jueves, 21 de marzo de 2013

Día Mundial de la Poesía






TEXAS SUNSET
(Ocaso tejano)


¡Cómo besa la tierra al cielo!
Ay, ese beso rojo lento ¡quién pudiera!
Cómo van estrechándose
uniéndose
cómo van entrando en el vuelo de las almas
sabiéndose alumbre del único misterio…



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lunes, 18 de marzo de 2013

Los cuentos bilingues de Christopher



CHRISTOPHER CUMPLE SIETE AÑOS

Para mi nieto Chistopher


Christopher  estaba realmente preocupado.  Su abuelo español le había dicho que cumpliría siete años al día siguiente y, desde por la mañana, debería  distinguir entre el bien y el mal.  Pero, ¿cómo lo sabría? ¿Por una revelación, como si cayera un rayo del cielo sobre él?  Se preguntó si su abuelo le habría gastado una broma pesada. Metido en esas preocupaciones quedó dormido.

Dormido estaba cuando apareció en el sueño un anciano de barba larguísima, cubierto por una capa gris, que le preguntó:

-- ¿Sabes historias de Joel?-. Christopher respondió que no y entonces el anciano dijo:

-- Escucha bien, pero mantén los ojos cerrados para ver y entender lo que voy a contar. Joel era un chico muy travieso. No sólo hacía perrerías en casa sino también en las de sus vecinos. Una mañana de mayo vio a la Sra. Hamilton tender ropa recién lavada en un cordel que se extendía entre un árbol y un poste del barandal del porche de su casa.   Cuando la vecina quedó oculta por las mismas prendas que colgaba y se movían abanicadas por el aire, Joel se deslizó detrás del árbol y,  con mucha discreción, con su mano izquierda fue soltando el trozo de cuerda que abrazaba el árbol  mientras con su mano derecha la sostenía  estirada hasta que,  apenas  segundos después, la dejó caer. La Sra. Hamilton quedó pasmada y, enseguida, se puso a proferir exclamaciones de enojo pensando que el desastre había ocurrido por una imprevisión suya, cuando ató la cuerda del tendido al árbol. Joel desapareció sigilosamente, tapando con sus manos la risita que se le alborotaba en la boca.

Entonces el  anciano preguntó a Christopher si quería conocer otra hazaña de Joel y el niño respondió entusiasmado que sí. El anciano sonrió y prosiguió:

--Ocurrió una tarde del Domingo de Resurrección. Joel sabía que sus primos y  algunos amiguitos  tardarían poco en venir a buscar los llaveros, los huevos duros pintados  y, al parecer,  dos huevos blancos de chocolate que sus padres habían escondido aquella mañana temprano en el jardín de su casa. Antes de que la tropa llegase quiso averiguar el escondite de  alguno de los huevos de chocolate para asegurar que, al menos, cogería uno. Buscando y buscando encontró un huevo blanquísimo y grande que no dudó en alzar ante sus ojos. Cuando empezó a  cascarlo,   la clara y la yema saltaron sobre sus dedos formando un hilillo denso, parecido al del yo-yo, que terminó desparramado en sus bambas. ¡Menuda sorpresa! Aún la  estaba ponderando  cuando a su lado apareció una gallina casi tan grande como él que le dio un aletazo tan fuerte que Joel se tambaleó. Después  le regañó  así: “Además de hacer trampas, ¿es que no sabes apreciar qué es un huevo de verdad? Has espachurrado un pollito que, si hubiera nacido, me daría amor,  a ti mucha  alegría y, más tarde, también  muchísimos huevos a tu familia. ¿Acaso no eres un pilluelo?".

Christopher  se preocupó bastante con la última historia, pero no pudo resistir la curiosidad cuando el anciano le preguntó si quería que le contara una nueva hazaña de Joel. El anciano comenzó así:

--Era una mañana muy soleada. Joel recorría el jardín de la casa tocando su armónica y decidió meterse en el huerto del Sr. Pendleton. De pronto la armónica se le cayó junto a un manzano, el mismo del que pensaba coger una fruta.  Como la  copa  del árbol daba una sombra densísima le resultaba muy difícil dar con la armónica. Molestísimo por la busca infructuosa no se le ocurrió  otra cosa que dar una patada formidable al árbol, una patada de las que daba jugando al fútbol en el colegio. El desaire no gustó nada al manzano  porque sacudió sus ramas con tal fuerza que varias manzanas cayeron sobre la cabeza, los hombros y la espalda de Joel tirándole al suelo.  Además, el  manzano le mostró su enojo con estas palabras: “¡Ya es hora de que sepas distinguir el bien del mal, renacuajo! ¡Tú perdiste la armónica, no yo, insensato!".

Entonces el anciano se acercó a un oído de Christopher y le musitó suavemente: “Ahora que eres pequeño, te lloverán manzanas sobre la cabeza cuando obres mal, pero cuando seas mayor, si obras mal te verás manchado como las prendas de la Sra. Hamilton que Joel hizo caer al suelo y parecerás uno de esos hombres que vagan por los caminos siempre  perdidos y sucios, buscando algo, pero sin saber qué.”

A la mañana siguiente, cuando los padres fueron a despertar a Christopher, llevaban un huevo grande de chocolate, una manzana caramelizada además de una sorpresa,  regalos que el niño recibió con la mayor de las alegrías.

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Christopher bilingual stories


CHRISTOPHER IS SEVEN YEARS OLD

Text by Javier Martínez Palacio
Translation by Ita Betty Jean Curtis Inselmann



Christopher was really worried.  His Spanish grandfather had told him that the following day he would be seven years old and from that day on he should know right from wrong. But, how would he know? Through a revelation, as if a ray of light from Heaven were to illuminate him? He wondered if his grandfather had played a cruel joke on him. Immersed in these worrisome thoughts he fell asleep.

