miércoles, 24 de octubre de 2012




HISTORIA DE MI PUEBLO (Cont.3)


DON CASIMIRO

Hace unos años, cuando Lebico comenzó su declive, marchó la mayoría de los comerciantes , quedando los viejos amantes de la tierra y D. Casimiro.

Poseía éste lo que definiríamos --agrandando la imagen-- como un tabuco en la calle de La Gaiteira, pero al adquirir con poco dinero algunos establecimientos de los que partían, poco a poco se fue haciendo el dueño de buena parte del comercio del pueblo que no pertenecía al barón.

Hoy,  Don Casimiro es hombre de cara redonda y algo congestionada, no de beber sino de engullir  cuanto está a su alcance. Viste un traje azul marino cruzado que,  no siendo elegante ni feo, ni corto ni largo, le daría el aspecto típico del comerciante próspero de provincias, pero como usa una boina chica y zapatos de puntera cuadrada y de color rojizo que  dejan entrever la naturaleza egipcia de sus pies enormes, su porte es de pueblo.

Don Casimiro acapara todos los productos que se pueden vender a los hoteles, hostales y pensiones  de la comarca y al parador de Lebico. El resultado es que en nuestro mercado  se venden contados artículos de primera necesidad, de no muy alta calidad, a precios altos.

Me cuestiono si el hombre es una úlcera para nuestra villa que se debería extirpar, pero me lo pienso porque la gente no protesta, le consiente.

Además, D. Casimiro vive acompañado de una  hija, no se mete con nadie, trabaja muchísimo y de cuando en cuando  va a contemplar una partida de dominó en el Bar Constanza y a beberse una cerveza. También acude al Círculo Mercantil cuando suena que habrá una timba de ricos donde se jugarán las pestañas. A  D. Casimiro le interesan las tierras; cuando sobre el tapete alguien gana alguna finca no siendo agricultor, se ofrece como comprador para ahorrarle la tarea de cultivarla, pero siendo listo como es, también se ofrece al perdedor para arrendársela con posibilidad de recomprarla por un justiprecio pagadero a plazos. En la mayoría de los casos queda bien con todos; en todos hincha su bolsa.


LA ALEGRÍA DEL ARCIPRESTE

En Lebico hay arcipreste. Es un hombre bueno, ostentoso, que tiene cierta sabiduría.

Su territorio es la colegiata, una de las maravillas arquitectónicas de nuestra villa. Al lado de la colegiata ha construido una guardería infantil, donde ejerce, en lo que puede, la caridad cristiana.

El arcipreste es hombre progresista  y en la misa dominical de las doce habla a los vecinos con sentimiento sobre la conveniencia de planes y proyectos espirituales y materiales que generen un Lebico próspero mirando al futuro.

Hace dos meses, el arcipreste me llamó  con recado de que fuese urgentemente a la colegiata. Le encontré muy alegre, y después de obsequiarme con un cachecito, me dijo:

--¡Encontré la llave!

Luego, ante mi extrañeza, me hizo subir por unas escaleras, pasamos la sala de juntas parroquial, los despachos de la Acción Católica, la biblioteca y, sobre un descansillo, dimos frente a una puerta de roble. Abrió y entramos. Entonces aclaró con expresión solemne:

-- Después de mí has sido el primero en cruzar el dintel del viejo archivo de la colegiata.

Atendí atónito las explicaciones que me daba. Hablaba entusiasmado de unos legajos que descubrían la existencia de una fábrica de armas durante los tiempos del césar Carlos I, ¡aquí, en Lebico! Otros contenían crónicas y contemplé el texto de la excomunión lanzada por un antiguo abad de la colegiata al arzobispo de Toledo, ¡nada menos!

--¡Siete años buscando la llave! Pero al fin... ¡¡la encontré!! Ahora podremos trabajar.

Cuando salí de la colegiata tuve la impresión de que el arcipreste había olvidado  su ideario progresista para dedicarse a los legajos con la intención de arrojar luz sobre las viejas pendencias eclesiásticas. ¿Y si no hubiera encontrado la llave de  la puerta de roble?


ANITA

Esta mañana fui al río, a nuestro pozo de la Gárgola, al mismo sitio de siempre. A medida que crezco le encuentro más pequeño, pero también más íntimo y recogido. Antes estaba infectado de nadadores audaces y se llenaba de alegría; ahora, el pueblo y el río han echado años y envejecido con nosotros.

Me di cuenta de que habían desaparecido los arbustos grandes que antes protegían el pozo de las chicas de nuestras miradas, un pozo situado treinta metros arriba del nuestro. Ahora las podemos contemplar libremente y ellas a nosotros. Además, cuando son pocas o se sienten solas aceptan compartir su pozo o vienen al nuestro.

Los tres amigos estábamos tumbados al sol. Habíamos intentando leer, pero lo fuimos dejando. Hablábamos de cosas intrascendentes. Yo miraba, distraído, hacia el  pozo donde veía zambullirse cuerpos adornados de azul, rosa…

Oí comentar:

--Están como chivas. Seguro que ahora le toca a esa.

--Pues a la Anita cualquier día…

--Pues la Mary también está de aúpa

--¿Vienes Javier? Vamos a la gárgola.

--No, prefiero quedarme.

--Ten cuidado… Ten cuidado…

Mis amigos decidieron subir a un pequeño montículo donde, efectivamente,  hay una roca que semeja una gárgola desde la que se puede observar un maravilloso paisaje del Bierzo. Y empezaron a andar.

