domingo, 20 de octubre de 2013



PÍO BAROJA: CAMINO DE PERFECCIÓN 
y EL ÁRBOL DE LA CIENCIA[i]: paralelismos
de los protagonistas


Dos tipos de novela --la naturalista y la subjetivista-- triunfaban cuando Baroja empezó a escribir. El autor naturalista subrayaba los factores metafísicos, genéticos y sociales que limitaban la libertad del hombre y escribía buscando una utilidad social; el de novelas subjetivistas se entretenía menos en los factores que determinan la vida y el comportamiento, desligaba los personajes del mundo fenoménico hasta un cierto punto proporcionándoles mayor libertad al propósito de escudriñarles psicológicamente.

Pío Baroja heredó lo principal de ambas maneras de novelar. El énfasis naturalista y la introspección psicológica ya aparecían en Vidas sombrías (1900) y  resplandecieron en sus mejores novelas. El naturalismo en Baroja se embozaría  definitivamente en la idea darwiniana del struggle for life, tema de su trilogía La lucha por la vida (1904) donde  el leitmotiv de la busca impulsa las acciones de los personajes y el hallazgo  depende de su fortaleza y fortuna para realizarse en la vida; tres personajes principales -–Manuel Alcázar, Salvadora y Roberto Hasting— laboran y lo logran mientras los demás caracteres realizan una busca infructuosa y/o sucumben víctimas de la ley del más fuerte.

Pero el tema de la lucha por la vida y el leitmotiv de la busca ya aparecían en Camino de perfección (1902) como estuvieron en novelas posteriores y el subjetivismo de Baroja –relevante  en Camino de perfección—se irá perfilando más hasta dar en la cumbre de El árbol de la ciencia (1911), la más importante de sus novelas. El subjetivismo también acoge circunstancias autobiográficas del autor[ii], pero se centra principalmente en la indagación del personaje que, proyectado sobre el plano de una realidad literaria, busca su identidad.

La publicación de la trilogía de La lucha por la vida Baroja puso de relieve la realidad exterior como el espacio donde se entabla la batalla por la subsistencia, una batalla al fin y al cabo universal protagonizada por la especie del hombre y, para representarla, creó un héroe colectivo. En Camino de perfección y El árbol de la ciencia Baroja auscultó la realidad interior en la busca emprendida por dos héroes concretos, Fernando Ossorio y Andrés Hurtado. Registrar la evolución de sus procesos mentales importará más que su relación con los otros; la acción interior más que sus actividades. Ossorio y Hurtado son conscientes de estar limitados por causas genéticas y familiares, pero se rebelarán contra sus taras aunque, a la manera modernista, se encierren en la torre de marfil de su yo creyendo que el remedio a todo consiste en no accionar, en alejarse de la realidad y del vulgo municipal y espeso.

Añadiré que la busca identitiva de los protagonistas de  Camino de perfección y El árbol de la ciencia[iii], refleja un periplo que poco a poco les va inmovilizando en el espacio y en el tiempo hasta desligarles de la idea de futuro. Por otro lado, el Noventa y ocho queda reflejado en estas novelas, pero como ilustración del condicionamiento que pesa sobre los individuos que se realizan en una sociedad decadente.

De entrada se observa el empleo de una singularidad muy barojiana en la creación del personaje: un sentimiento de orfandad --característico de una adolescencia no superada del todo--  que refuerza la sensación de soledad y desamparo del héroe cuando emprende su particular lucha por la vida.

Fernando Ossorio vive infancia y adolescencia como si estuviera huérfano de padre y madre. La educación que recibe de una nodriza fanática y de un abuelo volteriano determina el espíritu contradictorio del héroe. Cuando el abuelo muere, la madre “a quien indudablemente estorbaba en su casa y que no quería tenerme a su lado” (CP,I,7) le envía a Yécora para que concluya el bachillerato. Pasa dos años interno en un  colegio de escolapios y otro en la casa de un administrador de las fincas familiares, experiencias que, según Fernando, le transforman en vicioso, canalla y malintencionado. Regresa a Madrid cuando muere su padre; tiene dieciocho años. Fernando resume así su experiencia: “Total, que gracias a mi educación  han hecho de mí un degenerado” (CP,I,8). Atribuye la histeria que padece a sus mayores: “la influencia histérica se marca con  facilidad en mi familia. La  hermana de mi padre, loca; un primo, suicida; un hermano de mi madre, imbécil, en un manicomio; un tío, alcoholizado” (CP,II,13). Todo ello ha contribuido a entristecer su vida condenándole a vivir dentro de sí y avejentándole prematuramente.