He was sleeping when an old man with a very long beard, wearing a gray cape, appeared in his dream and asked him:

Do you know the stories about Joel?” Christopher said that he did not and then the old man said:

“Listen carefully, but keep your eyes closed in order to see and understand what I am going to tell you. Joel was a very mischievous little boy. He not only played dirty tricks at home, but also in the homes of his neighbors. One morning in May, he saw Mrs. Hamilton hanging out the clean clothes she had just washed on a clothes line tied to a tree and a post of the handrail on the porch of her   house. When the neighbor was hidden by the clothes she was hanging, which swayed back and forth   by the  breeze, Joel slipped behind the tree and, very carefully, with his left hand untied the rope fastened around the tree, while his right hand held it stretched tight until, a few seconds later, he let it go.  Mrs. Hamilton was astonished and she immediately began to shout in anger thinking she had caused the disaster by doing something wrong when she tied the clothes line to the tree.  Joel disappeared without a sound, covering his mouth with his hands to smother the laughter which was struggling to escape.”

Then the old man asked Christopher if he wanted to hear another of Joel´s exploits and the little boy responded enthusiastically that he did. The old man smiled and continued:

“It happened on Easter Sunday.  Joel knew that his cousins and other little friends would arrive soon to look for the key chains, the painted,  hard-boiled Easter eggs; and, apparently, the two white chocolate eggs that his parents had hidden early that morning in the garden of their home. Before the group arrived, he wanted to locate the hiding place of one of the white chocolate eggs to make sure that he would find at least one of them. After much searching, he found a large, very white egg which he did not hesitate to hold up in front of his eyes. When he started to crack it open, egg white and egg yolk  ran down  his fingers forming a compact rope like that of a yo-yo, which ended up splashing all over his sneakers. What a surprise! He was still in shock when an enormous   chicken almost as large as him appeared at his side and hit him so soundly with her wing that Joel staggered and nearly fell over. Then she scolded him in the following way: “In addition to cheating, you can´t even recognize a real egg when you see one!  You have smashed a little baby chick that, if it had survived, would have given me affection, would have given you much pleasure, and later, would have given your family dozens and dozens of eggs. Now then, aren´t you a little devil?”

Christopher was quite concerned about the last story, but his curiosity got the best of him when the old man asked if he wanted him to relate another of Joel´s exploits. The old man began like this:

“It was a bright, sunny morning. Joel was strolling around the garden of his house playing his harmonica when he decided to enter Mr. Pendleton´s orchard. Unexpectedly, he dropped his harmonica next to an apple tree; the same tree from which he was planning to steal an apple. Since the shade given by the apple tree was very dark it was difficult to find his harmonica. Extremely irritated by the unsuccessful search, the only thing that occurred to him was to kick the apple tree; a formidable kick similar to those he used when playing soccer at school. The apple tree did not appreciate the offense and shook its branches with such force that several apples fell on Joel´s head, shoulders and back, knocking him to the ground. In addition, the apple tree demonstrated its anger with these words: “It is about time you knew the difference between right and wrong, little whippersnapper! You lost the harmonica, not me, knucklehead!”.

Then the old man drew near and whispered softly in Christopher´s ear: “Now that you are young, many apples will fall on your head when you misbehave; but when you get older, if you misbehave, you will be soiled like Mrs. Hamilton´s clothes which Joel caused to fall on the ground. You will resemble those vagabonds who wander around the streets, always dirty and lost, searching for something; but never knowing quite what it is they are looking for.”

The next morning, when his parents went to wake Christopher they were carrying a big chocolate egg, a candy apple, in addition to a surprise, gifts which the little boy received with great happiness.




domingo, 10 de marzo de 2013




LA BIBLIOTECA DIGITAL MUNDIAL


Mi hermana María del Mar me  allega la dirección de la Biblioteca Digital Mundial, proyecto impulsado por la UNESCO junto a diversas instituciones --y desarrollado por un equipo de la Biblioteca del Congreso de los EE.UU-- que tiene la finalidad de acercarnos las diversas culturas a través de importantísimos documentos en línea de cincuenta países e idiomas, incluido el castellano

La biblioteca pone a nuestra disposición, por ejemplo, el texto en japonés del año 764 que se cree el primero impreso en la historia,  trabajos científicos árabes dedicados a la geometría, los primeros mapas de América, el diario del erudito veneciano Antonio Pigafetta que acompañaba a Magallanes en su famoso viaje, la Biblia de Gutenberg, etc., etc., documentos escaneados con absoluta fidelidad en su lengua original que posibilitan una lectura interactiva, fácil  y  cómoda.

Basta con escribir "Biblioteca digital mundial", pulsar, y accederemos a más de mil textos que constituyen el inicio de una biblioteca fantástica al servicio del investigador, el profesor, el alumno o el curioso, en constante crecimiento.

Para hacerse una pequeña idea en lo concerniente a España, podemos leer las Siete partidas en manuscrito escrito sobre pergamino en letra gótica, El anillo de cuello de la paloma del poeta andaluz Ahmad ibn Said ibn Hazm del s. X que se encuentra en la Biblioteca de Alejandría, el Manuscrito de Colón con la inscripción “Cádiz 20 de noviembre de 1493” donde el navegante habla de su descubrimiento de las  por él llamadas Indias Orientales, Un mapa moderno de España  basado en una plancha de Gerardus Mercator (s. XVI), el Libro de Calixto y Melibea y de la puta vieja Celestina de la Biblioteca Nacional, la Vida y hechos del pícaro Guzmán de Alfarache, el Poema del Cid, el Quijote, el Arte de reloxes de ruedas para torre, sala y faltriquera publicado en 1759 por el franciscano Manuel del Río, la zarzuela de Barbieri Jugar con fuego,  los cortometrajes de los hermanos Lumiere Procesión en Sevilla y escenas de corridas de toros que se encuentran en la Biblioteca del Congreso, y  muchísimos manuscritos y textos, cuando menos, igualmente interesantes.