Poco después Anita y Mary se acercaron y me saludaron. Fue un “¡Hola!” simple aunque Anita se quedó mirándome unos segundos con atención. Entraron en nuestro pozo hablando de sus cosas. Reían. Anita volvía a menudo la cabeza para donde yo estaba. Yo también la miraba pensando en aquella niña con la que había jugado tan sólo hace unos años, aquella niña que parecía un querubín, la que decidió que yo era su novio y me hizo soñar esos amores infantiles que apenas tienen cabida en los libros, amores que son como cristales de colores en un jardín iluminado al ocaso.

Me afligí porque no sentía lo de entonces; mis ojos sólo oteaban unos pechos blancos, contorneados, quizá demasiado abundantes, que me atraían con fuerza. Y Anita se dejaba contemplar.

Sentí rubor y desvié la mirada hacia mi propio cuerpo… su vello, el sudor, sabiendo que las espinillas habían desaparecido… La vi salir del agua. Volví a fijarme allí donde me atraía. Entonces entendí que había enterrado las ensoñaciones  de antaño.


martes, 9 de octubre de 2012




HISTORIA DE MI PUEBLO (Cont.2)



EL BARÓN

En Lebico hay una baronía. El barón es un personaje extraño, viejo, feo, pobre de espíritu. Vive sin familia, pero rodeado de siervos ancestrales sometidos a la disciplina aristocrática.


Se le ve pocas veces. Acaso en algún entierro, ocasión donde gusta exhibir su dignidad. Entonces se cubre de extrañas galas que si no producen hilaridad se debe al respeto que exige la ocasión y la conveniencia de no provocar la iracundia del prócer porque, a la menor burla, es capaz de privar de pan a la población, pues, las panaderías, como otros muchos negocios, son de su propiedad. Hasta los recién llegados a Lebico se van acostumbrando a reconocerle por la sotabarba y al tirolés con pluma del barón.


De Su Excelencia –así gusta que le llamen—se cuentan cosas muy raras siendo la principal que suele levantarse temprano, que toma la escopeta y, situándose entre las almenas de su castillo, dispara a diestro y siniestro sobre los grajos que habitan en la torre principal. Se dice --yo no lo afirmo--que tales animales constituyen uno de los manjares diarios de sus siervos.



Igualmente se cuenta –con igual sentido orientativo, ahora dirigido hacia los animales—que el barón suele enviar a dos o tres menestrales fuera de la mansión para que corten la hierba que crece en las cunetas de la carretera para alimentar los cuadrúpedos de la heredad. Sabía de la formación económica del barón, pero no pensaba que llegase a tanto, aunque la voz del pueblo…


Tuve ocasión de conocerlo en un funeral. Me lo presentó mi abuelo, por quien siente respeto porque gracia a él, al aristocrato –como le llamaban los republicanos—no le crecieron margaritas y ya se sabe dónde.

Me preguntó qué estudiaba y cuando le contesté que Derecho, me respondió algo así:

--¡Leyes! Eso está muy bien. Siempre he dicho que la Justicia necesita ser estudiada. Pero, ¡Vd. no será krausista?

--No, no. Soy existencialista.

El hombre frunció la nariz, pero nada dijo porque en ese momento un pedigüeño le solicitó limosna dándole un real de los agujero en medio “¡Que hoy valen como duros!” susurró por lo bajo.

Desconozco la relación que el barón tiene con una tal Manuela que vive en una casa situada frente al castillo a orillas de la carretera. Manuela es buena persona, aunque está algo trastornada. A los caminantes que cruzan por delante de su casa les ofrece agua y manzanas asegurando que les socorre con la mejor pócima para sus estómagos. Lo cierto es que la chiquillería, cuando pasa frente a su casa, gusta de gritar:

--¡Manuela! ¡Manuela! ¡El barón vendió el castillo!

Y Manuela se encrespa y los niños corren porque los improperios de la mujer son como palos sobre sus cabezas.


EL MARQUÉS DE LARPEIRA


El barón no es el único titulo de la villa. A eso de las cinco o seis de la tarde sentiréis que llaman a vuestra puerta. Es un hombre bajísimo, mugriento, que lleva una boina a rastras sobre la calva, pero que con ademanes muy finos os ofrecerá carbón y virutas. 

Os habla el marqués de Larpeira.

La historia de este señor es bastante sencilla. Allá por mil novecientos veinte llegó a Lebico con cuatro perras y mucha arrogancia. Tenía una parienta –tía tercera o cuarta, según parece—que aun no teniendo hidalguía, estaba forrada. Mala andanza tuvo el sobrino. Villa de hidalgos y hacendados, Lebico resultaba inexpugnable para los cazadores de fortuna. La señora tía del marqués, agraciada de pechos y de nariz, se dio cuenta del asunto con las primicias amorosas del sobrino. Suspirando y con buenos modos le pidió el estado de sus cuentas, y vistas, le emplazó para que lograse una economía parecida a la suya. 

Resultado: el sobrino gastó sus cuatro perras en la concesión de una mina de carbón situada en los montes que orientan el camino hacia Ribadeo, pero sus afanes tuvieron resultado tan exiguo que en vez de pedir la mano de su tía, le rogó amparo para su mal negocio, resultando que la tía, a cambio, zanjó la cuestión del amorío. 