Hurtado padece un desamparo comparable al de Ossorio. El narrador dice: “Se sentía aislado de la familia, sin madre, muy solo, y la soledad le hizo reconcentrado y triste” (AC,1ª-IV,48). No gravita hacia su padre; muy al contrario, la hostilidad entre Hurtado y su progenitor crece a medida que Andrés se hace hombre: “El hijo no le pedía nunca dinero, quería considerar a don Pedro como un extraño” (AC,1ª-IV,49). Al comenzar la carrera decide residir en un cuarto situado bajo el techo de la casa donde antes vivía con su padre significando el alejamiento intencionado del  espacio familiar.

El espacio familiar resulta clave para el desarrollo de la personalidad porque custodia las raíces, diríamos, la genética del ser; la familia presta una identidad hasta que el adolescente elabora la propia y se encauza hacia un cometido en la vida. Fernando y Andrés rechazan los lazos familiares, la identidad prestada. Pretenden eliminar de su experiencia cuanto condicionó e influyó  en sus actitudes de hoy. Al salir del espacio familiar corren el peligro de ser absorbidos por el mundo exterior, pero se defienden buscando su realización personal. Ossorio ha elegido el camino de la experiencia mística confiando que la fe le resuelva el problema de creer y de motivarse en la vida. Hurtado opta por el camino de la experiencia intelectual.

Cuando ambos se ponen en acción, la adolescencia no superada  les lastra. Se manifiesta en las vacilaciones y contradicciones continuas de sus caracteres, en el impulso egoísta que domina la mayoría de sus actos y la autocrítica constante. De la depresión pasan a la irritación y viceversa.

Fernando no sabe cómo huir de su amorío con la tía Laura; jamás se sintió tan mal, tan lejano a sus ideales de vida: “Y cada día Fernando estaba más intranquilo, más irritado y desigual en su manera de ser. De afirmaciones categóricas pasaba a negaciones de la misma clase, y si alguno le contrariaba, balbuceaba por la indignación palabras incoherentes”(CP,VI,35). Más adelante estalla en improperios y bestialidades contra el cura y el administrador de Yécora cuando ambos creían haber influido beneficiosamente en la vida del joven. Su tendencia a la depresión es tan continua que ningún bienestar le satisface; comentando su estancia en la finca de labor dice: “Lo cierto que hace dos semanas que estoy aquí, y empiezo a cansarme de ser dichoso” (CP,XLVII,180).

Andrés Hurtado cree que el optimismo y el pesimismo “son resultados orgánicos como las buenas o malas digestiones” (AC,3ª-V,160), sin embargo, su hermana Margarita le acusa de hacer siempre lo posible por sentirse mal.  Trabajando de médico en la Higiene se despreocupa de las miserias de las prostitutas, pero observa que la atmósfera del lugar le hace daño, que en su vida no hay nada sonriente o amable: “Los dos polos de su alma eran un estado de amargura, de sequedad, de acritud, y un sentimiento de depresión y de tristeza” (AC,6ª-V,265). Incluso cuando está casado con Lulú y la felicidad parece sonreírle “Su pensamiento le hacía pensar que la calma no iba a ser duradera” (AC,7ª-II,293). La tendencia a la irritación y lo depresivo en ambos  protagonistas les impide progresar en el camino de la fe o de la experiencia intelectual que se habían propuesto.

El miedo a la enfermedad y a lo desconocido es propio de la adolescencia.[iv] Buscando el éxtasis de los místicos, Ossorio siente como un “aura epiléptica” y piensa que se va a caer en cualquier instante: “Voy  a tener convulsiones –se decía a sí mismo, y esta idea le producía terror pánico” (CP,VII,37). Sus miedos proceden de la infancia, otros se forjaron en la pubertad; al acostarse cree oír la respiración de un hombre; al abrir la puerta de un cuarto oscuro ve la silueta de tres ajusticiados  al fondo. El miedo es “un huésped continuo” (CP,VIII,44). Su debilidad física le hace temer un estado de locura o de anemia cerebral. Se viste pobremente para salir a los caminos, “cosió unos cuantos billetes en el forro de su americana, se vistió con su peor traje, compró un revólver” (CP, VIII,44.45)… que sacará al oír los ladridos de un perro. Su miedo tiene origen en el desorden de su cerebro, en la histeria y en la impotencia para encontrar la fe y el Dios que busca.