Además, la biblioteca incluye mapas, libros raros, grabados, partituras musicales, grabaciones, películas, fotografías... Los artículos de la Biblioteca Digital Mundial se pueden explorar de manera sencilla según lugar, época, tema, clase de artículo e institución colaboradora, o pueden localizarse mediante una búsqueda abierta en varios idiomas.

Entre otras características incluye agrupaciones geográficas interactivas, un cronograma, visualización de imágenes, tipo de documento e incluso  entrevistas con los conservadores.  Y lo más importante: se puede acceder sin límite temporal y, por supuesto, de manera gratuita.

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jueves, 21 de febrero de 2013




PÍO BAROJA: LA CRÓNICA BAROJIANA
DE SU SOBRINO PÍO CARO BAROJA



En el año 2000 Pío Caro Baroja publicó Crónica barojiana (1), libro que acoge La soledad de Pío Baroja –que iba a servir de prólogo a unas pretendidas obras completas de Pío Baroja a publicar en Méjico-- más los escritos, artículos y conferencias que el autor dedicó a sus tíos, padres y hermano a lo largo de más de cincuenta años. Es un libro que al igual que los Recuerdos de Carmen Baroja o el de su hermano Julio sirve para constatar la amplitud del mundo barojiano aunque Pío Baroja fuese su núcleo principal.  Veamos sus aspectos principales.


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Sobre el tío Pío Baroja

El autor dice que en La soledad de Pío Baroja escribió cosas que no le hubieran permitido decir en la España de 1952, pero al juntar el libro “se me empañan los ojos en el afán de recordar a mis seres queridos, como último testigo vivo de aquella cadena de seres excepcionales.” (p.9).


En 1952 se tenía  una visión calidoscópica de Pío Baroja que oscilaba entre el “Pío impío”, el Baroja anglófilo, el anarquista y contrario a un Régimen que, no obstante, le manipuló a través de Giménez Caballero. Pío Caro rechaza las etiquetas y aclara  con rotundidad acerca de la manipulación citada: “Baroja ha sido siempre liberal, anarquizante si se quiere, pero ha sido un escritor, no un médico-político falso, aunque usarlo como pantalla es erróneo y de mala voluntad, aunque en este caso fue una maniobra propagandística.” (p. 29)

El sobrino evoca al Pío Baroja íntimo en su biblioteca de Vera --donde escribió más de cincuenta novelas--, o maniobrando los tres o cuatro relojes de la casa a los que daba cuerda más de lo necesario, relojes barojianos “pues es el propio  don Pío el que calcula la hora exacta por su voluntad interna. Así, si tiene ya apetito, supone que serán la una y media, hora que traslada al reloj y  justifica pedir la comida”. (p. 42)

Quede muy claro que los Baroja  pasaron hambre en la guerra y después; era  gente preocupada por el fuego, el calor y la comida --“en mi casa la miseria estaba a punto de llamar”--, pues apenas conseguían dinero; el sueldo de Rafael Caro Raggio en Correos era escaso y también el dinero que percibían los hermanos Pío y Carmen por sus artículos en La Nación de Buenos Aires. Si algo les alimentaba fue la esperanza de que al concluir la IIª Guerra Mundial se obrara un cambio en España.

Pío Caro aclara que Pío Baroja fue germanófilo en la Iª Gran Guerra y aliadófilo en la siguiente (convirtiendo a Winston Churchill en uno de sus  héroes) gracias a su espíritu liberal, su animosidad hacia las ideas y la violencia hitlerianas y, como se ha dicho, a la creencia de que esa guerra traería el arreglo de España: “Posiblemente don Pío dentro de sus ideales del siglo XIX, liberales, había dejado cabida a la ilusión y a un romanticismo que la realidad ha desechado”. (p. 47)

Nos acerca a un día cualquiera de la vida de Pío Baroja con la luminosidad de una cámara que  retratara cómo escribía, sus paseos por el Retiro, la puerta del piso abierta a cuantos le visitaban, sus tertulias y amigos incondicionales, su amor por los gatos y los dulces, el hecho de vivir canturreando o más bien susurrando canciones generalmente vascas, pues, jamás se pudo dudar de su vasquismo que, guardado en el rincón más rico y sentimental de su corazón, evidenció en La leyenda de Jaun de Alzate. Comenta sobre esta obra: “mi tío aparece pleno en ideas, en poesía, en descripción impresionista, en acción, en filosofía, es un Pío Baroja completo, en pequeñas y sutiles dosis. “ (p. 116)

Subraya que para Pío Baroja la ciencia estaba muy por encima de las artes y otras  bagatelas, por eso idealizaba al hombre de microscopio aunque le desilusionara conocerle en persona -- como le sucedió con Ramón y Cajal mientras Einstein era un genio para él. Ese amor por la ciencia primó en muchos escritos y, claro,  subyace en El árbol de la ciencia (1911).

Asegura que su novelística refleja los lugares donde vivió porque en sus novelas siempre hay una parte  biográfica y otra imaginativa con diferente calado y que los amores son predominantemente frustrados.  Afirma que su tío no era un escritor localista como la mayoría del oficio, que se documentaba adquiriendo estampas en la librerías de viejo de Madrid o en los muelles del Sena de París, y piensa que la imagen de Dorotea en El árbol de la ciencia era la de una mujer que don Pío conoció, pero de la que nunca habló por la rectitud moral que le caracterizo a lo largo de su vida, rechazando de plano el tema de la misoginia en Pío Baroja.