El sobrino se fijó luego en una de las doncellas menores de su parienta, algo pecosa, pero abundante y blanda, además de pelirroja. Los lebicenses cultos la motejaban como la ídem de la Venus de Villendorf

Por entonces existía en Lebico la costumbre de traer el agua de mesa de unas fuentes que nacen cerca del río. Una de las más famosas es la llamada Larpeira al recomendarse su agua para hacer el almíbar del famoso y goloso bollo gallego. Pues bien, allí iba la criadita mañana y noche con su cántaro de agua, un poco sobre ascuas, pero también enardecida ante la segura espera del cortejador. Pasó lo presumible. A él le apresarían por calavera y por aquello de la minoría de edad de la muchacha, pero la tía zanjó el asunto casándole con la chica. El suceso contribuyó a que le reconocieran el título de marqués de Larpeira.

Malos años y gazuza en el estómago le llevaron a vender la mina. Una de las condiciones de la venta era que los nuevos propietarios debían entregarle una cantidad mensual de carbón doblada en invierno, que es de lo que viven ahora el marqués y su cónyuge.

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lunes, 24 de septiembre de 2012



HISTORIA DE MI PUEBLO[i]

NOTA

Hace cincuenta años la editorial Aguilar de Madrid publicó “Historia de mi pueblo” , mi primer libro, en un volumen de su  colección Nova-Navis dedicada a escritores nuevos que Sara González Niza, José Luis Cañas y Jaime R. González compartieron conmigo.

En mi prólogo dije que pretendía mostrar “cómo el español se gasta en su tradición, y cree conservarla en un inútil esfuerzo individual” observación que, a mi juicio,  compartía parte de la juventud de entonces.

Destacaba que el subtitulo del libro, cuentos sincopados, proponía al lector “que piense  sin cansarse de leer, que guarde una impresión mejor que un argumento”. Me presenté como autor de cuentos casi carentes de acción, de situaciones comprimidas, personajes contemplativos apenas sin sangre. En realidad pretendía aproximarme –pienso que sin mucho éxito salvo en algunos de los cuentos finales-- a los parámetros de la música sincopada que Cristóbal Halffter hacía en aquellos días.

Mi  libro tuvo una efímera exposición social al ser motivo de una entrevista que Ricardo Fernández de la Reguera me hizo en el programa “Kilómetro Cero” de TVE cuando estaba en el Paseo de La Habana de Madrid. En la charla previa se me dijo que, si bien “Historia de mi pueblo” trascurría en el Bierzo, la entrevista se abriría al son de música de gaitas porque agradaría al director del ente quien, por supuesto, era gallego. También se me sugirió que, al referirme a las influencia que pesaban sobre mi, sustituyera las de Faulkner, Hemingway y Graham Greene por las de José Mª Pemán y otras plumas bendecidas de la época, algo a lo que me resistí.

He revisado y corregido el original de Historia de mi pueblo porque he decidido incluir en mi blog una selección de sus textos --incluyendo alguno nuevo-- para conmemorar el comienzo público de mi actividad preferida hace cinco décadas.


PRESENTACIÓN

A Antón que no es tonto, sino ángel

Situado más bien hacia Lugo que en León, mi pueblo es una villa del camino de Santiago. Mil años de historia y de peregrinos. Como “Posada de buen vino” fue celebrado por un escritor francés de la baja Edad Media que realizaba la ruta del santo. Hoy echan agua al vino y toman por vagabundo o loco al transeúnte con barba y concha en el bastón.

Si subimos por el camino de Viradoiro, observamos un hatajo de casas de tejado pizarroso, el valle –magnífico—y, además, un río que cruza la vega en meandros sinuosos. En la parte más alta del pueblo, el castillo preside  pareciendo un guardián achaparrado a puertas de la Historia. Al atardecer se llena de grajos soñolientos. Dentro del pueblo,  un ciprés milenario resulta el vecino más distinguido, aunque del ciprés cuentan historias de garduñas y serpientes.

En general, mi pueblo es como otro cualquiera de la mitad del siglo XX. Calles mal trazadas. Casas bajas, cuya altura no sobrepasa el medio metro de una a otra. Flores en los balcones. Perros vagabundos. Suciedad. Charcos. Barro. Y Plaza Mayor. Aconsejaría que se observasen las paredes. Encontraréis  escudos por doquier, a no ser que una resolución del Consejo Municipal mandara blanquearlas,  pues no teniendo mucho que hacer, tratan de cosas así.

Lo más importante de mi pueblo, como muchos de España, es que se apaga lentamente. Antaño tenía diez mil habitantes, banda municipal, periódico, e incluso se celebró alguna corrida de toros con la participación de Juan Belmonte. Si algún matao salía a palos siendo alcalde mi abuelo --que era muy mirado para ciertas cosas-- lo arreglaba mandado notas a los periódicos de León donde se podía leer no se qué de orejas y hasta de rabos. Hoy son dos mil los vecinos y no hay banda, ni periódico, ni se celebran corridas de toros aunque la gente se dé el mismo pote de antes, a los jóvenes les guste el rock y algunas nenas lleven peinados a lo torre de Babel.

Hace pocos días hablaba con uno de esos viejos y ennegrecidos aristócratas que lamentan la poca educación  de la gente y comentaba: “Fíjese que vino el cobrador de la luz y, como no tenía moneda suelta para pagarle, dio un portazo y se marchó. Quise decirle que mejor que el portazo sería decir “Perdone usted, volveré mañana”, pero seguramente ni me oyó ni me hubiese comprendido. El mismo señor me hablaba del problema de la invasión: “Ya no quedan señores. Se mueren y los hijos se van. Y el pueblo se va llenando de esos salvajes que vienen por la carretera de Viradoiro. Como diría mi padre, que en paz descanse, más boinas y menos chisteras. Esto se acaba. No hay vida. Este pueblo está cada mes más muerto”.

