jueves, 3 de octubre de 2019



PÍO BAROJA: EL ANARQUISMO Y LA CREACIÓN  DE   JUAN ALCÁZAR EN LA LUCHA POR LA VIDA[i]

Aurora roja es una novela que Mary Lee Bretz valoró “por su falta de movimiento y de acción”—estimación cuestionable cuando menos--, pero acertó al definirla como novela de ideas donde “la estructura se simplifica y la acción se hace más lenta para que el lector pueda fijar su atención en el aspecto ideológico. El diálogo predomina sobre la peripecia, los cambios de lugar se suceden con menos rapidez y en vez del desfile de personajes, la novela gira en torno a unos grupos fijos.” [ii] Añadiré de mi parte que Aurora roja, pese a cierta independencia respecto al cosmos de La busca y Mala hierba, se integra perfectamente en La lucha por la vida por su vinculación al leitmotiv de la busca y al procedimiento en la creación de los personajes, objetivo principal de mis estudios acerca de la trilogía.  

La caracterización inicial de Juan Alcázar en La lucha por la vida se orienta a convertirle en la antítesis de su hermano Manuel, el idealista frente al aburguesado estudiado en una entrada anterior. Juan tiene un pasado expuesto en dos episodios. El primero --capítulo 2º de La busca-- subraya las diferencias de temperamento con Manuel: Los dos muchachos manifestaron condiciones casi en absoluto opuestas: el mayor, Manuel, gozaba de un carácter ligero, perezoso e indolente; no quería estudiar ni ir a las escuelas; le encantaban las correrías por el campo, todo lo atrevido y peligroso; el rasgo característico de Juan, el hermano menor, era un  sentimentalismo enfermizo que se desbordaba en lágrimas por la menor causa.” (OC, I, LB, p. 269) Después, el narrador brinca hasta el prólogo de Aurora roja para retratar un Juan adolescente –seminarista en ese momento-- como “bajo, raquítico, de cara manchada de roseolas, y de mirar adusto y un tanto sombrío”, (OC, I, AR, p. 521) confesando a su compañero Martín que no tiene vocación y revelando: “Es que yo no creo en nada.” (OC, I, AR, p. 522)
Hablando con Martín, cruzan un puente sobre un río tenebroso que se  precipita con estruendo al llegar a una presa cercana, metáfora de la vida de Juan hasta el momento. Su pasado, tan figurativamente expuesto, desaparece cuando Juan sepulta en el río los objetos que simbolizaban  su vida anterior. El narrador ya sólo contempla el presente y, ahora, Juan parece un personaje inédito que quiere convertirse en hombre de acción y pronuncia palabras que recuerdan el determinismo de Roberto Hastings: “Siempre adelante –murmuró.  No hay que retroceder.(OC, I, AR, p. 525)
En su busca, de momento incierta, tomará el camino de París, ciudad donde establece vida de obrero manufacturando chucherías mientras estudia en el Louvre y en el Luxemburgo. Aunque vive solo y soñando, tras su descubrimiento de Rodin y Meunier le ilusiona ser artista y producir un arte nuevo como escultor.
En un pis-pas el narrador cierra el prólogo de Aurora roja y presenta al Juan recién regresado a España tan transformado que ni su hermano le reconoce. Tampoco hay rastro del sentimentalismo enfermizo de tiempo atrás; ahora es un idealista exaltado que Manuel observa como un tipo raro. Juan queda tan lejos del seminarista que fue y no creía en nada, como de  los artistas que conoce ahora y sólo ansían medallas y cruces. Su idea está puesta en la redención de la masa trabajadora: “El obrero para él era un artista con dignidad, sin la egolatría del nombre y sin envidia.” (OC, I, AR, p.522) Estimulado por esta visión frecuenta a gente que piensa como él y atrae nueva al grupo que se irá formando.
Escribimos que la novela de pensamiento encaja en La lucha por la vida y transluce en Aurora roja donde los libertarios discuten sobre los objetivos del anarquismo; son controversias de café que no llegan a reflexiones intelectuales porque, entre otros motivos, el proyecto anarquista y el anarcosindicalismo español estaban sin acendrar en aquellos inicios del siglo XX. Los personajes se apiñan, preferentemente, en torno a dos concepciones del anarquismo: el filosófico o literario[iii] que eleva al individuo sobre las concepciones morales y socio-religiosas impuestas por la sociedad y subraya, por ejemplo, el derecho de todos al bienestar y a la justicia, pero rechaza la revolución, y el anarquismo activo que alienta atentados contra personalidades y lugares de reunión social, actos ajustados al concepto de propaganda por el hecho [iv] que  respalda la supresión de las categorías y la idea de prender fuego a todo.
Pío Baroja enhebraba cuestiones de pensamiento e historia documentándose bien y vivió y se interesó por esos albores del anarquismo español, tema que persistiría en su obra después de La lucha por la vida. Además, Baroja también cimentaba sus personajes e ideas con ingredientes que tenía en casa donde convivía con su hermano, el republicano Ricardo Baroja, pintor y grabador; el profesor Mainer ha escrito refiriéndose a obras de este como “La fragua” o “Asfaltadores en la Puerta del Sol”: “Los temas elegidos denotan la fuerte presencia de una corriente de pintura urbana y social que se acusó en la plástica del cambio de siglo, quizá con más relieve que en la literatura, aunque sea inevitable asociar estos tanteos  de Ricardo con un filón temático que luego veremos en la trilogía La lucha por la vida, de su hermano Pío.[v]