El 98 españolizó a Pío Baroja así como a otros jóvenes escritores que llegaron a Madrid viniendo de provincias. Su españolismo no era de bandería sino de individualidad expresada a través de Avinareta y penetrando en nuestra historia del s. XIX a través de veintitantos tomos. El sobrino juzga las  Memorias de un hombre acción así: “El alma de España, el brío, la violencia, la furia,  ese tópico que se mueve en nuestra sangre, está en las Memorias de un hombre de acción. El Baroja cien por cien español está aquí, aquí hay que buscarlo como enseñanza histórica, de independencia y  de individualidades.“ (p. 146)

Define al Pío Baroja de los años finales como un exiliado que vivió doce años en un piso cuarto de la calle de Ruiz de Alarcón, escribiendo con dificultad sus obras póstumas y sus Memorias con una memoria fiel para recordar el pasado, aunque nula para la vida diaria. A renglón seguido denuncia: “Y es en esos años cuando la censura deshace sus obras, cuando se prohíbe la publicación de sus libros, cuando se intentan hacer sus Obras Completas y estas tienen que aparecer mutiladas y en un orden extraño, absurdo, burdo y caprichoso, y luego, se intentan retirar.“ (p. 169)

En la segunda parte del libro, también titulada Crónica barojiana, el sobrino revista las obras más importantes del tío. Sobre  Fernando Ossorio, protagonista de Camino de perfección, revela que era una conocido de Pío Baroja cuando era estudiante del doctorado y vio al personaje en una cervecería de la calle del Príncipe y ofrece datos interesantes sobre el Andrés Hurtado de El árbol de la ciencia, compañeros de juventud  con los que Pío Baroja se topaba a diario en San Carlos, la facultad de Medicina madrileña.

Defiende que la revalorización de Toledo y de El Greco se debe a la gente del 98 --no al libro de Bartolomé Cossío ni tampoco a Marañón-- constituyendo una influencia que llegó a Picasso quien por aquellas fechas colaboraba con Pío Baroja y Azorín en Gente joven, revista germen de muchas cosas según el sobrino.

Pío Caro se pregunta por qué mueren los personajes de Pío Baroja para asegurar que “sólo mueren los privilegiados, los que más ama, los que ensalza; los que le hacen temblar la pluma tienen el privilegio de morir dentro de la literatura(p. 215) y así muere Zalacaín, el Juan Alcázar de  Aurora roja, Andrés Hurtado, Jaun de Alzate, el Roberto O’Neil de El laberinto de las sirenas,  el Olarra de La nave de los locos, o el Thierry de Las noches del Buen Retiro. Un proceder constante que empezó en 1904 y duró hasta 1934, treinta años de coherencia.

Sobresalen páginas del libro, sin duda escritas con especial ternura,  como Intermedio. Paseos de un solitario. Recuerda el piso de la calle Ruiz de Alarcón --ya vacío--,  a don Pío recibiendo visitas, las mañanas que iba a pasear al Retiro, la costumbre de coger castañas de indias para quemarlas en el chubesqui de un cuarto donde su madre solía tocar al piano la Sonata de Kreutzer --que era como un himno familiar-- y, después, su deseo de ir al Cementerio Civil a ponerle una flor, “quizás una única flor”.

El siguiente capítulo, Pío Baroja y el  cinematógrafo, arranca con Pío Caro confesando su pasión por el cine del que fue crítico, ayudante de dirección y documentalista, afición que, hasta cierto punto, tuvieron su tío Ricardo y  Azorín, pero no  Pío Baroja: “pocas veces se salió de su principal vocación y si lo hizo fue con poco entusiasmo. Así pocas veces intentó el teatro y menos el cine, y si lo hizo fue por divertimento. Su mundo, su estructura, era la novela(p. 264). A don Pío le era fastidioso acudir a un cine al anochecer porque sólo le apetecía leer o escribir calentito en su cuarto de casa. El sobrino dice que alguna vez le oyó hablar de Buster Keaton, de Charlot y de Greta Garbo que constituían  “las tres únicas estrellas que podía retener en su prodigiosa memoria(p. 265) sumándose a  la admiración que siempre tuvo por los clowns ingleses a quienes dedicó varios artículos.

Pío Baroja interpretó un pequeño papel como ayudante del cura Santa Cruz en Zalacaín el Aventurero (1929) de Francisco Camacho, película de la que no parece existir copia alguna pese a los rastreos realizados por la familia y los amigos. También, según Pío Caro, escribió una novela-film dividida en unas 290 escenas que tituló El poeta y la princesa o El cabaret de la cotorra verde. Afirma que hubiera tenido otra suerte cinematográfica en Inglaterra. Arturo Ruiz-Castillo filmó Las inquietudes de Shanti Andía en 1946; tío y sobrino la vieron en una sesión privada mereciendo este comentario del novelista: “Este joven (Ruiz-Castillo) cree que el mar se puede hacer en una palangana(p. 273).

El libro dedica bastantes páginas a los otros miembros de la familia subrayando de inicio la grandeza de la obra familiar: “unos doscientos escritos, entre novelas, textos, poesías y estudios, y cerca de otros dos mil testimonios plásticos entre cuadros, aguafuertes o dibujos, y naturalmente muy poca gente conoce esta obra en su totalidad(p. 286) Recuerda la muerte de su hermano Julio quien no había tenido jubilación ni seguridad social tras haber trabajado  cuarenta y cinco años en el Instituto de Investigaciones Científicas, que a don Pío se le discutiera ser enterrado en el Cementerio Civil, o a su propio  padre, quien había publicado unas trescientas obras importantísimas en su editorial Caro Raggio, desilusionado y arruinado física, moral y profesionalmente por la guerra.