En otros tiempos me dio por leer algunos ensayos históricos. Recuerdo en palabras de un historiador alemán --o igual no lo era--  que muchas veces se necesita una invasión de bárbaros para salvar la raza, pero la invasión sólo será fértil si la raza a ser sometida se dispone a serlo y  los bárbaros a ser culturizados por los invadidos. No es muy probable que suceda en Lebico, que así se llama  mi pueblo. No habrá acuerdo entre los que están y los que vienen; tan solo una extraña convivencia. Pero opino que los invasores que vienen por Viradoiro tienen derecho a acercarse a la civilización. Al fin y al cabo, Lebico acopia un montón de ruinas históricas. Algo aprenderán. Por lo menos  tendrán luz, agua corriente, cine  e iglesia para sus pecados. Vienen, traen mujeres bonitas y serán  fuente de vida.

Otro de los males del pueblo es la escasa o ninguna ayuda que prestan los que marcharon de él. Y de Lebico han salido personajes de la vida nacional, pero suelen volver de paso, como mucho  a descansar o reponerse de las fatigas del cargo.

Voy a contaros una historia que, como historia de cada día, se compone de muchas historias chiquitas de este pueblo, pidiendo perdón adelantado a quienes se sientan heridos, pues en mi ánimo no hay otro deseo que lavar las heridas con un poquito de atención, la mejor medicina social de nuestro tiempo.

                                                                                       (Continuará)



[i]  Historia de mi pueblo, publicado hace 50 años en el tomo XV de la Colección Nova Navis de la Editorial Aguilar, Madrid, 1962, pp.121-291. El volumen incluía el libro El cántaro de Barro de Sara González Niza, Gente que casi vive de José Luis Cañas y Soledad de Jaime R.  González que contribuían o ofrecer un panorama de la época.

martes, 4 de septiembre de 2012




 
ALATRISTE


Gaspar me recomendó la lectura de El capitán Alatriste (1) de los Pérez Reverte, novela que yo presumía ajena a mis gustos literarios. Cedí a la sugerencia porque  cuando mi hijo tenía unos trece años sacó  de mi biblioteca el  Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio que leyó con agrado y, desde entonces,  fue convirtiéndose en un lector con criterio.

La excelencia de una novela histórica depende de la creación de un protagonista que invite al lector a compartir su tiempo y espacio. En principio, por ahí se encamina el éxito de Arturo Pérez Reverte con su Alatriste: haber construido un personaje creíble que nos traslada a la época de sus vivencias, que siente y padece como suponemos lo hacían los contemporáneos de su clase y condición convirtiéndose en su paradigma. Además, el autor  le relaciona con personajes como Quevedo o el conde-duque de Olivares que nos son familiares. De ellos conocemos determinados pasajes de sus vidas y no ignoramos que hicieron cosas conforme a un talante del que la historia se hace eco, pero se desconoce porqué las hicieron;  el acierto del novelista ha consistido en hacer creíbles los motivos en base a los antecedentes.

Contemplemos al protagonista principal. Alatriste se mueve por amistad o interés. La amistad le ayuda a consumir los ocios y también le aúpa sobre el perfil menos decoroso de su personalidad: protagonizar lances de fortuna como sicario al propósito de remediar sus necesidades diarias, si bien, los incidentes de ese tipo que protagoniza no menguan la simpatía del lector. Apostaríamos que  por un  motivo importante. 

Las aventuras de Alatriste ocurren en tiempos lejanos parangonables con los actuales.  En la época de Felipe IV desfallecían juntos el imperio y el ideario de los Austrias. En la actualidad decae el espíritu de la transición enredado –como acontecía en tiempos de Alatriste- en una crisis económica que tuvo una mise en escène premonitoria en 1993, tres años antes de publicarse la primera novela de la serie. Alatriste es un soldado de los tercios de Flandes mandados por Spínola que aún conserva ciertos ideales, pero vive de lo que salga como hoy algunos  millones de españoles. Las diferencias con Alatriste  son de imagen: los lugares por los que se mueve parecen otros, sus creencias y conocimientos semejan distintos, pero en realidad resultan familiares

La verosimilitud del espacio donde Alatriste se desenvuelve nace de la descripción ambiental. Se retrata Madrid como una población de 70.000 almas. En los barrios --que entonces se  llamaban cuarteles--  hay  400 tabernas “sin contar mancebías, garitos de juego y otros establecimiento públicos de moral relajada o equívoca”. Las tabernas son tan frecuentadas como las iglesias, aunque los hombres tiemblan ante la sola mención del Santo Oficio. Y nosotros, ¿no nos estremecimos ante secuelas posteriores y no tan lejanas del siniestro Oficio

Con Alatriste contemplamos qué se vende en los mercados callejeros, esquivamos las aguadas que vienen de los balcones, fisgamos los manjares y bebidas que Alatriste consume cuando entra en una taberna. Se trata de un espacio construido con imágenes verosímiles fáciles de apreciar, que enriquecen el texto y muestran cómo era el tiempo y el lugar donde vivía el protagonista. Así, la historia que presenta Pérez Reverte --con la ayuda de su hija Carlota, presentada como coautora-- abunda en detalles indicativos de que han documentado la época con rigor, pero sin apabullar al lector, pues la parafernalia cumple la función secundaria de actuar como herraje de la acción novelesca. 