Andrés tiene miedo a salir mal en los exámenes y le aterra la idea de la tuberculosis. Ejerciendo de médico en Alcolea prescribe los medicamentos en pequeñas dosis  a fin de no correr el riesgo de una torpeza, pues, piensa que “no hacía casi nunca un diagnóstico bien” (AC,5ª-IV,209). Ama a Lulú, pero las palabras de su tío Iturrioz respecto de lo que pueda suceder con su descendencia le meten miedo en el alma, y cuando va a ser padre anticipa lo peor llevado de su fatalismo. Ansía encaramarse a las ramas del árbol de la ciencia, pero la vida le atrae de una manera trágica: “Muchas veces se le figuraba que en su vida había una ventana abierta a un abismo. Asomándose a ella, el vértigo y el horror se apoderaban de su alma” (AC,7ª-II,293).

El erotismo destaca asimismo a través de rasgos adolescentes en la trayectoria de Ossorio y Hurtado. Cada uno tiene su ideal de mujer, pero mientras buscan, aceptan el placer vicario para aquietar los instintos;  imaginan amores donjuanescos con monjas que han muerto o apenas vislumbran a través de las rejas del convento, o dejan que su sexualidad explote atraídos por mujeres mayores –caso de Fernando con su tía Laura—o casadas y experimentadas, como le sucede a Andrés con Dorotea. La atracción va seguida de la repulsión que sienten por la persona objeto del encuentro erótico; le sucede a Ossorio con la mujer de luto, Laura y la jovencita Adela con la que además se siente impotente. Hurtado prefiere la neurosis al amor, pero atribuye a la castidad su mal estado de salud; la necesidad le acerca a Dorotea para encontrar el acto de amor absurdo y la experiencia aniquiladora.

El adolescente tiende al pensamiento abstracto y su vía de escape hacia lo espiritual o intelectual es un fenómeno que suele estar relacionado con la aparición de sus trastornos físicos o eróticos. El ideal de Fernando es lo contrario de lo que ha vivido y vive: “El ideal de su vida era un paisaje intelectual, frío, limpio, puro, siempre cristalino, con una claridad blanca, sin un sol bestial; la mujer soñada era una mujer algo rígida, de nervios de acero, energía de domadora y con la menor cantidad de carne, de pecho, de grasa, de estúpida brutalidad y atontamiento sexuales”(CP,VI,29) Consciente de que día por día se aleja de sus ideales pasará el tiempo autocriticándose y elaborando proyectos de purificación que su abulia le impide realizar. Hurtado se le asemeja y, pese a la falta de emoción cientificista con la que  se expresa, Lulú, que le conoce bien, exclamará: “¡Qué hombre más ideático!” (AC,7ª-II, 291).

Los adolescentes imitan las personas o los arquetipos que, a su juicio, resolvieron  los problemas de identidad –o de parecida envergadura—que ellos experimentan.  La busca identitiva de Ossorio y Hurtado pretender  ser personal, pero están influenciados por  los otros con quienes se asocian.

Fernando busca enardecer su fe, sentir el éxtasis propio de los místicos. Lo que no consigue rezando en las iglesias lo vislumbra en los cuadros de Pantoja de la Cruz, Sánchez Coello y sobre todo El Greco. Contemplando El entierro del Conde de Orgaz, “Fernando levantó los ojos, y en la gloria abierta por el ángel de grandes alas, sintió descansar sus ojos y descansar su alma en las alturas donde mora la Madre rodeada de la eucarística blancura en el fondo de la Luz Eterna” (CP,XXIII,101). Un día tropieza con los Ejercicios de San Ignacio de Loyola; el libro no le influye al principio, pero luego encuentra “ un fondo de voluntad, de fuerza; un ansia para conseguir la dicha ultraterrena y apoderarse de ella, que Ossorio se sintió impulsado a seguir las recomendaciones del santo, si no al pie de la letra, el menos en su espíritu” (CP,XXI,109) y concluye preguntándose si él también ha nacido para místico, dispuesto a que la fe le atraviese el corazón “con una espada de oro” (Ibíd.).