Juan Alcázar parece asumir y representará las ideas ácratas relativas al arte. Lily Litvak recuerda que un anuncio  propagandístico  del folleto de la época “Arte y rebeldía” decía así: “El arte ha de ser rebelde, y rebelde libertario.[vi] Y añade: “De allí el empeño libertario de exigir que la creación artística revele en su temática la decadencia de las costumbres burguesas, el falseamiento de sus relaciones e instituciones, el derrumbe del individuo, el ofuscamiento de los valores sociales.[vii] Para que el arte anarquista fomentara el espíritu de rebeldía y hacer rebeldes, la creación artística debería enfrentarse al “arte contemplativo, (…) contra toda creación destinada al ocioso deleite de una clase parásita,  y que, por tanto, no representase el trabajo, la vida laboral y la lucha proletaria, que no fuese fruto del esfuerzo de los productores, sino flor parásita para disfrute de los explotadores.” [viii]  
Si se acepta que Juan Alcázar representa las ideas recogidas en el párrafo anterior, también hay motivo para argumentar si podemos definirle como un arquetipo, un modelo de ideas del anarquismo, o sería más propio conceptuarle como un personaje de acción intelectual; incluso parece un ácrata de base cuando profiere exclamaciones hacia los juristas que claman contra los indultos, mientras palidece cuando el verdugo de El Bizco comenta las acciones de la ejecución por garrote.
Lo cierto es que Juan Alcázar se ha convertido en un referente del anarquismo al abrazar sus ideales, por su fidelidad a los mismos y proyectarse como un ser inmaculado, ajeno a cuestiones banales. Aunque no se prodigue en la manifestación de ideas, sí interviene decididamente en episodios de los dos primeros capítulos de la IIª Parte de la novela, cuando lidera con éxito la propuesta de que la taberna que acoge las reuniones de sus camaradas lleve por nombre ‘Aurora Roja’,  y también en el Capto. Iº de la IIIª Parte, cuando surge la gran disputa entre Pepe Morales y él sobre los conceptos y las diferencias principales entre socialismo y el anarquismo del momento y la manera de reflejarse en los periódicos de los idearios respectivos. Para Morales el aspecto económico era lo más importante, para Juan era la rebelión frente al principio de autoridad, la imposición o el dogma.
Una cuestión distinta es la afirmación repetida de que Juan desempeña el papel de portavoz del autor. En mi opinión, cuando el narrador aparece en la novela actúa como un personaje más, como un argüidor, es decir, arguye, contradice o impugna las opiniones expresadas por otros personajes, pero recogiéndolas y respetando su integridad tal cual. Carlos Blanco Aguinaga afirmó que se notaba mucho la mano de Baroja en Aurora roja, más de lo deseable, pero esta observación no le impidió añadir: “Hay que tener en cuenta que no es ‘la política’ en La lucha por la vida un ‘tema’ impuesto por el autor, inventado subjetivamente e incrustado aquí y allá en la novela por ‘ensayismo’ (ese vicio, según se dice, de los del 98) sino que es la forma de pensamiento y de acción que toma la conciencia social de los personajes.[ix] Esto, por citar un momento importante, se constata en el episodio en que Juan experimenta el fracaso de su misión evangelizadora y decide pasar a la acción, comprometiéndose al punto de conspirar contra la vida del rey. ¿Estaba Baroja detrás de eso? Desde luego no, como tampoco lo está el Libertario que califica la conjura de añagaza burda.
Al lado de Juan revolotea el grupo de los libertarios que ha ido desplazando a la mayoría de los personajes secundarios y comparsas que circulaban por La busca y Mala hierba. Los ácratas tienen su espacio peculiar en la taberna ‘Aurora Roja’ donde el tránsito principal es el que se desliza del pensamiento a la voz, acentuado en las controversias; allí es donde Juan recuerda que no se exige ser valientes a los anarquistas y que sus actos tienen valor si nacen de sus conciencias y no del mandato de alguno. (Cap. Iº de la 2ª Parte) Se trata  del mismo Juan que más tarde se rebela contra la farsa de la caridad oficial tras conocer la historia del Mangue, mientras desfila ante él la gente del arroyo como la Manila, prostituta tagala que arranca del narrador un muy breve alegato antirracista. En el escenario de ese lumpen --similar al conocido de La busca y Mala hierba— destaca el grupo formado por Juan, el Libertario y Prats más el veedor Manuel cuando visitan y se enfrentan al señor gomoso que quiere fundar un periódico y con el que ni concuerdan ni  acuerdan nada.
A los ácratas no se les caracteriza con rasgos individualizadores (el perro inglés Kis o el gatillo Roch captan más atención descriptiva del narrador que muchos personajes de Aurora roja) a diferencia de la atención prestada hacia los personajes secundarios y comparsas en las dos primeras novelas de la trilogía. El narrador prefiere ofrecer una imagen global de los anarquistas mediante estampas animalizadoras o cosificadoras centelleantes al describir a los asistentes al mitin del teatro Barbieri. El Libertario ha definido al auditorio afirmando que pocos tienen caras de personas y ve escasas miradas de inteligencia, el narrador añade: “Había rostros irregulares, angulosos, de expresión brutal, frentes estrechas y deprimidas, caras amarillas o cetrinas, mal barbadas, llenas de lunares; cejas torvas, bajo las cuales brillaba una mirada negra. Y sólo de trecho en trecho alguna cara triste, plácida, de hombre ensimismado y soñador…(OC, I, AR, p. 620). La imagen del establo se acopla a otra: “algunos chuscos en el gallinero relinchaban con gran maestría.(OC, I, AR, p. 621) Y cuando se habla de un orador agresivo se destaca que tiene una mandíbula de lobo y unos músculos maseteros…