La acción de la novela inicial de la serie se desarrolla en torno a la llegada de Carlos, príncipe de Gales, y de su amigo George Villiers –futuro duque de Buckingham—buscando una alianza con España mediante la boda del príncipe con la infanta María Ana. Se trata de un hecho histórico veraz que tuvo consecuencias posteriores, mas Pérez Reverte –digamos que con acierto enorme--  se centró en la vertiente romántica inicial del episodio porque le permitía concebir un vericueto de lances pugnantes y caballerescos con intervención de personajes históricos y de un Alatriste que emerge como héroe.

No se recomienda utilizar la primera persona para escribir una novela histórica salvo si se trata de diarios o cartas.  Y debe existir una buena razón si el narrador es, además, uno de los personajes porque desconfiamos del que lo sabe todo y además opina sobre el resto de los actores. El novelista debe tener una razón poderosa para que determinado personaje se ponga al frente de la narración, del porqué cuenta la historia y porqué esa historia debe obtener la estima del público. En Alatriste se da una respuesta convincente y, además, el narrador se catapulta desde la primera a otras historias creciendo como  personaje. Veamos.

Me llamo Íñigo.  Y mi nombre fue  lo primero que pronunció el capitán Alatriste la mañana en que lo soltaron de la vieja cárcel de Corte”… Ese hecho ocurría en el año veintidós o veintitrés del siglo XVII, coincidiendo con la llegada real de los nobles ingleses y la arribada al poder del conde-duque de Olivares.  El tiempo ha transcurrido desde entonces y ahora Íñigo se toma el trabajo de contar la vida del capitán. Enseguida descubrimos que Pérez Reverte emplea a Íñigo como narrador porque acrecienta la posibilidad de servirse de una omnisciencia verosímil y porque siendo Íñigo el primer devoto del héroe, resulta más fácil convencer al lector de que algo va a ocurrir y ocurre, manejando con sabiduría el  tiempo de las sorpresas. Y así el lector quede atrapado en un relato fijo en el protagonista en su 90%.

La novela histórica ha tenido autores notables, pero ¿qué diferencia a Pérez Reverte respecto de Galdós o Baroja por ejemplo? Galdós escribía sus Episodios nacionales con la finalidad de hacer didáctica de la historia; le importaban sus enseñanzas más que la transcripción veraz de los hechos. En sus Memorias de un hombre de acción Baroja parecía aferrarse meticulosamente a la historia, sin embargo,  la rescribía a su gusto y, no infrecuentemente, censuró en otros escritos la despreocupación por la exactitud de Galdós. Pérez Reverte no muestra la  afición por la historia cercana de los predecesores citados; en las novelas de Alatriste se retrata la historia lejana como un espejo reversible del presente.  

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1.- Arturo y Carlota Pérez-Reverte, El Capitán Alatriste, Alfaguara, Madrid, 1996. (Novela inicial de la serie)

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miércoles, 15 de agosto de 2012



Las olímpicas de la Orden del Hacha




De las olimpiadas de Londres se están haciendo interpretaciones variadas quedando bastante claro que, en la lucha por las medallas, las mujeres dejaron las vainas y echaron mano a las espadas. Combatieron con denuedo y éxito. A unas se las llamó guerreras con justicia, otras se lo pasaron bomba compitiendo y alguna celebró sin queja un cuarto lugar adjudicándose la medalla de chocolate que, por supuesto, pensaba  comerse.

Nuestras atletas demostraron cosas que empiezan a ser como gatillazos entre los varones -- salvando el honor de los baloncestistas, piragüistas y luchadores del taekwondo. Me refiero a la preparación, al espíritu de lucha, de superación, el brío, el coraje… eso que se antes se llamaba la furia roja. Quizás sea porque entre las mujeres todavía anida el espíritu amateur.

Yo vivo en una ciudad donde las mujeres mostraron las mismas peculiaridades hace siglos. Corría el año 1149 y Tortosa había sido sitiada por los moros. Una parte de los hombres estaba lejos, cultivando los campos, trabajando en las cosechas. Las mujeres no dudaron en acudir con hachas  a las murallas para defender su ciudad y lo hicieron con tal arrojo  y contundencia que, un año después, Ramón Berenguer IV instituyó la Orden del Hacha para ellas  y sus descendientes directos, liberándolas de impuestos y otorgándolas preeminencia ante los hombres.
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Alguna luchadora veterana como Marta Domínguez no  hace tanto que fue pionera en izar la bandera de esa lucha antes de ser subyugada en líos y sepultada en montañas de papel torticero. No ocurrirá con las mujeres de ahora porque tampoco tardarán en ocupar peanas y atriles tan altos como la presidencia del gobierno o poniéndose al frente de la oposición; las margaritas y amapolas   lucen más que  el cargado eucalipto  o el deshojado madroño de las proximidades.

Me quedo también con ese predicción amarga que envuelve la contestación de la actriz británica Patrick Campbell cuando un comensal le comentó que las mujeres no tenían sentido del humor: “Dios lo hizo a propósito para que las mujeres podamos enamorarnos de los hombres en vez de reírnos de Uds.