Sobre Ricardo Baroja y su hermano Julio Caro

Recuerda del tío Ricardo que fue autor de cien óleos bellísimos de los que se perdieron la mitad. En una segunda etapa de pintor profesional, pintó “varios cientos más que, año tras año, llevaba para vender a exposiciones de San Sebastián, Bilbao o Madrid, a precios que oscilaban entre las setecientas y las cuatro mil pesetas, y de los que no vendía tantos  como a él le hubiera gustado para asegurarse el potaje diario.” (p. 316) Subraya la importancia de sus aguafuertes –se decía que el aguafuerte en España pasa de la mano de Francisco de Goya a la de Ricardo Baroja--, que fue premiado menos de lo que merecía, su reencuentro con el País Vasco tras la adquisición de la casa de Itzea y la famosa conferencia La crítica del Arte en la que atacó a los críticos del ramo  afirmando: “profesión nueva y sin ninguna utilidad para el arte, puesto que todas las grandes obras se han hecho sin necesidad de ellos y los críticos no han influido con sus opiniones en cambiar la marcha natural de cada artista(p. 319), conferencia que  fue impresa y costeada por compañeros artistas.

La pérdida del ojo bueno en un accidente de automóvil cuando Ricardo Baroja regresaba de un mitin a favor de la República afectó a su obra y Pío Caro relata sus desvelos para volver a pintar con el ojo que padecía astigmatismo, logrando al fin que nacieran sus Croquis de guerra, tablillas que constituirían una de las obras más importantes sobre la Guerra Civil desde el punto de vista artístico y testimonial.

Ricardo también fue novelista y ganó el Premio Cervantes de 1935 por La Nao Capitana. Además escribió libros de aventuras como Aventuras del submarino alemán U, novelas galantes como Fernanda, y El pedigree que, por su concepción de un mundo moderno,  Pío Caro considera anticipo de Aldous Huxley. Ricardo Baroja reunió sus recuerdos, “escritos con mucho donaire” en Gente del 98.

El cine interesó a Ricardo Baroja. Debutó como  actor en Al Hollywood Madrileño (1927), actuó junto a su hermano Pío en la citada Zalacaín el aventurero (1929), en  El sexto sentido (1929) y La incorregible (1931). En 1947 Florián Rey llevaría al cine su novela La Nao Capitana. Además hizo algunos decorados, escribió guiones que propuso interpretar a Ramón Franco. Cuenta su sobrino que acudía a los cines frecuentemente y se entusiasmó con El acorazado Potemkim, película que vio varias veces, si bien, otras opiniones aseguran que su entusiasmo por el cine  fue descendiendo hasta actuar para ganar un dinero que le permitiera visitar París, viaje que hizo y del que volvió escondiendo  una ametralladora destinada a propósitos magnicidas aunque el episodio tuviera un desarrollo cómico tal como lo narra Pío Caro.

Ricardo Baroja apenas salió de casa durante la guerra y la postguerra. En los meses de frío escribía y leía; cuando pasaba el invierno se desperezaba y  pintaba; el sobrino dice “que era bonito verle pintar”. Pío Caro escribe abundantes páginas dedicadas a resaltar la personalidad de un Baroja “injustamente olvidado”.

También dedica un recuerdo a su hermano Julio Caro Baroja del que destaca su devoción por el estudio, su facilidad para el dibujo en todos sus aspectos,  así como “su sentido jocoso de la vida”  y termina con el recuerdo amoroso de su madre, de su prosa y de sus versos que junto a ella lleva en el corazón.

El valiosísimo libro de Pío Caro --al igual que los Recuerdos de su madre Carmen Baroja—resulta una fuente de conocimientos y atestigua la enormidad y calidad de un mundo barojiano poblado de personajes reales y ficticios inolvidables que retrataron la España que va de finales del s. XIX a la mitad del s. XX. 

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NOTA.:

l.- Pío Caro Baroja, Crónica barojiana, Edit. Caro Raggio, Madrid, 2000, 415 págs. Citamos del mismo.


lunes, 11 de febrero de 2013



LO SIENTO, DR. TRÍAS


Fue, no lo recuerdo bien, entre 1968 y 1970. Sabía que Ricardo Gullón venía desde Texas para dar una conferencia en la Pennsylvania State University y se presentó en el aeropuerto de Pittsburg junto a  Javier Herrero. Querían saludarle e intercambiar algunas impresiones sobre el momento español. No le volví a ver desde entonces aunque siempre leí los innumerables artículos que publicaba en la prensa y me admiraba la continua aparición de sus libros sobre temas que poco a poco le convertían en el más notable e imaginativo pensador de nuestro país. Hablar de D. Eugenio Trías siempre ha sido hablar de cosas serias, de la teoría del límite, de la imaginación sonora en este predio español de tanta fruslería y bagatela. Lamentable que los cigarrillos se lo llevaran como hicieron con mi padre. Lo siento, Dr. Trías; lo de leer periódicos ya no será lo mismo sin Ud. ahora que, al fin, está dialogando a solas con la sombra.

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sábado, 26 de enero de 2013


PÍO BAROJA: LOS RECUERDOS DE SU HERMANA CARMEN BAROJA

El manuscrito

Leyendo Los Baroja de Julio Caro, la profesora Amparo Hurtado supo que Carmen Baroja había escrito unas memorias  que permanecían inéditas. En 1993 se desplazó a Itzea y,  con el beneplácito de la familia Baroja, leyó los originales y logró que se publicaran con el título original de Recuerdos de una mujer de la Generación del 98 (1), edición, prólogo y notas a su cuidado.