Sin embargo, la fisonomía individualizada de los libertarios de Aurora roja emerge de las ideas que cada uno tiene y defiende porque gustan de contradecirse. Frente al anarquismo filosófico de Juan (que otros definieron como literario porque no siendo él dogmático prefirió la lectura de los dinamiteros de la roca burguesa, Tolstoi o Ibsen, a los libros anarquistas), está el individualismo rebelde, más filosófico que práctico del Libertario, el sospechoso del estudiante Maldonado, el pragmático de Prats no obstante introductor de la cuestión catalana con suficientes tientos en la novela, el activo del arroyo del sr. Canuto –tan amigo de pegarle fuego a todo y de echar los bergantes al aire con las tripas afuera--, secundado por Jesús o el Madrileño  para quien la gente del Congreso o del Senado recuerda la jaula de monos del Retiro o a los chimpancés.
Los ácratas se reúnen los domingos en la ‘Aurora Roja’ donde presentan a nuevos compañeros que ofrecen el discurso que va a caracterizarles. También acuden extranjeros con galones como Caruty, el exasperado trovador de letras subversivas, Skopos que fue testigo de la bomba del Liceo y de la ejecución de Santiago Salvador,  y el judío ruso Ofkin para quien la cuestión social es una cuestión de química, de creación de albuminoides por síntesis artificiales, la transformación de las sustancias inorgánicas en orgánicas para resolver la lucha por la vida…
En Aurora roja hay interludios --como en las dos novelas anteriores— que denuncian las oportunidades magras de quienes buscan salida en su lucha por la vida.  Un pasaje  importante narra la captura del Bizco -- participando un don Alonso que se había hecho policía y a resultas muere de pleuresía confirmando que su vida fue, según él la definía recordando con humor la batalla perdida por Napoleón, un uartelú continuo. Se comentan las posibilidades que tienen las mujeres desamparadas como la Violeta, las andanzas de Jesús y la caída del Sr. Canuto, visiones del anarquismo internacional mediante personajes extranjeros o españoles que asisten al mitin de Barbieri donde Juan tendrá su momento de gloria y Caruty maridará anarquía y literatura en un grito. Juan ve la liberación del hombre en el anarquismo y se implica en el episodio de la bomba de Passalacqua que concluye en nada por la corazonada de Salvadora, pero que evidencia su radicalización, el deseo de que el armazón social salte a fuerza de bombas para barrer lo que queda de una sociedad podrida. Juan ha ignorado los consejos médicos y asistiendo al célebre mitin ha dado pie a  un estado febril que acerca la muerte.
El símbolo de la aurora roja se manifiesta respecto de Juan  de una manera más pertinente y vigorosa que los ecos quijotescos que vio algún estudioso o las similitudes con la figura del precursor porque los parecidos son  sólo eso, parecidos. El Libertario resumirá la vida y trascendencia de Juan en su oración fúnebre: “Pudo alcanzar la gloria de un artista, de un gran artista, y prefirió la gloria  de ser humano. Pudo asombrar a los demás, y prefirió ayudarlos… Entre nosotros, desalentados, él sólo tuvo esperanzas.(OC, I, AR, p. 655) Juan había sido el luchador sin éxito, aunque heroico en la batalla. Su preocupación antes de morir consistía en ver la aurora simbólica del nuevo amanecer revolucionario, pero el narrador desarbola el símbolo dejándolo en un destello sobre el Juan yacente: “El reflejo rojo del día daba en el rostro pálido del enfermo. De pronto hubo una veladura en sus pupilas y una contracción en la boca.” “Estaba muerto(OC, I, AR, p. 653)  
NOTAS.
i Citaré a Pío Baroja por sus Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1946, indicando el tomo, siglas de cada novela de la trilogía,  y la página.
[ii] Mary Lou Bretz, La evolución novelística de Pío Baroja, Porrua Turanzas, Madrid, 1979, p. 190.
[iii] Jorge Campos, en su librito Introducción a Pío Baroja (Alianza Editorial, Madrid, 1981) constata el predicamento del anarquismo en aquellos años: “sabido es que anarquismo, aunque fuera un anarquismo literario, prendía en muchos jóvenes intelectuales, como en el caso de Azorín”, p. 67.
[iv] Ignacio de Llorens, “Anarquismo y violencia. La propaganda por el hecho”, Polémica, 5 de abril de 2013. Se puede leer en Google.
[v] José-Carlos Mainer, Pío Baroja, Taurus, Madrid, 2012, p. 58. Ejemplo que documenta lo que dice el Prof. Mainer fue el certamen de la Academia de Bellas Artes de  San Fernando de 1897 para adjudicar unas becas de estudio en Roma proponiendo como tema obligatorio la realización de un óleo con el tema "El anarquista y su familia" al que concurrieron --entre otros-- pintores como Fernando Álvarez  de Sotomayor, Eduardo Chicharro y el mismo Julio Romero de Torres con su destacado lienzo "Conciencia tranquila"
[vi] Lily Litvak, La mirada roja. Estética y arte del anarquismo español (1880-1913), Ediciones del Serbal, 1988, op. cit., p. 14.
[vii] Litvak, op. cit., p. 13
[viii]Litvak, op. cit., pp. 14/15
[ix] Carlos Blanco Aguinaga, Juventud del 98, Siglo XXI, Madrid, 1970, p.248

