones. Si encuentras una salida, estupendo; de lo contrario debes decirlo tan pronto llegues a esa certidumbre y cerramos”. Hablaba con esa contundencia serena de los hombres de mediana edad que no quieren mostrarse enfadados, pero cuyo semblante permite adivinar el sentido de sus palabras.

El Alcalde de Tortosa, que acababa de sumarse a la reunión,  interrumpió: “Presidente, siento decir que el déficit no es de tres sino de seis millones. Esta misma mañana se recibió un oficio de la Delegación de Hacienda reclamando el  I.R.T.P.[ii] del personal del Centro correspondiente al Ejercicio pasado, que asciende a tres millones. Hablaré con el Delegado, pero asumo que valdrá de poco”. Cuando menos, la mayoría de los reunidos torció el gesto: el rostro de Eugenio empezaba a tener un color plata ceniciento.

El Presidente de la Diputación tomó la palabra: “Debe quedar muy claro que las instituciones que fuimos llamadas a colaborar no imaginamos que el Centro tomase un rumbo tan desastroso, ¡un déficit del 60% en un año de funcionamiento sólo es posible en el Tercer Mundo!  Además, como Presidente que también soy de la Caja de Ahorros Provincial, denuncio que contribuimos con seiscientas mil pesetas para la adquisición de  los primeros fondos de la biblioteca del Centro y no se han justificado,  ni siquiera  sabemos si los libros se han adquirido”. 

La mirada entre bondadosa e  irónica del Sr. Obispo se paseaba entre los asistentes deteniéndose en el profesor Serra, representante del profesorado, cuyo semblante enrojecía no se bien si de vergüenza o de enojo.

El Presidente pidió que entrara el contable del Centro y le preguntó si podía informar de cómo se había llegado a la situación. El Sr. Magín, con la voz carrasposa del fumador empedernido, pero con la tranquilidad y la sorna del contable veterano que está de vuelta y media de las cuentas mundanas, dijo: “Muy sencillo. El Patronato aprobó una beca mensual de 8.000 Ptas. para cada  profesor-tutor y el acuerdo se interpretó así: para los profesores que tienen mayor carga docente 20.000 Ptas. mensuales, los de media  15.000, y 12.000 Ptas. para el resto. Podría discutirse si estar en un grupo o en otro dependía de la amistad con el Director, si se aumentó la carga lectiva de algunos profesores para contratar a menos, pero ¿quién iba a protestar si los peor retribuidos ganarían 4.000 Pts. más de lo aquí aprobado? El problema con Hacienda nació en un claustro donde los profesores acordaron  no declarar sus becas al no constituir sueldos, pero uno de ellos  incumplió el pacto y, además,  el Director le dio de alta en la Seguridad Social por haberse quedado en el paro. Las dos incidencias bastaron para disparar la reclamación del IRTP por parte de Hacienda que no reconoce que se hable de becas. Concluyendo, se han estirado los duros por encima del presupuesto posiblemente porque el mundo universitario vive en rojo en todos los aspectos;  si queremos ser diplomáticos podemos decir que lo ocurrido ha sido fruto de la inexperiencia”. Nadie rió ni pareció admitir la disculpa lo que provocó que el rostro del Profesor Serra ya no estuviese rojo sino a punto de incendiarse.

El Presidente no disimuló su enfado y recordó que había dado órdenes taxativas de que ningún profesor-tutor fuese dado de alta en la Seguridad Social porque eran becarios y no trabajadores. Luego, dirigiéndose a Eugenio, comentó: “Lo debes tener claro; te he traído para cerrar el Centro que creamos tan ilusionadamente, a no ser que encuentres una vía que lo impida”.

Entonces, el Delegado de Alumnos pidió la palabra y con un tonillo desafiante, dijo: “Señores, hagan lo que gusten menos tocarnos las clases y cerrar, porque si  lo hacen, habrá follón. Nos embarcamos en los estudios superiores de esta Universidad  porque Uds. lo pintaron de maravilla y Uds. eligieron las personas y también son responsables del rumbo tomado por  el Centro porque, dicho sea de paso, si se  ha gastado de más es porque aquí no había nada de nada, ni un triste boli. Lo que no van a hacer de ninguna de las maneras es dejarnos tirados. Decidan lo que Uds. quieran, pero están advertidos”. Después chasqueó la lengua y se acarició la frente repetidamente con gesto nervioso.

El Sr. Obispo intervino para decir que cuando se empieza un proyecto ocurre siempre que los gastos se desorbitan y que, en este momento, lo conveniente es ser positivos y aprender de los errores para enderezar el rumbo. Deduje que era hombre de gran autoridad  porque nadie se atrevió a replicar nada, y se siguió con el orden del día. Aprobaron  mi nombramiento como jefe de estudios, pero no se nos despidió como se hace con  gente de confianza, incluso uno de los patronos me comentó con sorna: “¿No habrás hecho un viaje de ida y vuelta?”