Amparo Hurtado comentó lo difícil que fue atenerse a un manuscrito comenzado  antes de la guerra, que perdió páginas al derruirse el hogar barojiano de la calle madrileña de Mendizábal  en un bombardeo durante la Guerra Civil, se reinició a partir de 1943, además, compuesto de hojas sueltas de tamaños y colores diferentes y sin numerar. “Parecía un puzzle desmontado” define la  Profª Hurtado. Sin embargo, su trabajo ha permitido conocer a una mujer estupenda, representativa de su tiempo, de su familia, una verdadera artista de muchas capacidades, entre ellas, la de escribir.

El personaje, mujer del  98

Al comenzar la lectura, se tiene la sensación de que Carmen Baroja era auténticamente barojiana por quejarse de casi todo lo que merecía la pena de quejarse, en especial la falta de  medios que consideraba  el motivo principal que le impedía  ser algo más que una ama de casa. Resumía su vida así: “La niñez fue amable para mí, la juventud no, acaso por culpa mía; la edad madura tampoco, la vejez parece que sí, ¡Dios lo quiera!” (p. 44) refiriéndose al amor de sus hijos Julio y Pío.  La lectura  constituía su única diversión en una vida de estrechuras en la que,  además,  se sentía atosigada por un sentido del deber hacia las tareas domésticas diarias, quehacer que no le proporcionaban satisfacción ni reconocimiento alguno de la  familia.  

Carmen Baroja se estimaba una mujer del 98 aunque su hermano  Pío asegurara que tal generación no existía. Por esa razón  prometía al comenzar a escribir sus recuerdos: “me voy a hartar de escribir sobre mis pensamientos, mis ideas, mi persona…Puede que hasta adornarme un poco.” (p. 47)

Los reproches a su entorno enseguida aparecen. A la falta de dinero --siempre su cruz, una maldición de su vida--, había que añadir el escaso reconocimiento que recibía de  sus hermanos a los que tarda poco en criticar: “nunca se han ocupado más que de ellos  mismos. El egoísmo de Pío siempre he sido terrible; ahora ya da risa si no diera pena. A Ricardo le pasa igual con el egoísmo y la roñosería. ” (p. 54) “A veces me quejaba, y mi hermano Pío y sobre todo mi madre me afeaban mi manera de ser descontentadiza.” (p. 57)

Se estimaba vanidosa, pero nunca envidiosa. Le halagaba que la consideraran distinta a las demás mujeres. Tocaba el piano e interpretaba ópera y se deleitaba con la música y los clásicos sobre todo Mozart y Beethoven, éste último también favorito de su hermano Pío. Fue una artista que trabajó el metal e hizo arquetas y  esmaltes. Ganó una medalla en arte decorativo y los críticos hablaron bien de ella. Entre sus amistades se encontraban Romero de Torres, Penagos… pero siendo de modestas aspiraciones, más personales que públicas, consideraba que no tenía cultura artística, que no sabía el dibujo ni el oficio y lo abandonó todo sin la que la familia dijera nada.

El Mirlo Blanco

Las cosas cambiaron cuando la familia Baroja se trasladó a vivir al chalet del nº 24 de la calle Mendizábal. Pese a sustos iniciales --Pío enfermó creyendo que tenía pulmonía y ella cogió unas fiebres tifoideas-- Carmen escribió que en 1926 vivió la época de su vida más divertida y alegre.

Tal momento de ataraxia, de sentirse realizada, se relaciona con El Mirlo Blanco, el teatro de cámara que los Baroja y algunos amigos crearon haciendo las representaciones en la primera planta del chalet -- donde vivían Ricardo y Carmen Monné. 

El estreno tuvo lugar el 7 de febrero de 1926 escenificándose  diálogos de Los cuernos de Don Friolera de Valle Inclán. Pío Baroja tuvo tal éxito con El adiós a la bohemia que se animó a escribir y representar Arlequín, mancebo de  botica. También se llevaron a escena El torneo, El maleficio y Marinos vascos  de Ricardo Baroja y El gato de la mére Michele de la propia Carmen --las dos últimas obras se perdieron  durante la guerra, según comenta Amparo Hurtado—y obras de Isabel Oyarzábal, Rivas Cherif, O’Henry, Claudio de la Torre… y  hasta del mismo Edgar Neville.

Carmen Baroja protagonizaba muchas de las representaciones. Pasaba de los cuarenta años, pero tenía tan buen aspecto que, al presentársela, provocó la admiración de  Cipriano Rivas Cherif reflejada en este piropo de época:”¡Pero qué joven, qué joven! ¡Es completamente Kodak! ¡Qué silueta, qué silueta!” (p. 84)

También actuaban en el Mirlo Blanco los  hermanos Baroja, Josefina Blanco, Fernando Bilbao, el comentado Rivas y el propio Manuel Azaña -- asiduo de la casa-- entre otros. En  los decorados intervenían Ricardo Baroja y Julito Caro. La música corría  a cargo de Gustavo Pittaluga al violín y Cubiles al piano. A las representaciones asistía la intelectualidad madrileña y se recibían los elogios  de la crítica especializada. “Todo esto, reforzado con té y ricas pastas y dulcerías a que convidaba Carmen (Monné), tenía indudablemente grandes atractivos para los invitados” (p.84)

Feminista

Carmen Baroja vivió la aparición del feminismo y se consideró una feminista consciente de que las mujeres no llegaban a más por la falta de preparación y de conocimientos, pero igualmente de que había hombres estúpidos que por el hecho de ser hombres “gozaban de un sinfín de prerrogativas (…) Esto me sublevaba.” (p.68). Asistió a las reuniones de  la Residencia de Señoritas que dirigía María de Maeztu, y fue cofundadora  del Lyceum Club  femenino junto a Vitoria Kent, Zenobia Camprubí y otras, llegando a dirigir la sección de arte.