sábado, 7 de septiembre de 2019



El vagabundo del Castañar


Cuando la noticia saltó del Heraldo del Bierzo a los teletipos, “Vagabundo rechaza una fortuna de 20.000 € en Vilela”, provocó un clamor atizado por la prensa y la estación de Lebico se inundó de viajeros impacientes por escudriñar al personaje o convencerle de que les cediese la fortuna que rechazaba. 

Jamás vino tanta gente a Vilela desde que el Papa hizo noche al escacharrarse el utilitario que le llevaba a Santiago, o cuando el cerdo Periquín mordió la pantorrilla del presidente del gobierno; el hombre venía aquí a celebrar el centenario provincial de su partido en el mesón de El Castro y, sintiendo la necesidad de aliviarse y ante la cola que le precedía para acceder al urinario, optó por la cuadra del mesón; se puso a la faena sin notar la presencia del gorrino al que irrigó lo que se dice bien, encolerizando al marrano y originando que le arremetiera y causara una herida abierta con desgarro cercano a la arteria femoral. Sucesos que, cada uno en su día, generaron sorpresa y asombro en la población, liquidaron siestas y multiplicaron cuchicheos en las noches veraniegas de nuestros paisanos.

Volviendo a la noticia del día, los gacetilleros escribieron… “Dicen que a José le dieron ganas de coger la fortuna y echarse para atrás”, pero quienes le conocen pontificaban lo contrario: “No le han calado. Es de una pieza y el más cazurro de los leoneses.”  El jefe de la policía municipal le tenía filia y le aconsejaba: “José, eres rico y ya no puedes andar por los caminos del Bierzo así como así”. Y él preguntaba: “¿Qué quieres decir?”, respondiendo el otro: “Ahora vales 20.000 € y te pueden asaltar. Lo digo por tu bien.” José permanecía mudo un momento y replicaba: “Pues, por eso justamente no quiero tener nada y que se sepa, para que nadie la tenga conmigo.” El policía insistía: “No te creerán.”

Para alejarse de Vilela había que adentrarse por un sendero en dirección a un bosque denso conocido como el Castañar que se alineaba un trecho con la carretera de Toral y por el lado opuesto con meandros del Burbia, para abrirse luego hacia un horizonte extenso que en otro tiempo constituyó refugio de bandidos y cazadores furtivos, hoy amparando a gentes que huyen, van de paso o son hombres solitarios como José.

Se decía en Vilela que José tenía una cabaña en el Castañar y la visitaba con frecuencia. El caso era cuchichear cosas que nadie sabía de él, pero las imaginaban por esto o lo otro y llegaban a concluir: “Siempre se puede llevar un gazapo a la cazuela y servirse los frutos de alguna morera negra o de algún cerezo de los que crecen solitarios por allí”, decían. Y abierta la imaginación se entretenían con cien fantasías que les servía el ingenio. El más avispado decía que había visto la cabaña en una de sus cacerías y le parecía una choza de tres metros de altura con tejado de pizarra. Y se sumaba presto un sagaz que criticaba su tamaño, pues, elevando la alzada a los 4 metros creía que no era lugar para vivir porque no superaba los 4 x 7 metros cumplidos en el interior.

Si las inventivas llegaban a José se partía de la risa. Nadie como él sabía que la cabaña era distinta a como la pintaban, que  sus maderos procedían de los castaños, tejos, nogales y robles del bosque y sus ensambladuras eran de caja y espiga con clavijas de madera porque nunca usó clavos ni tornillos. Y no era grande ni espaciosa ni alta para no competir con la naturaleza.

Para eso estaban el Castañar de Villar de Acero y el admirado O Campano, castaño cuyo perímetro alcanzaba los 16 metros elevándose más de treinta sobre el suelo con cinco brazos de  más de dos metros de diámetro y una antigüedad estimada en unos 800 años… José lo sabía todo del Bierzo y lo amaba y nada ni nadie había logrado superar ese amor, por eso también había renunciado a la herencia de su pariente indiano y le importaba un comino que despreciaran su cabaña donde tenía lo justo que debía tener, algo de leña para la cocina, utensilios para guisar y comer,  y un catre para dormir.