***

Esta noche telefoneé a casa y se contentaron con mi nombramiento. Dije que iba a ganar veinte mil pesetas mensuales más una beca como profesora tutora y  que también me pagarían el alquiler del piso. Excusé contar los problemas que vivía el Centro para no preocuparles. La noche estaba siendo tan calurosa que acepté la invitación de Nina y Eugenio para tomar un refresco en el parque. Me sorprendió que Eugenio no comentase nada de la reunión; pensé que excusaba hablar de su trabajo delante de Nina, quien habló largo y tendido de los perfumes que utilizaban los embalsamadores del viejo Egipto; escuchamos sin pestañear mientras nuestras manos mecían los abanicos para ahuyentar a los mosquitos.
-






[i] UNED, Universidad Nacional de Educación a Distancia. El original fue Universidad Nacional de Educación Libre a Distancia. alumnos.  Se la considera la primera universidad europea por número de alumnos matriculados; su número de alumnos actual es de  260.079.

[ii] IRTP, Impuesto sobre el Rendimiento del Trabajo Personal vigente en la época

sábado, 5 de marzo de 2016



FRANCISCO AYALA:  EL RAPTO[i]


Con la intención de participar en un congreso sobre el desarrollo económico-social de Latinoamérica, el autor va a Alemania. Un viaje por tren le propicia  la oportunidad de ponerse en contacto con los españoles que trabajan en ese país, El novelista dibuja a sus interlocutores – presentación hecha a la manera de un reportaje periodístico— y como de una nebulosa salen, más que perfiles humanos, las voces de unos hombres a quienes  se les han caído las vendas y las mordaza que les torturaban en los pueblos y ciudades de España. La introducción sirve de contraste al relato  que sigue, novelita según la definición del autor.

Hacia 1957 o 1958 un hombre que viene de Alemania, llamado Vicente Roca, llega al pueblo donde dice haber nacido. El singular atuendo que porta exacerba la pazguatería del vecindario. Traba amistad con varios jóvenes acomodados y se convierte en el  confidente de Manolo Tejera, quien no tarda en confesarle su pasión por Julita, a su vez pretendida por el mozarrón Fructuoso. Termina Vicente raptando a la joven, abandonándola sin mácula, pero llevándose las joyas y dinero que ella había hurtado a su padre. Manolo y Fructuoso conversan sus cuitas en la paz del campo, hasta que un buen día el primero recibe una carta de Vicente invitándole a reunirse en Alemania con él, al menos, para recuperar las joyas de Julia.

Anécdota mínima, pero sustancial. Ayala sacó el mayor partido posible a  unos personajes que por su vulgaridad podrían habérsele ido con facilidad de la mano. Vicente es, visto por fuera, un vividor;  interiormente, un ser desilusionado, un cínico a resultas. Manolo, el joven fácil de embaucar.  Fructuoso, el hombre de la fuerza ciega y del irraciocinio. Julita, la bella loba, asfixiada en el prosaico ambiente en que vive. La masa de lugareños, un vaivén de  entusiasmo y prejuicios. El campo español es el escenario de la novela. La intención del novelista, a mi entender, fustigar la idea de quienes consideraban que el campo conservaba los  valores morales,  auténticos, de la idiosincrasia española descubriendo el ambiente letal en que se vivía. (Otro relato de Ayala, El mensaje, incluido en La cabeza del cordero, presenta imágenes no muy diferentes, aunque el asunto del relato sea distinto).

Los personajes de El rapto hablan con la ramplonería que corresponde a sus personales tesituras. Y acertó Ayala al reflejarla  pasaje a pasaje, pues, de otra forma no hubiera podido sublimar la realidad literaria al convertirse en trasunto de la realidad histórica. El novelista manejó la prosa  más nerviosa que le conozco; a ella agregó el diálogo de los personajes logrando de ese modo ofrecer un panorama amplio del subconsciente colectivo de los españoles. La narración  recoge también las interpretaciones, juicios, sentencia y “adivinaciones” de Ayala, quien da la impresión  de actuar como si un lector se hubiese encaramado a la trama, uniéndose al coloquio y al enigma. Esa intromisión del autor llega al punto de arrebatar la palabra a los protagonistas, contando por ellos, pero  resultando más chispero y gracioso que la garrulería de aquellos permitiría. Juego peligroso que la maestría técnica de Francisco Ayala resolvió a la perfección porque su voz literaria estaba hecha, en esta ocasión, del tono y los ademanes de los viejos bufones; deja desnudos a los personajes, viola también su farsa, farsa que evoca otra de mayores dimensiones.[ii]





Notas.:

[i] Francisco Ayala, El rapto, La novela popular, núm. 1, Madrid, 1965. Una edición más moderna en Punto de lectura, Madrid, 2005

[ii] Texto corregido. El original de esta reseña, se publicó en la revista  Ínsula, Nº 227, Octubre de 1965, y la misma revista volvió a recogerlo en el homenaje que dedicó a Francisco Ayala  bajo la dirección del Prof. Luis García Montero en Ínsula, Nº 718, Octubre de 2006, pp.20/21. Estudios sobre El rapto más enjundiosos y notables que mi reseña son los de Adrián García Montoro, «El Rapto, Novela Ejemplar», La Torre, revista general de la Universidad de Puerto Rico, octubre-diciembre, 1968 y el de Rosario H. Hiriart, Las alusiones literarias en la obra narrativa de Francisco Ayala, Cap.IIIº “El rapto, reelaboración de un cuento cervantino”, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que se puede leer en Google.
.