Las relaciones con Manuel Azaña

La actividad del Lyceum le permitió conocer a personalidades de la época aunque no tan a fondo como hubiera deseado a causa de las obligaciones en casa y porque  su cuñada Carmen Monné “era verdaderamente avara de la amistad de sus amigos y no le gustaba nada la simpatía que demostraban por mi” (p. 93).

La Monné, esposa de Ricardo Baroja,  era la confidente de Manuel Azaña y en su piso se ataron los lazos que convirtieron al político en cuñado de Cipriano Rivas Cherif. La simpatía de Carmen Baroja por Azaña, no coincidía con la opinión de Pío: “creía que era pedantón, no muy culto y escritor pesado y molesto”. (p.100)   Pío y Azaña se trataron poco en las tertulias del Mirlo Blanco añadiendo Carmen que la falta de cordialidad de su hermano hacia Azaña era manifiesta y aún mostraba “menos confianza en la capacidad de los padres de la República y no se recataba en decirlo.” (p. 100) Carmen Baroja  defendía a Azaña como  escritor  aunque reconocía que  El jardín de los frailes que le había dedicado era plúmbeo.

La relación Ricardo Baroja con Azaña era asidua, pero tampoco terminó bien cuando le cerraron la posibilidad de entrar en la Junta del Ateneo que el político presidía. Ricardo hizo un casus belli del asunto y, según Carmen, dedicó improperios a don Manuel en la revista La Tierra.“ (p. 102)

Carmen mostró su opinión sobre algunas personalidades de manera muy descriptiva destacando la del manipulador de textos de Pío Baroja, Ernesto Giménez Caballero, al llamarle  “el gran falange”. (p. 91)

Algunas mujeres de la República

En los recuerdos de Carmen Baroja tampoco salen bien paradas algunas de las mujeres más significativas de la República con las que tuvo trato pese a que tuvieron una actitud de reconocimiento y consideración hacia ella. 

A Carmen le molestaba en particular el desprecio que tenían hacia la mujer española. “Ellas, guapas, inteligentes y creyéndose muy superiores, no pudieron soportar que la señorita española, que ellas consideraban ñoña y cursi, las tratara, o mejor dicho, no las quisiera tratar.” (p.104)

Describe a Trudy Araquistain como una mujer cínica sin moralidad. De Margarita Nelken destaca su belleza, inteligencia y gracejo subrayando su odio al Lyceum que estigmatizaba como antifeminista cuando en verdad temía no ser aceptada como miembro. Menciona a Matilde Huici, Victoria Kent, Mábel Pérez de Ayala y otras. De alguna dice “Tenía un flair para los cuartos y los enchufes que aturdía.” (p.106)  La crítica es tan pormenorizada como dura, evidenciando su desengaño por la forma de ser de la mayoría.

Contrastan estas páginas con las dedicadas a la muerte de su madre ocurrida el 7 de septiembre de 1935 reveladora de la sensibilidad femenina que la adornaba. El relato en primera persona del entierro y del funeral acopia imágenes al detalle y sorprende con afirmaciones como esta: “Antiguamente, también se avisaba a las abejas de la casa para que construyeran cera para el difunto” (p. 147) o  preguntándose al final de ese relato  si el entierro fue una ceremonia vasca para “acompañar a la muerte y despistar a la imaginación, alejándola del dolor”.  (p. 150)

La Guerra Civil

Carmen Baroja  no tuvo simpatía hacia ninguno de los bandos de la Guerra Civil; odiaba la misma guerra. Muestra la confusión que trajo a las personas del pueblo. Narra el episodio de los carlistas arrojando al fuego los libros del Circulo Obrero Republicano,  entre ellos, tomos de Salgari “que adquirieron categoría de libros nefandos” (p. 155). 

Confirma que fue Martínez Campos el militar que libró a su hermano Pío del apresamiento de los carlistas y que una vez liberado,  hecho una furia por el miedo y la tensión que le produjo el suceso, marchara a Francia.  También comenta que “Alguna vaca murió más sentida por su dueño que una persona de su familia” (p.159). Y pormenoriza el relato  de las privaciones que acosaron a la familia que tuvo que dedicarse a quehaceres campesinos para poder comer.

Vera de Bidasoa era el pueblo más cercano al frente y esta circunstancia le convertía en mirador y en hospital. Carmen Baroja –además de sacarle  al campo y a sus animales el sustento para la familia-- se hizo enfermera como la mujer de Ricardo Baroja. Describe su actuación transmitiendo los horrores que se vivieron en aquel lugar de atmósfera calurosa y pestilente. Pienso  que ni su hermano Pío ha descrito la matanza de la guerra con tanto detalle, rigor y emoción. En determinados momentos sobresalen líneas llenas de poesía y de fuerza descriptiva como estas:  “Vinieron de lejos y cayeron allí, sobre los helechos verdes de San Marcial, en una tarde preciosa de septiembre, en la loma aterciopelada, con Irún a sus pies y el pueblecito blanco Biriatu mirando indiferente desde la orilla francesa del río. ¡Hermanos, hermanos! ¡Que la tierra de este humilde cementerio de Vasconia os  sea leve!” (…) “¡Pobres de nosotros! ¡Pobre de nuestro país!”´ (p.167/68)

El parte final  de la guerra es conocido. El de Carmen Baroja dice: ”un día de abril del año 39 nos dijeron que las tropas nacionales habían entrado en Madrid. Nos echamos a llorar, sin saber qué iba a ser de nosotros” (p.184), El final de la guerra  deparaba otro desastre familiar, el reencuentro con su marido “con el pelo blanco, viejo, raído, pobre, miserable, sin dientes. La entrevista fue tristísima.” (p.187)

Los hermanos varones

Carmen les tuvo cariño y apreció su valía. Para ella  Pío era un hombre de vida metódica, de levantarse y acostarse temprano, mientras Ricardo, una vez que abandonó su profesión de archivero, pasó a ser un artista inconstante en su trabajo y de un vivir disipado en cientos momentos.