Tenía al regazo algunas de las cartas recibidas con motivo de su renuncia porque lo pasaba bien leyéndolas. Alcanzó una dirigida “Al hombre del bosque, Vilela” y decía: “Me voy a casar muy pronto y su dinero me vendría oportuno. Por cuestiones fiscales, gírelo a nombre de Marcial Valiente que es uno de los hijos que ya tenemos y convendría que fuese pronto”. Uno de Cuenca le escribía: “Mándeme un cheque en el sobre adjunto. Le enviaré un cartón de sus cigarrillos preferidos si me confía su marca favorita.” Un burgalés le felicitaba: “Admiro su decisión. Tengo tres empleos y gano al año cantidad parecida a la que usted rehúsa para sostener una familia de cinco hijos, una mujer y un cuñado ocupa. Quizá me vaya a vivir algún día con usted.” Y un madrileño aconsejaba: “Acepte el dinero en papel moneda. Vaya a una gasolinera y gaste unos euros en comprar gasolina, rocíe con ella el resto de los billetes y préndales fuego” José pensó que es lo que debería hacer mientras jugueteaba con una ardilla acercándola nueces.

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domingo, 4 de agosto de 2019




DESDE EL CIELO PLUMAS BLANCAS…


Desde el cielo plumas blancas
caían sobre nosotros
y discutíamos.
¿Serán de un ángel,
del majestuoso cisne
acaso en su postrer vuelo,
serán tus voces altivas
ocultando mis lamentos
de despedida?
Caminaste, hacia
al oeste te perdías,
te seguían plumas blancas
quizá de un ángel
del majestuoso cisne
¡serán tus voces altivas,
tu despedida!
Yo mirando el lago azul
el dibujo solitario
de mis tristes pensamientos,
viendo en silencio
si ver  o saber quiero,
aunque por  ver
de ver sabemos.

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martes, 9 de julio de 2019


LA CREACIÓN DE MANUEL ALCÁZAR EN
LA LUCHA POR LA VIDA [i]


Para Pío Baroja lo difícil era inventar personajes que tuvieran vida. Comenzaba su creación mediante una caracterización ligera al objeto de proyectar su evolución a lo largo de la novela. Creía que el personaje consiste en evolución y de ello dependía su verosimilitud. Resultaba un trabajo espaciado que no perjudicaba el ritmo vivo de sus novelas. Por eso nunca entendí las opiniones críticas que definieron sus personajes como rígidos y enterizos desde la primera página.

Al escribir una trilogía abierta bajo el tema de la lucha por la vida resultaba complicado crear un protagonista que encarnara una de las posibilidades destacadas de disputarla. Baroja fragmentó la fábula creando fabulillas para cada uno de los personajes quedando destinados a personificar distintas representaciones de la lucha por la existencia; dejó una peculiar para el protagonista y todas de acuerdo con la naturaleza proteica del leitmotiv de la busca.[ii]

Manuel Alcázar  sería el personaje clave. Convertido en veedor del narrador y testigo del acontecer ejerce una atracción centrípeta que evita el caos que podían originar las fragmentaciones de la fábula. Aparentemente el protagonista funciona como figura próxima a lo que tradicionalmente se consideraba  como héroe de la novela en su tiempo, pero el autor introdujo una variante: eliminar la dependencia de los personajes secundarios respecto de la figura principal introduciendo una especie de comunismo protagonizante, es decir, traspasando la dimensión heroica  al personaje colectivo.

Las numerosas fabulillas de esta obra se integran como  en un caleidoscopio cuyas imágenes aparecen y se diluyen sustituidas por otras en cadena y sin fin, creándose un laberinto que en la trilogía será de vida y muerte. Manuel es el encargado de contemplar el caleidoscopio funcionando como veedor de escenas donde lo semoviente no son líneas o figuras geométricas, sino criaturas que perseguidas por sus demonios  particulares buscan la salida del laberinto donde están sumidas.

Las imágenes iniciales deslizadas por el narrador parecen las de un nacimiento: “venía medio dormido, medio asfixiado en un vagón de tercera” (…) “Cuando uno de los compañeros de viaje anunció que ya estaba en Madrid, Manuel sintió verdadera angustia: un crepúsculo rojo esclarecía el cielo, inyectado de sangre como la pupila de un monstruo.” (OC, I,  L.B., p. 268/269). Y desamparado en el andén, la primera sensación es la del hambre al reunirse con la madre. Las imágenes significan que llega completamente solo al universo de la trilogía; es un ente de ficción aún no conectado a la realidad. El crepúsculo rojo sugiere su porvenir hasta que trasciende simbólicamente en Aurora roja.

Cuando Manuel se libera convirtiéndose en golfo-vagabundo descubre aspectos ambiguos en su carácter: repugna estar sujeto, pero es indolente y perezoso, constantes que le hacen acomodaticio, condición  que, a su vez, le acarrea una dependencia de quienes se imponen sobre su apetencia de libertad.