Andrés, más intelectual y apartado del prójimo es, sin embargo, el más propicio a dejarse atraer e influenciar. Su dependencia de Iturrioz es enorme: el tío desempeña el papel de guía y consejero que en circunstancias normales hubiera oficiado don  Pedro; le resuelve casi todos sus problemas materiales –recomendaciones para pasar los exámenes, puestos de trabajo—y siempre le predica la acción en un círculo pequeño. Andrés, sin apego a la religión, tiene su biblia particular en el Parerga y Paralipomena; Schopenhauer, según Hurtado, “tenía para él atractivo de ser un consejero chusco y divertido” (AC,VIII,72), aunque le llena de pesimismo y le induce a la inacción. Los consejos de su tío y las influencias del filósofo batallan en su mente, pero si Schopenhauer parece más influyente  en las decisiones de Hurtado por su tendencia al pensamiento abstracto, después, cuando ya  no hay remedio, reconoce la verdad de lo predicado por su tío.

El adolescente se siente atraído por el mundo exterior, pero cuando éste se muestre adverso, le huye. Fernando pasa por esta experiencia y llega a negar la existencia de la realidad exterior: “¿Qué es la vida? ¿Qué es vivir? ¿Moverse, ver, o el movimiento anímico que produce el sentir? Indudablemente, es esto: una huella en el alma, una estela en el espíritu, y entonces ¿qué importa que las causas de esta huella, de esta estela, vengan del mundo de adentro o del mundo de afuera? Además, el mundo de afuera  no existe; tiene la realidad que yo le quiero dar. Y, sin embargo, ¡qué vida ésta más asquerosa!” (CP, XX,91).

A Hurtado no sólo le molesta la realidad sino que, pesimista como es, adjetiva el mañana como una realidad insufrible. Estando en Valencia: “Andrés no quería salir a la calle; tenía una insociabilidad intensa. Le parecía una fatiga tener que conocer a nueva gente!“ (AC,3ª-IV,156), y cuando su hermana Margarita le pregunta la causa de su ostracismo, responde: “No me interesa nada de cuanto pasa afuera” (Ibíd.).

Comenté el distanciamiento de Fernando y Andrés de sus familiares, paralelo al que tienen con los amigos.  Su apartamiento del prójimo, de los otros, resulta equidistante a su alejamiento del espacio exterior. Para verlo claro,  comparemos esa situación con las que tienen los personajes de La lucha por la vida. En la trilogía hay un héroe colectivo, pero existe comunicación entre los personajes que se mueven por los distintos círculos espaciales del Madrid simbólico; incluso podemos definir al héroe colectivo como una masa enajenada, activa,  que participa de la misma busca: la salida del laberinto de la miseria, el triunfo en la lucha por la vida. Pero la  masa enajenada de La lucha por la vida no se parece casi en nada a la masa resignada de Camino de perfección y El árbol de la ciencia; el adjetivo resignada no establece la diferencia por sí mismo: es la cualidad que los protagonistas atribuyen al colectivo de los otros porque  Ossorio y Hurtado no vacilan en subrayar cuanto les diferencia de ellos.

Estando en Yécora, Fernando contempla la procesión nocturna del Miércoles Santo; mientras el pueblo se arrodilla al paso de las imágenes, Ossorio “se irguió, con intenciones de protestar de aquella horrible mascarada. Vio las miradas iracundas que le dirigían los disciplinantes, al ver su acto de irreverencia, los ojos negros llenos de amenazador brillo a través  de los antifaces, y sintió el odio; cubrió su cabeza, ya que no podía hacer más en contra, y, volviendo la espalda a la procesión, se escabulló por una callejuela” (CP, XLII,162).

Andrés Hurtado se encuentra a disgusto en Alcolea. El pueblo ejemplifica a cualquier comunidad que ha ido deteriorándose y no reacciona;  es, como la Orbajosa de Galdós,  símbolo de España y, al mismo tiempo, espeja la abulia que Hurtado padece, temperamento que, sin embargo,  le solivianta cuando la percibe en los otros: “El pueblo aceptó su ruina con resignación” y se añade: “—Antes éramos ricos—se dijo cada alcoleano--. Ahora seremos pobres. Es igual; viviremos peor; suprimiremos nuestras necesidades” (AC,5ª-V,212). Andrés siente malestar y repulsa ante ese estoicismo y su distanciamiento del pueblo se evidencia en el aire que adquiere de extranjero y en la animosidad creciente que provoca: “Poco a poco, y sin saber cómo, se formó alrededor de Andrés una mala reputación; se le consideraba hombre violento, orgulloso, mal intencionado, que se atraía la antipatía de todos” (AC,5ª-VIII, 226).