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viernes, 20 de julio de 2012



LOS GRADUADOS DE LA UNED



El día 15 de junio pasado acudí al centro universitario de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) en Tortosa para asistir a una clausura de curso, acto en el que se entregaron distinciones a los profesores-tutores y personal del Centro que cumplían muchos  años de servicio al mismo y diplomas a los alumnos graduados en los tres últimos cursos. El Director, Dr. José María Franquet, me había pedido que pronunciara la Laudatio de los graduados y  lo hice con palabras muy parecidas a las que siguen.

La UNED cumple este año cuarenta de su fundación con un mismo objetivo: facilitar la educación superior a las personas que, por razones de trabajo o de residencia, no pueden acudir a la universidad presencial. El éxito de tal propósito se rastrea fácilmente a través de sus Centros.  El de Tortosa --que en diciembre de 2013 celebrará cuarenta años de la Orden ministerial de su creación convirtiéndole en el séptimo de la UNED-- ha ayudado a realizar estudios superiores a algunos miles de estudiantes de los que más de 1.200 concluyeron estudios, la inmensa mayoría en calidad de licenciados o ingenieros superiores.

La labor de esos graduados ha influido, además, en el tejido social  del área jurisdiccional del Centro -- la provincia de Tarragona.  Recuerdo aquel  lejano día en que, asistiendo a un acto representando al Centro, un prócer de pueblos y campos me preguntó con cierta guasa para que servía la UNED si casi todos sus alumnos –por entonces-- estudiaban Derecho y le respondí  intencionadamente: “Al menos sirve  para que los caciques tengan gente a su lado que conozca las leyes y les induzcan a cumplirlas.”

Hubo un tiempo en la ciudad de Tarragona que la delegada de Hacienda, el administrador de la Agencia Tributaria, el presidente de la Cámara de Comercio y un magistrado de trabajo coincidían como licenciados por la UNED habiendo estudiado en nuestro Centro. Otros graduados regían ayuntamientos, cuerpos de policía, se desempeñaban en profesiones liberales o como profesores de instituto, algunos realizando labores investigadoras sobre la historia de sus pueblos, tarea que anteriormente se atribuían aficionados  con parecer, pero sin metodología. Los diplomados en Educación Social hoy se afanan en labores sociales importantes  en sus lugares de residencia y sucede así porque la mayoría de los graduados de la UNED no emigra.

Fue hacía 1982 cuando el Centro de Tortosa contó sus diez  primeros licenciados. Para celebrarlo, solicité de nuestro Patronato la concesión de un diploma de Alumno Emeritus que reconociese su merecimiento. Se me preguntó si el diploma se iba a otorgar sólo a los mejores y respondí que a todos por igual y sin excepción, porque si la UNED se adorna con características singulares, también las tienen sus alumnos, la mayoría con una media de 35 a 40 años de edad, familia a su cargo,  posibilidades económicas diversas, con trabajos y responsabilidades que sólo les permiten estudiar a tiempo parcial,  viviendo lejos o muy lejos del Centro. El diploma tenía que reconocer a todos porque llegar a la meta es lo que precisamente les iguala, y no resulta baladí la obtención de una licenciatura o una  ingeniería superior que requiere una media de siete a nueve años de  estudios en la UNED, dos menos en el caso de las diplomaturas o las ingenierías técnicas.

Uno o dos años después, y celebrando otro acto de  clausura, me quedé charlado con el vicerrector enviado desde Madrid para presidirlo, el Dr. Faustino Fernández Miranda y, por ese motivo,  nos retrasamos en llegar a la cena de confraternidad que cerraba las celebraciones del día. Quedaban pocas mesas con sitio libre para acogernos; el Dr. Fernández Miranda lo encontró entre las secretarias y delegados de alumnos y a mi me esperaba la mesa más temida, la de los licenciados en Ciencias Químicas, pues,  presumía que me reprocharían el escaso apoyo tutorial que ofrecía el Centro a su carrera a partir del segundo curso.

Mis temores no tardaron en esfumarse. Uno de los exalumnos, que trabajaba en la petroquímica de Tarragona y era muy salado, contó lo bien que se lo pasaban cuando iban a hacer las prácticas de la carrera en la Sede Central de la UNED en Madrid y, al enfilar los pasillos,  veían las puertas de los despachos entreabrirse  y, segundos después, asomar las cabecitas de los profesores --invisibles hasta ese momento-- también contentos del encuentro con sus alumnos -- igualmente invisibles hasta entonces.
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Al conocer que uno de los compañeros de mesa se había desplazado con su mujer en avión desde Suiza para recibir el diploma del Patronato le pregunté el motivo y me dijo que también había trabajado en la petroquímica de Tarragona, pero finalizada la licenciatura,  había sido contratado por una multinacional suiza y, como era de suponer, su vida había cambiado de manera decisiva. Por eso había volado desde ese país  a recoger un diploma que sería el relicario de sus años de estudio y unos esfuerzos que estaba lejos de olvidar.
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Son muchos los alumnos que culminan sus expectativas en la UNED, pero muchos más los que por razones  varias se quedan  en el camino. La UNED es difícil, pero la vida tiene meandros insuperables que obligan a encallar. No olvido a aquel simpático agente de adunas que al finalizar sus exámenes de junio me dijo: “Ojalá lo apruebe todo ahora porque de lo contrario no sé si llegaré a septiembre”. El cáncer que padecía fue más rápido.
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Si algo distingue sobremanera a las graduadas y los graduados de la UNED es su motivación, una voluntad de hierro y una paciencia envidiable para superar ese camino de sinuosas dificultades que la vida y también los estudios  deparan.  He conocido graduados que por dedicar los ratos libres a la carrera rompieron sus matrimonios y he conocido señoras  que graduándose salvaron la situación de pobreza en que las dejaron sus anteriores maridos. Hay licenciados que también han hecho sus doctorados en nuestra universidad. En cualquier caso los méritos de todos ellos están muy por encima de la ayuda prestada por los Centros, sus tutores o de los mismos profesores de la Sede Central. Esa voluntad, paciencia y motivación les habrían posibilitado coronar cualquier otra empresa que hubieran acometido. Los graduados de la UNED son de primera clase.