Manuel comparte con otros protagonistas barojianos la condición de ser huérfano de padre, orfandad que también justificaría la desorientación de sus pasos iniciales en la vida. Inicia su aprendizaje a través de cinco mujeres: mientras la madre, Petra,  le orienta hacia el terreno moral, doña Violante, su hija y su nieta  son las institutrices del vivir a lo que salga  y Matilde le inicia en la actividad sexual. Ninguna resulta una maestra excelente, aunque la realidad se encarga de ampliar las lecciones que recibe hasta que, pasadas las primeras experiencias amorosas, se evade circunstancialmente de la tutela femenina y opta por la masculina, tutela de unas por otros y al revés que resulta una simple sustitución de funciones. Flores Arroyuelo ya lo había sospechado al escribir: “Manuel a lo largo de toda la obra, está sometido constantemente a una serie de tensiones que en muchos casos solamente le zarandean sin más consecuencias, y en otras le guían marcándole el alma.”[iii]   
  
Manuel no posee espíritu de trabajo. La primera mañana de trabajo en la zapatería del Sr. Custodio le desalienta. “Al principio, la monotonía en el trabajo y la sujeción atormentaban a Manuel; pero pronto se acostumbró a una cosa y otra, y los días le parecieron más cortos y  labor menos penosa.(OC, I, LB,  p. 286). Aunque deteste la vida golfa que llevan Vidal y El Bizco se acomoda a ellos. En los momentos de desamparo se acoge a la protección de La Baronesa, Vidal o Jesús. Sólo cuando desaparecen los problemas es cuando Manuel se amolda a la actividad laboral. Tras el Osorio de Camino de perfección, Manuel prolonga la estirpe de los protagonistas de Pío Baroja que son personajes de acción hasta cierto punto, pero también pusilánimes como el Luis Murguía de La sensualidad pervertida (1920) o  el Miguel de Susana y los cazadores de moscas (1938) muchos años después.

Se ha escrito que Baroja utilizó a Manuel como un alter ego suyo[iv], o bien, que quiso convertir a Manuel Alcázar en un arquetipo de la golfería apoyándose en lo escrito en Patología del golfo[v]. De haber sucedido, Manuel habría sido un personaje distinto del que fue y, como arquetipo, probablemente de cartón-piedra. Tan difícil resulta clasificar un personaje como hacerlo con una persona de la realidad  a no ser que se intente una apreciación superficial. Si nos atenemos a las escenas que Manuel protagoniza en la novela, convendremos que si unas veces parece golfo, en otras no se tiene la impresión, que si en tal escena parece vagabundo, pensaremos después que no lo era. Esas impresiones contradictorias emanan de su apariencia y del carácter variable del personaje. Manuel es complicado, y cualquier  interpretación será pertinente sólo en un momento de su evolución, sin englobarlo enteramente.

Varios personajes de la trilogía le inscriben en el círculo de los golfos por las apariencias. Roberto Hasting le tiene como la imagen de lo que no se debe ser y le instala en la esfera de los que tampoco tienen fe: “Antes de que cantara el gallo me negarías tres veces(OC, I, LB, p. 346) le espeta al Manuel que tiene por su anti-héroe. Si le busca trabajo está convencido de que no resultará y cuando Manuel, trabajando como modelo del escultor Alex, asegura a Roberto que ya sabe qué cosa es ser un obrero, su amigo, nada dispuesto a variar de parecer, responde: “Hoy no eres más que un vago, y debes hacerte un obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos.” (OC, I, MH, p. 391) Cuando pasado mucho tiempo se encuentran en las páginas de Aurora roja el saludo de Roberto es significativo: “Hola, ilustre golfo(OC, I, AR, p. 554). Y cuando le presta el dinero que Manuel precisa para poner la imprenta y Roberto se convence de que al fin está trabajando, opina que se ha vuelto un “sentimental infecto(OC, I,  AR, p. 643).

La apariencia física de Manuel también pesa en la opinión de otros personajes. El  panadero de una tahona será quien le llame golfo por primera vez debido a sus trazas. Cuando actúa como hijo de La Baronesa, los golfantes que preparan el chantaje de don Sergi, pretenden la transformación física del muchacho: “pero, por más que le adornaron y le escamondaron, no se consiguió darle un aspecto verosímil de hijo de familia; siempre trascendía a golfo, con sus ojos indiferentes y burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.(OC, I, MH, p. 406) Cuando Vidal  le abre la puerta de su casa, estalla así: “¡Rediez! Qué facha de golfo tienes(OC, I, MH, p. 479) Salvadora también le considera golfo porque no trabaja.

En mi opinión, Vidal, El Bizco, El Cojo, Calatrava y algunas mujeres se aproximan mejor al arquetipo del golfo. A Manuel le escasea la filosofía que debería de tener para ser un vagabundo barojiano y le sobra conciencia moral para ser arquetipo del golfo. Flores Arroyuelo aseveró –con exceso-- que “Manuel es un alma inocente que a cada paso se está sorprendiendo de la maldad de los demás.”[vi] Sus entradas en el mundo de la golfería son el resultado de situaciones de desamparo y no tanto del deseo de aprovecharse de la sociedad que le margina. La primera vez que se une a Vidal y El Bizco no tarda en sentir miedo de la clase de vida que llevan. La muerte de la Petra le hace permanecer en la calle  sólo el tiempo de reflexionar que la vida de parásito no es para él. Del oasis con el Sr. Custodio le expulsa su fracaso amoroso con Justa; siente despecho contra la sociedad y está dispuesto a matar, pero en seguida defiende a un muchacho llagado de un matón. Su permanencia con La Baronesa está determinada por la presencia de Kate –mujer que constituye su ideal femenino— y por el hecho de tener cama, ropa limpia, comida y afecto. Al separarse de ambas mujeres acude a la primera mano que se le tiende: Jesús le inicia en el  vagabundeo  y en la violencia del anarquismo, pero Manuel no tarda en preferir la compañía de don Alonso cuyo sentido común mitiga la influencia cavernaria del otro; no extraña que Manuel y Jesús rompan de mala manera en Aurora Roja.