Pío tuvo atenciones con ella; fue su médico cuando enfermaba,  la acompañaba al teatro  e incluso viajaron juntos a París, aunque tampoco fue mucho más allá: “Pío ha sido un hombre que no ha tenido más preocupación en su vida que sus escritos y la manera de hacerlos.” (p.197). No hace valoraciones de su obra, pero sí ofrece impresiones personales, siendo de particular interés cuanto escribe sobre la relación entre los personajes de las novelas y personas de la realidad, como en el caso de Silvestre Paradox, El árbol de la ciencia, o Shanti Andía. De su hermano Ricardo comenta que hacía todo por afición (…) pero no trabajó nunca ni con método ni pensando que aquello podría ser algo definitivo; trabajaba nada más que para divertirse, sin darle importancia, así que, si a lo suyo no lo estimaba, cómo iba a preocuparse por lo que yo hacía” (p. 79)

Apreciando la monarquía –pero no a Alfonso XIII-- el advenimiento de la IIª República sería trágico para ella y puso tan  nervioso a Pío que, según Carmen, dijo:Si esto dura, dentro de dos años está el comunismo en España” (p. 98). Ricardo, sin embargo,  era un propagandista de la República por pueblos y ciudades y lo hacía como su mujer “con un exhibicionismo que se les había desarrollado a los dos” (p.96), si bien,  a Ricardo le costó un ojo al sufrir un accidente cuando regresaba de un mitin.

De cualquier manera,  Carmen  deja un apunte interesantísimo de cómo sus hermanos veían el comienzo de la guerra: Pío oteaba el frente cercano a Vera justo antes de ser aprisionado por los carlistas por curiosidad y, suponemos, con interés de escritor; cuando lo hizo Ricardo “dijo que había ido a ver el efecto de las boinas rojas (de los carlistas) sobre el verde” (p. 159).

En la visión de Carmen sobre sus hermanos pudo influir el siguiente hecho. Desde 1918 su marido --Rafael Caro Raggio-- había estado publicando las obras de Azorín  y de los hermanos Baroja quienes un día de 1931 se pasaron a Espasa Calpe por consejo de Ortega, un día terrible para Rafael que estuvo llorando como un niño según cuenta en su libro Julio Caro. Amparo Hurtado dice que “esta situación distanció a los tres hermanos” (p. 32).

Visión de la generación de Ortega y Gasset

Me parecen del mayor interés las páginas finales donde asegura que mientras los hombres del 98 tenían “una enorme afición o vocación por su oficio”, que llegaban de provincias a conquistar la gloria y eran “gente de café, de discusión, todos ellos algo bohemios” (p. 194), los que venían detrás tenían una grandísima preparación, pero si no llegaron a más en sus actividades científicas fue por dos características, la cursilería y el esnobismo.

De Ortega y de Marañón da una visión muy diferente de la que se tuvo en la posguerra: “Dieron más importancia  a cualquier aristócrata ramplón o rico advenedizo que a lo que ellos representaban. Esto les ha colocado muchas veces en posturas algo radículas” (p. 195).  Si  Luis Martín Santos hizo una crítica fantástica ironizando sobre el personaje Ortega y Gasset en Tiempo de silencio, Carmen Baroja tampoco se contuvo nada al comentar lo que Ortega trasmitió a sus discípulos con su cursilería enfática (p. 196) y lo hizo con palabras de acritud: ”las ideas y la cursilería que han heredado del gran don José sus adeptos han tenido consecuencias terribles para España. Todos estos pollos fascistas son sus legítimos herederos, amamantados con sus teorías, y siempre con la cara vuelta a la última moda, o sea, al sol que más calienta.” ( p. 196)

Una gran mujer y dedicatoria final

La todavía hoy desconocida Carmen Baroja (1883-1950) no sólo se dedicó al arte trabajando el metal y los esmaltes. Publicó un libro en Labor titulado El encaje en España (1933), Martinito, el de la casa grande (1942) relato novelesco dedicado a sus hijos Julio y Pío, el Catálogo de la colección de amuletos (1945), el Catálogo de la colección de pendientes (1948) –ambos para el Museo del Pueblo Español cuando lo dirigía su hijo Julio--, el libro inédito Amuletos mágicos y joyas populares (1949) que la editorial Argos iba a publicar, además de una comedia, reportajes de todo tipo, algún poema, guiones de cine sobre novelas de su hermano Pío  y artículos para La Nación de Buenos Aires y para la revista literaria Mujer.

Y mi dedicatoria final será para Amparo Hurtado Albir, traductóloga importante en su área y catedrática de la Universidad Autónoma de Barcelona, pues, al preocuparse  por la obra de Carmen Baroja descubriendo su enorme personalidad y editarla en una  tarea que le llevó cinco años, no sólo ha contribuido de manera sustancial al conocimiento de Carmen Baroja sino que ha ampliado los límites de lo que se entendía como mundo barojiano  que no puede circunscribirse sólo a Pío Baroja, sino que debe ampliarse a otros miembros de la familia.  Mi reconocimiento por su  trabajo es por tanto enorme.

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Nota.:

1.- Camen Baroja y Nessi, Recuerdos de una mujer de la Generación del 98, Prólogo, edición y notas de Amparo Hurtado, Tusquets Editores, Barcelona, 1998