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domingo, 24 de junio de 2012


PÍO BAROJA: "LA BUSCA"
de LOS PERSONAJES FEMENINOS de
"LA LUCHA POR LA VIDA" [i]


En la famosa trilogía de Pío Baroja, los personajes femeninos cumplen una función específica de torno a los principales y son ilustración del leitmotiv de la busca.

El sentimiento de orfandad condiciona el desarrollo de Manuel Alcázar y justifica su desorientación continua. Como ya se explicó, la falta de un padre le apega a lo femenino y así comienza el aprendizaje del vivir: la madre –Petra—le predica la moral, doña Violante actúa como institutriz del “vivir a lo que salga”, mientras Matilde le inicia someramente en la vida sexual; la realidad se encarga de ampliar el voltaje de las lecciones que el muchacho recibe en la pensión de doña Casiana.

El narrador refleja el crecimiento de Manuel subrayando las fluctuaciones amorosas propias del adolescente: ama platónicamente a Kate al mismo tiempo que se prenda de Justa y deja estallar su sexualidad con Matilde.

El sentimiento de orfandad se aviva con la muerte de Petra. Manuel combate el desamparo buscando el amor de Justa y, al fracasar, no tarda en acomodarse al lado de la Baronesa, personaje que montará una farsa en la que Manuel desempeña el papel de hijo con más propiedad que ficción; lo prueban sus lágrimas al separarse de ella y de Kate.

A consecuencia de los sinsabores y desengaños recibidos de las mujeres, Manuel opta por la tutela masculina, estableciéndose una serie de correspondencias entre la tutela anterior y la nueva: la de Roberto paralela a la anterior de Petra, pues no quiere que Manuel disuelva su personalidad y le predica un cierto tipo de moral; la de Vidal semeja a la de doña Violante incitándole a la golfería; y la de Jesús a la influencia destructiva de Justa, pues ambas desencadenan en Manuel el espíritu revanchista contra la sociedad.

No obstante, la influencia de los hombres no es suficiente para mitigar el sentimiento de desamparo y contrarrestar el apego del protagonista a lo femenino. 

La aparición de Salvadora parece predestinada desde Patología del golfo [ii], donde se advertía que sólo un carácter moral, recto y firme, puede salvar al golfo. Salvadora viene a la novela a cumplir esa función y en su desempeño descansa la importancia de su papel más que su presencia discontinua en el espacio novelesco. 

La crítica, por lo general encariñada con ella, censuró a Baroja haber sido inconsistente en la creación de Salvadora. Torrente Ballester llegó al extremo de negarle otra aptitud que no fuese la de producir personajes malos: "Cuando tropieza con una buena persona, parece molestarse como si hallase la muestra viva que contradice su tesis. Será por eso por lo que acontece tan escasa atención a la Salvadora, esa excepcional criatura de La lucha por la vida."[iii] ¿Por qué Baroja tenía que prestar más atención a Salvadora? Baroja no pretendió convertirla en ninguna criatura excepcional, ni siquiera en un personaje extraño, diferente del mundo de la trilogía y debe respetarse la intención del autor.

Fijémonos en la presentación de Salvadora; sufre  de la misma orfandad que Manuel y su aspecto y maneras de actuar son parecidas a las de las golfas:Sobre un montón de trapos y arropada en un mantón raído había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena y flaca, los ojos negros, huraños y brillantes. A su lado dormía un chiquillo de dos o tres años.” (I, MH., pp. 437) La madre no llevaba buena vida y había muerto. Salvadora roba huevos, pan, cuanto puede para alimentar al hermanito. Jesús la lleva a su casa y entonces aparecen las notas que le dan un perfil característico: el pudor, un humor desenfrenado por el trabajo y un genio huraño y despótico de ser superior, superioridad que descansa en la posesión de un sistema de moral inalterable.

La circulación de Salvadora por el espacio novelesco pasa a depender   exclusivamente de Manuel. Cuando le expulsa junto a Jesús porque no quiere golfería en su casa, la acción sigue el curso de Manuel y Salvadora sale de escena, reapareciendo cuando Manuel y su hermana Ignacia la recogen debido al matrimonio del Aristón con la Fea.