En la creación de Manuel Alcázar no se novela la textura interior del personaje. Manuel es autónomo, pero está plegado a su función de testigo; ve mucho, pero habla poco y no se describen sus pensamientos. El narrador barojiano despacha en pocas líneas los momentos en que el protagonista podría confiarnos los vórtices de su vida interior, por ejemplo, la escena donde vela a su madre: “Manuel aquella noche pensó y sufrió lo que quizá nunca pensara ni sufriera; reflexionó acerca de la utilidad de la vida y acerca de la muerte con una lucidez que nunca había tenido. Por más esfuerzos que hacía, no podía detener aquel flujo de pensamientos que se enlazaban unos con otros.(OC, I, LB, p. 340). ¿Cuáles eran esos pensamientos? No lo sabremos nunca; pese a la intensidad manifestada de sus sufrimientos resulta que se ha dormido; le despierta un alboroto  organizado por estudiantes borrachos que viven en el piso de encima y, alborotando y cantando, han llamado al piso de doña Casiana para preguntar por uno de sus pupilos. Probablemente el narrador prefirió adornar el velatorio con un efecto tremendista en vez de relatar las reflexiones del protagonista; la intervención de Manuel ante la invasión estudiantil se reduce a preguntar “¿Quién es?

En las tres páginas siguientes Manuel se duerme otras dos veces. Enterrada la madre, abandona la pensión y callejea un rato; encuentra al Expósito y le acompaña en alguna aventurilla; después de comer se adormece profundamente. Al despertar ya no está el Expósito  sino un puñado de golfos; como amenaza lluvia les sigue en busca de refugio; cuando lo encuentran, Manuel escucha las historias del Mariané y de otros sin participar nada en la conversación. Barajando lo contado por sus compañeros de cobijo se vuelve a dormir. Al despertar está solo y el narrador introduce una bella descripción del amanecer madrileño.

Situaciones como la descrita se producen a menudo en la trilogía: el narrador aprovecha las coyunturas activas o fisiológicas de su protagonista –como el sueño-- para concluir un cuadro y cambiar de escenario; legítimo, aunque se note la artesanía. Se han explicado estas escenas de apariencia interpolada como una colección de cuadros sin eslabón; pienso, muy al contrario, que cumplen una función estructural. La aparición del Expósito  en la escena comentada sirve para que Manuel se entere del lugar donde los golfos reparan su gusa: el cuartel de María Cristina. Cuando el narrador agota el hilo narrativo y los vagabundeos de Manuel amenazan con ser insustanciales, le encamina al citado cuartel donde tropezará con Roberto Hastings --desaparecido hacía tiempo de la acción—abriéndose la puerta a pasajes del mayor interés. Por su parte, las historias del Mariané y de los golfillos ayudan a la composición ambiental y presagian la clase de vida que, con algunas intermitencias, llevará Manuel. En resumen, cada escena contiene elementos copulativos que impiden el desorden de las imágenes del caleidoscopio.

En Aurora roja la evolución de Manuel se desliza hacia su aburguesamiento y el narrador le retira a un segundo plano convirtiéndose en antagonista de su hermano, Juan, quien asume parte de la función testimonial que tenía Manuel.

El encuentro de ambos hermanos revela que Manuel no es ya un ser insumiso ni despreocupado de su apariencia. Juan también le juzgaba por las trazas, pero no tarda en apreciar un cambio y cuando le elogia la casa donde vive con Salvadora e Ignacia, Manuel acepta la apreciación satisfecho: “Si –contestó Manuel con cierta indiferencia-, no estamos mal.(Idem) El instinto antisocial de Manuel ha quedado desplazado por el instinto hogareño, tan fuerte, que empieza a dominar sus sentimientos e ideas. Cuando Juan quiere invitarle  al teatro, Manuel se resiste: “Lo paso mejor en casa.” (OC, I, AR, p. 545)

El hogar –que representa el acomodo, la seguridad y es una despensa de moralidad—resulta el espacio que identifica mejor al Manuel de hoy como la calle identificaba al Manuel de ayer. Su encuentro con Violeta –antigua amante de Vidal que es un despojo a sus 35 años-- le origina un profundo malestar; al regresar a casa nota que “Había allí un ambiente limpio, de pureza.” (OC, I, MH, p.547). Acompañando a las mujeres de su casa al merendero donde se celebra el éxito de una exposición de Juan,  Manuel expresa su miedo a que el ayer vulnere la seguridad del presente con una frase significativa: “No vaya a venir aquí la golfería(OC, I, AR, p. 548); encontrará a la Justa, su antigua novia y la impresión que le produce no puede ser más repugnante.