Si la enajenación de los anarquistas de Aurora roja surge de una relación imposible con la sociedad y han decidido derribarla para reconstruirla,  en Camino de perfección y El árbol de la ciencia sus protagonistas buscan alejar su microcosmos del macrocosmos social, erradicarse. Repudian la corrupción del macrocosmos y a un prójimo al que piensan satisfecho con su riqueza o su miseria. Fernando ha subido al monte y sentado en una peña observa a Yécora y “hubiese querido tener en su mano la máquina infernal, el producto terrible engendrador de la muerte, para arrojarlo sobre el pueblo y aniquilarlo y reducirlo a cenizas y terminar para siempre con su vida miserable y raquítica” (CP,XLIV,170). El distanciamiento de Hurtado es  mayor: “Su instinto antisocial se iba aumentando, se iba convirtiendo en odio contra el rico, sin  tener simpatía por el pobre” (AC,6ª-V,265) consciente de que la estirpe burguesa se prepara para esclavizar a los pobres. Piensa que los de abajo son un casta degradada, pero no hace excepciones y, su irritación, da pie a ideas tremendas como la de colocar media docena de ametralladoras y liquidar a todos los que vuelven de la corrida de toros los domingos.

La fase culminante de la adolescencia surge cuando se pierden las ilusiones; entonces, lo normal es ser absorbido por la vida aunque algunos contemplan la idea del suicidio. Ossorio y Hurtado han llegado al punto de no sentirse motivados por nada. El tiempo psíquico adquiere toda su relevancia. Acaba de anotar el fin de la adolescencia y el albor de la madurez  Llegado el final, tiempo y espacio proyectan una imagen única: la inmovilidad. Si el pasado de Fernando y Andrés está lleno de pérdidas afectivas así como de experiencias inconclusas, si el presente ha querido ser una busca agónica de la realización personal y la busca ha fracasado, los personajes están inmóviles en el espacio interior, en un presente sin asomo de futuro. Entonces emerge la imagen del laberinto. El espacio interior donde han vivido Ossorio y Hurtado es un laberinto de viso infernal. Al asomarse a los abismos de su personalidad, Fernando y Andrés sólo encontraron angustia, vértigo y terror; sus miedos frecuentes, sus irritaciones, han sido signos de impotencia ante lo inapelable. En el infierno no cabe la idea de futuro; sólo un presente estático, angustioso y devorador.

Fernando ha llegado al instante en que el cerebro parece desintegrarse; su trashumancia ha derivado en una caída progresiva, sin una esperanza; en eso estado de postración se deja ganar por Dolores, la prima que lanza el hilo para sacarle del laberinto y restituirle al espacio familiar y al orden burgués  por la vía del matrimonio; a partir de la boda será otro.

Hurtado ha gozado fugazmente de la felicidad junto a Lulú, pero al fracasar en la experiencia del hijo y perder a la esposa, incapaz de soportar el triunfo del determinismo que ha pesado sobre su vida y el de las leyes de la ciencia que había olvidado por amor, se suicida.

Y así concluyen estas dos fábulas tan parcialmente semejantes y de tan opuesto final, contadas por un autor fantástico, capaz de navegar con facilidad por los vericuetos más complejos de la ficción reflejando la vida.




NOTAS.:

[i] Este trabajo es una revisión profunda del que  apareció en Barojiana, Taurus, Madrid, 1972. Este libro incluye los siguientes estudios: Juan Benet, Barojiana; Carlos Castilla del Pino: Baroja: Análisis de una irritación,  Francisco Pérez Gutiérrez: Los curas en Baroja; Javier Martínez Palacio: Personaje, tiempo y espacio en Baroja; Manuel Vázquez Montalbán: La perversidad sentimental de Pío Baroja.

[ii]  Carmen Baroja en Recuerdos de una mujer de la Generación del 98, Prólogo edición y notas de Amparo Hurtado, Tusquets, Barcelona, 1998, hace comentarios sobre su hermano  y su obra a partir de la pág.  188 y ss. En el libro de Pio Caro Baroja Crónica barojiana. La soledad de Pío Baroja, Ed. Caro Raggio, Madrid, 2000, hay un capítulo “Baroja y su obra”, pág. 87 y ss. donde comenta algunas influencias de la biografía de su tío en sus novelas.

[iii] Mis citas provienen de Pío Baroja, Camino de perfección (Pasión mística), Las Américas Publishing Co., New York, s.f. (esta edición es copia de la de Rafael Caro Raggio de 1920) y Pío Baroja, El árbol de la ciencia, Caro Raggio/Ediciones Cátedra, Madrid, 1987.  Las citas anotan las siglas del título de cada novela, el capítulo y la página. En el caso de El árbol de la ciencia, dividida en siete partes, señalo Parte y Capítulo de la misma. 

[iv] Al estudiar las  características adolescentes de los personajes de novela tuve en cuenta el formidable libro  de Robert E. Lott, Language and Phychology  in Pepita Jiménez, University of Illinois Press, Urbana, 1970, y el de Justin O’Brien The Novel of Adolescence in France, Columbia University Press, New York, 1937.

.

martes, 24 de septiembre de 2013



UNA CARTA DE RAMÓN GONZÁLEZ-ALEGRE


Revolviendo papeles hallé una carta de Ramón González-Alegre fechada el 24 de abril de 1963 en Vigo,  por lo tanto, recibida antes de irme a  Texas. Habíamos hecho amistad en los veranos previos. Él escribía y yo también. Su casa estaba casi enfrente a la de mis abuelos paternos en la calle del Agua de Villafranca del Bierzo, la misma calle donde nació el romántico liberal Enrique Gil y Carrasco. En aquellas tardes de cháchara  comentábamos lo que escribíamos.  Al concluir los veranos, la amistad se entretenía por carta.

Mi integración en la Universidad  de Texas en Austin --llegué en enero  de 1964—y en el sorprendente mundo norteamericano de aquellos días me absorbió  y la correspondencia con Ramón fue demorándose hasta desaparecer. Todavía en septiembre de 1965 me envió Por entre el arpa y la saudade con una dedicatoria muy afectuosa. Un día me pregunté: ¿Por qué no me escribirá Ramón? Desconocía que había muerto en 1968 con sólo 48 años. La historia se ha repetido cuando hace una semana supe que otro amigo de juventud, el profesor Antonio Martínez Herrarte, falleció hace dos años largos en Austin.

A Ramón le apasionaba escribir y, como le sucedió al paisano Martín Sarmiento, amaba el gallego, a cuya exaltación dedicó libros y actividad personal como director de la revista literaria Alba y como editor. Pero esa actividad no evitó que cayera en el olvido, como la mayoría de los escritores que hicieron su obra durante el franquismo. En Ramón también había un perfil de religiosidad que pudo contribuir a la postergación.

Ramón no me tuteaba; tampoco lo hacía con sus próximos -- al memos tal me pareció en aquel comienzo de los años sesenta. Era serio,  complejo; vivía años difíciles de ser vividos.  Carecía de tiempo y ello le impedía dedicarlo a las amistades. En la carta citada escribía con pesar: ”He de atender a la colaboración del periódico, porque me la piden personas relacionadas con la Empresa a quienes no tengo  más remedio que decir Amén. Pero yo quisiera disponer de horas para dedicar  a mis amigos, y estos propósitos fallan lamentablemente.”

Su poética nacía de la experiencia del vivir aunque no era hombre acomodado a la realidad; mantenía una lucha interna que mencionaba de refilón y sin identificar en su carta: “Puede creerme que pienso que el meollo poético del hombre se basa en la experiencia viva. Este es el palenque de donde arrancan las furias del hombre y sus piedades. De ahí que yo haya empezado mi vida literaria arrancando de un acto positivo que empezó en mí mismo”.

En lucha con el ambiente, se colaba como podía por los entresijos que hallaba en aquel tiempo de silencio: ”he ido penetrando de un modo inconexo, a veces dramático, en un medio ambiente que me carga y que no soporto. Me he incorporado  con la vida a una forma de ser que pugna con mis sentimientos íntimos. Por ello he abocado a este conjunto de aparentes contradicciones que es el camino de mi tortura vital.”

Y de inmediato revelaba el  motivo de sus escapadas al Bierzo: “Por eso huyo, por eso no quiero sino evocar los manantiales de mi Bierzo, y ahora, tras la experiencia amarga, encontrar el camino de la Verdad”.

Su religiosidad le llevaba a comentar sin veladuras y con firmeza: “Ustedes los jóvenes están hartos de Teología confusa y de plañiderismo gregoriano, de hipocresía clerical, de viejos tumbos y más tumbos en el redondel hispánico de las conveniencias. Por eso les resulta difícil entender la significación tan profunda de una sobrenaturalidad permanente. ¡Si usted supiese cómo me repugnan a mí tales falsos profetas! Pero voy en busca de Algo que representa Una Obra Viva, que surge precisamente de la totalidad de la naturaleza humana. Me vive y me habita dentro San Francisco de Asís, y me apacigua frente a tantos beocios con capisayos. Tendríamos mucho que hablar de todo esto.”