El instinto de propiedad no denuncia al burgués porque está relacionado con la exigencia natural que sienten las criaturas de poseer un espacio propio para vivir y reproducirse, pero cuando el instinto de propiedad se racionaliza y el individuo se somete a los dictados del interés y del egoísmo, aun cuando niegue o no se aperciba de su condición, sus actitudes, gestos o palabras le denunciarán como burgués. Veamos una conversación entre los dos hermanos que no requiere mayor explicación. Mientras Juan duda si aceptar una medalla por la exposición que presentó, Manuel piensa que hizo bien porque le proporcionará un dinero que si no lo quiere le puede servir a él; Juan pregunta a Manuel:

-      ¿Tantas ganas tienes de ser propietario?
-        Todo el mundo quiere ser propietario.
-       Yo no.
-    Pues yo, sí; me gustaría tener un solar, aunque no sirviera para nada, sólo para ir allá y decir: esto es mío.
-   No digas eso replicó Juan-; para mí ese instinto de propiedad es lo más repugnante del… mundo. Todo debía ser de todos.

Más adelante es  Manuel quien afirma:

-    (…) Yo, entre explotado o explotador, prefiero ser explotador, porque eso de que se pase uno la vida trabajando y que se imposibilite uno y se muera de hambre…
-     No tiene uno derecho al porvenir. La vida viene como viene, y sujetarla es una vileza.
-      Pero, bueno, ¿qué me quieres decir con esto? ¿Qué no me darás el dinero?
-      No, el dinero te lo llevas, si es que me dan la medalla: lo que digo es que no me gusta esa tendencia tuya de hacerte burgués. Vives bien…
-      Pero puedo vivir mejor…         (OC, I, AR, p. 552/553)

Salvadora e Ignacia le han ido arrastrando a la burguesía, la primera con su pasión por el trabajo, las dos porque desean  seguridad y le obligan a dar el paso definitivo: pedir a Roberto el dinero que necesita para poner la imprenta; cuando lo obtiene, el narrador, que se había mantenido en la sombra, prorrumpe con este comentario definitorio: “Ya era un burgués, todo un señor burgués.(OC, I, AR, p. 554)

Lo que resta de la trilogía confirma la evolución del protagonista. Manuel sufre el turno de ser engañado por albañiles y chapuceros. Cuando sorprende a Jesús utilizando la imprenta como escenario de una bacanal y se indigna, el amigo anarquista le rebaja un escalón al llamarle cochino burgués.  Cierto que acompaña a su hermano a los mítines y tertulias de los anarquistas, pero sus hazañas le parecen cosas de asesinos y bárbaros. Hay un momento de prueba cuando el Bolo le presta una serie de libros que Manuel lee con avidez; Danton le apasiona y llega a decir: “Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la Historia de la Revolución Francesa creo que sabría ser digno.” (OC, I, AR, p. 604) Pero cuando Salvadora e Ignacia, asustadas por el aspecto tenebroso de su amigo  le exigen que no vuelva a poner los pies en casa, Manuel acepta. 

En consecuencia, su lejanía de los anarquistas es casi total. Cuando Salvadora descubre la bomba que traía Passalacqua para comprometer a Juan, Manuel barrunta lo que el lector sabía, que es un completo burgués: “Como si aquella máquina infernal hubiese estallado en su cerebro, Manuel sentía que todas sus ideas anarquistas se desmoronaban y sus instintos de hombre normal volvían de nuevo.” (OC, I, AR, p. 639) La creación de Manuel ha concluido. Su boda con Salvadora se despacha en unas líneas; certifica la redención prevista en Patología del golfo.  Y el sueño que Manuel tiene a la muerte de Juan, de que los anarquistas de hoy gritarán mañana muerte a la anarquía, deja pocas dudas sobre el curso final del protagonista.

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NOTAS.:
i Citaré a Pío Baroja por sus Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1946, indicando el tomo, siglas de cada novela de la trilogía,  y la página.
ii Véase mi entrada a este blog “Pío Baroja: tema, leitmotiv, fábula y estructura en La lucha por la vida de 4 de junio de 2019.
iii Francisco J. Flores Arroyuelo, Las primeras novelas de Pío Baroja, 1900-1912, La Torre de los Vientos, Murcia, 1967,  p.72
iv Un primo de Baroja, Justo Goñi, juzgó la figura de Manuel de la siguiente manera: “Tu personaje es un hombre de pueblo, falsificado. Es como tú, que no puedes ser más que un señorito. Hagas lo que quieras, te vistas de anarquista, de socialista o de golfo, no eres más que un señorito.” Pío Baroja, OC, V, Juventud, egolatría, Biblioteca Nueva, Madrid, 1948, p. 177.  Esta opinión dio pie a quienes estimaron la figura de Manuel Alcázar como uno de los muchos alter-ego que hay en sus novelas. Si esto fuera cierto, habría que desprenderse de lo puramente inventivo y estudiar el personaje en relación con el caudal de experiencias personales o intelectuales del autor. Por el contrario, creo que la tan citada teoría barojiana de inventar el personaje principal se cumple respecto de Manuel en toda regla.
v Pío Baroja, Obras completas, op. cit., tomo V,  El tablado de Arlequín, “Patología del golfo”, pp. 55/59.
vi Francisco J. Flores Arroyuelo, Las primeras novelas de Pío Baroja, 1900-1912, op. cit, p. 71.