Y se despedía con gracia: “No puedo escribirla más. Esto que le digo del trabajo agobiante no es más que el exacto reflejo de la verdad. En este país para poder comer hay que ponerse en carne viva las culeras.  Y ya no digamos si uno quiere tomarse un postre.”

Mi recordatorio pretende mínimamente contribuir --desde una imaginaria última fila del patio de butacas del Teatro villafranquino-- a rescatar del olvido a Ramón, propósito iniciado por el Instituto de Estudios Bercianos el pasado mes de  abril (2013) al  dedicarle las VIIIas. Jornadas de Autor mediante ponencias, recitales, lecturas dramatizadas y mesas redondas, aireando su vida y su obra también en una exposición y con la exhibición de un vídeo. Los actos tuvieron lugar en el citado Teatro Villafranquino de la capital histórica del Bierzo y también en el Centro Universitario de la UNED en Ponferrada.

Ramón nació  en Villafranca  del Bierzo en 1920, pero se fue a estudiar a Villagarcía de Arosa en 1926. Estudió  Derecho en Santiago, fue profesor en la Complutense de Madrid y se instaló  en Vigo en 1949 donde ejerció como abogado. Falleció en esta ciudad  en 1968.

Ramón era un berciano-gallego. Villafranca constituía su remanso, pero Galicia era su devoción. Cuando publico Os Namoros (1) dedicó los poemas de ese libro “a os meus fillos galegos, a os bercianos que ainda falan no idioma de Galicia”; el libro acogía la totalidad de su obra poética en gallego hasta entonces. Como Martín Sarmiento, Ramón estaba imbuido de amor hacia la lengua gallega que cultivó en sus escritos y amparó como editor en tiempos difíciles. Cuatro años después daría a conocer Por entre el arpa y la saudade (2) libro dedicado a Galicia evocando su geografía espiritual, humana y  física, un libro que merecía haber sido escrito en gallego, pero se hizo en castellano.

En el capítulo “Por Galicia” de Por tierras de Portugal y España Miguel de Unamuno decía que el paisaje gallego era marcadamente femenino. “Y como tal atrae a sus brazos y llama a reclinarse en reposo en su regazo, a soñar en las faldas de sus montes; es una paisaje habitable, que seduce como un niño, incubador de morriñas y saudades.” (3) Y si el contorno sinuoso de sus montes semeja los senos de mujer o su cabellera de castaños acentúa la apariencia femenina del paisaje es porque la  Galicia que el vasco veía era tierra de mujeres que labraban esos campos mientras los hombres se iban a la mar, a hacer las Américas o a trabajar en tierras de Castilla.

Ramón tenía una percepción sentimental  de Galicia, más de la tierra y del hombre, que el poeta sintetizaba recordando los memorable versos de Rosalía

Campanas de Bastavales,
cando  vos oio tocar,
mórrome de soidades

versos que otro berciano notable, Amancio Prada, ha cantado junto a María del Mar Bonet en el disco Rosas a Rosalía (4).

La Galicia descrita por Ramón es una Galicia real,  pobre, recóndita, la misma que dolía a Rosalía en el corazón, pero también descubría la imagen fantástica que surge de un paisaje cautivador armonizado por la sinfonía de los pájaros “que son vida” -- como dice uno de los aldeanos que retrata. Así, el poeta parangonaba el paraíso con Galicia: “Comprendo bien la razones de que no haya poetas místicos en Galicia. Del cielo en soledad no puede bajar ningún jardín más bello a recrear los sentidos. San Juan de la Cruz tuvo sus manos horas y horas arañando los ocres terrosos de las viejas cañadas de Castilla, donde el cielo se cruza con las rastrojeras y con los enormes surcos por donde se engendra el pan. Su ojos estaban demasiado hundidos en la tierra como para embelesarse con un prodigio semejante al de San Ero de Galicia, que escuchó extasiado a un pajarillo durante doscientos años, en un bosque de inigualable hermosura.”(5)
________ 

NOTAS.:
1.: Ramón  González Alegre, Os Namoros, Porto S.A., Santiago de Compostela, 1961

2.-Ramón  González Alegre, Por entre el arpa y la saudade (Hombres y tierras de Galicia),  Ediciones A.B., Vigo, 1965

3.- Miguel de Unamuno, Por tierras de Portugal y de España. Andanzas y visiones españolas, Clcn. Crisol nº 157, Aguilar S.A., Madrid, 1953, p. 252

4.- Amacio Prada, Rosas a Rosalía, (Canciones y poemas), Fonomusic, 1997


5.- Ramón  González Alegre, Por entre el arpa y la saudade (Hombres y tierras de Galicia), Op. Cit., p. 45. Se refiere a San Ero de Armenteira (de Mois, Pontevedra), noble gallego del s. XII que transformó una de sus viviendas en un monasterio del que llegó a ser abad. Este personaje solía pedir a la Virgen que le mostrara cómo era el Paraíso. El asunto se recoge en la  Cantiga 103 de las Cantigas  de Santa María de Alfonso X El Sabio.  El monje entra en la huerta, se acerca a una fuente de agua clara y sentado en la hierba bajo el árbol que le resguarda escucha el canto de un pajarillo y, embelesado por la armonía del canto, el agua de la fuente y la belleza del lugar permanece trescientos años (doscientos en el decir de Ramón) pareciéndole  después que estuvo poco tiempo. El estribillo de la cantiga asegura “Quena Virgen ben servirá / a Parayso irá”.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Poemas del limo (y 6)




VOZ DEL LIMO

De la voz profunda del silencio
 de esa voz del limo
vino la palabra que me anima
Una tradición extraña
habla de costillas
de una retorcida locura
de hojas y manzanas
Y fue la  luz de los amantes planos
naciendo la voz que me dio vida
 la hora de mi muerte prediciendo


SIRENA DEL LIMO

Era guadaña escarlata
era una escama de niebla
érase que se era una sirena
manzanita culebrera
una sed frontera, una sed
de yedra


HUEVO

El huevo OMUNDO, OMUNDO
OMUNDO…
sementera de la leche
empastada, ovicida
--Mamá, l’ombligo sube escapa
Huele a leche quemada
a ríos pulgueriles
sobre la cuna y la nana
Huele a filete de romana
sambenitera, sanantoniana
alfiletera con su chancrito de menta
¡Hijitos de la lomera de Dios!
Ya me los hacen
ya me los tienen prietos
omundo, omundo OMUNDOOOO…


.

sábado, 24 de agosto de 2013



POEMAS DEL LIMO  (5)



SUAVEMENTE

Mi conciencia
el hoyo donde va la arena
de ese mar
de arena mi  conciencia al hoyo
Con mi pala suavemente…

No escarbes  corazón
Las penas, como vengan
holgarán
Déjalas rebosar
Con mi pala, suavemente…

Ya marcha al destierro
el infeliz del alba
Tres viejas de arena
las almas de piedra
suavemente, suavemente…
con mi pala,  suavemente…



POR CASTILLA

El campo de Salamanca
todo encina y todo hiel
Por Castilla los  zagales
son de lumbre y cascabel
Por Guadarrama vuelan
pajaritas de papel



SOL DE GUADARRAMA

De tarde va el caminero
el sol sobre Guadarrama
con su trotillo de penas
viento río del Jarama…
Por el campo suenan voces
voces solas, voces luengas…


.

viernes, 9 de agosto de 2013


POEMAS DEL LIMO (4)


BALADA DE ABEL


Sabiendo Abel un día
que no tenía lecho
las lágrimas corriendo
 dél hacia un sendero
oscuro y tenebroso
salió al camino Viendo
el llanto peregrino
seguir hacia una fuente
cuyas aguas el cielo
mecía lentamente
saber quiso el misterio
que hizo el llanto suyo
brincar sobre la fuente
Asomó el pecho blanco
sobre los juncos
Y unos ojos
como los suyos
le miraron dulce
enamoradamente
que Abel nunca podría
decir lo que sentía
Los dos lirios de mayo
temblando parecían
Sobre la hiel del llanto
la miel del agua
iba urdiendo un espejo
de eterna celosía



ATARDECER


El sol
                  sobre el cristal del agua    
                                             cara de plata…
       Algo de sueño lleva perdido
                                             el epicentro
                                                           del atardecer
       Las nubes y sus fantasmas
       La pelota del niño
                              rebota
                                      en el viejo
                                                    aurinegro
del atardecer dormido