A partir de ahí Salvadora será la redentora de Manuel por la vía de la atracción amorosa. Para ello se requería un cambio físico de la muchacha, el suficiente para impresionar a Manuel y el narrador aprovecha su regreso a escena para ofrecer un retrato muy distinto al primero que vimos: "No recordaba lo que había sido de niña; su carácter se había dulcificado de tal manera, que estaba desconocida; lo único que persistía en ella era su afición al trabajo. A los veinte años, la Salvadora era una muchacha alta, esbelta, con cintura que hubiese podido rodear una liga, y la cabeza pequeña." (I, AR, p. 536)

Sin embargo, la evolución del personaje ha sido física, pero no moral, ya que persisten la energía del carácter, la pasión por el trabajo y, por supuesto, el pudor. No obstante, el narrador como si la quisiera más trascendental, le añade enigma cuando Juan esculpe el busto de la mujer: "Todos los días variaba el retrato; unas veces era la Salvadora melancólica; otras, alegre; tan pronto imperiosa como lánguida; con la mirada abatida, como con los ojos fijos y relampagueantes" (I, AR, p. 543) Ese retrato ambiguo, entre realista e impresionista, probable embrión de mejores retratos femeninos, no va más allá del texto. Coincido con García de Nora cuando escribió: "demasiado hormiga para encarnar, como algunos han creído, el ideal femenino del novelista." [iv] Será Manuel quien pida a su hermano que deje la obra como está, surgiendo la Salvadora limitada del joven: "Era una cara sonriente y melancólica, que parecía reir mirada de un pronto y estar triste mirada de otro, y que, sin tener una absoluta semejanza con el modelo, daba una impresión completa de la Salvadora." (I, AR, p. 545)

Lo anterior no obsta para que se detecte simpatía del narrador  y la clave puede estar en esa ausencia de lascivia, ese pudor que la adorna siempre que viene a cuento, porque no hay otro personaje en el mundo airado de la trilogía que encarne el sentimiento de vergüenza como Salvadora. Personifica la imagen romántica del amor de salvación opuesta al amor de perdición en el que la lujuriosa Justa tenía extraviado a Manuel. Tampoco deja de ser sintomático que sea precisamente la Justa la que ofrezca un retrato negativo de ella: le parece "un fideo raído" (I, AR, p. 550)

Desde cierta perspectiva, Salvadora parece tener la grandeza de la Ariadna que da hilo a Teseo para que salga del laberinto, pero en realidad gasta su tiempo conquistando, sobre todo domando a su hombre. Posee grandeza y vulgaridad; su grandeza le lleva a impedir que un sacerdote perturbe los momentos postreros de Juan, lo mismo que su olfato femenino resulta decisivo para descubrir la bomba que ocultaba Passalacqua. Su vulgaridad está en su sistema de ideas: piensa que las mujeres están para tener muchos hijos y, en la busca de seguridad, es pertinaz en la procura del dinero. Tampoco hay nada extraordinario en su amor por Manuel: "Te quiero, porque tengo mal gusto; te quiero así, brutito, feo, poco enérgico." (I, AR, p. 646) En realidad goza dominando a su hombre lo mismo que queriéndolo. No puede sorprender que Baroja dedique tres líneas a la boda, un hecho vulgar y escasamente novelable.

Al margen de Salvadora, la mayoría de las mujeres de la trilogía son pupileras, golfas, tentadoras, buscones, mujeres-objeto... La tipología emana del espacio suburbial, arrabalero, donde transcurre la acción. La sociedad impone tales papeles a las mujeres pobres o caídas, no Baroja; su busca del acomodo o de la subsistencia en la lucha por la vida queda casi circunscrita a la esfera sexual; los resultados de tal busca son la degradación moral y física.

En esa galería femenina destacan  secuelas de la sirena, la mujer avispa y la mujer boa, que el modernismo puso de moda. Como  dije en  un trabajo anterior sobre Baroja publicado en este blog, el tipo de sirena joven está representado por la Milagros, protagonista junto a Leandro del anti-sainete que concluye con el asesinato de la mujer y el suicidio del novio. También comentamos que la baronesa de Aynat encarna la parodia de la sirena madurita. Además existe un personaje esporádico que ejemplifica la mujer avispa; en la escena, tres hombres hablan con una mujer cuyo carácter se describe así: La muchacha aquella daba la impresión de una avispa o de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando iba a decir algo, pinchaba, y quedaba ya tranquila y satisfecha por un momento.” (I, MH., p. 480)

Justa, antes de caer en la prostitución, encarna el tipo de la mujer boa, imagen que aparece en la escena de su baile con el Carnicerín: Al bailar se le echaba encima, sus ojos brillaban y le temblaban las alas de la nariz; parecía que le quería sujetar, tragar, devorar.” (I, LB., p.366)

Como se dijo, Baroja utiliza las imágenes animalizadoras y cosificadoras para reflejar el deterioro físico y moral de los personajes, proceso que culmina en la casi desaparición del aspecto humano. Cuando Manuel encuentra a su primer amor, la Justa, convertida en ramera, nota el cambio operado en su aspecto: sus mejillas tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste.” (I, MH., p.484)

Manuel proyecta una redención que imposibilita la indolencia y la ausencia de sentimiento en la mujer. Más tarde Flora dice que está “hecha una jamonaza” (I, AR. p. 535), que no hace sino beber y engordar. Cuando Manuel la encuentra de nuevo: la miró y sintió una impresión repelente. La Justa había tomado un aspecto de bestialidad repulsivo; su cara se había transformado, haciéndose más torpe; el pecho y las caderas estaban abultados, el labio superior lo sombreaba un ligero vello; todo el cuerpo parecía envuelto en grasa, y hasta su antigua expresión de viveza se borraba, como ahogada en aquella gordura fofa.” (I, AR., p.540)

Las notas animalizadoras recaen preferentemente en las criadas y prostitutas[v], pues Baroja creía que la mujer es un sexo que se vende y la mujer pobre sólo tiene dos salidas: el servicio doméstico o la calle, por eso la galería femenina de la trilogía deja una impresión amarga, aunque no menos real que la ofrecida por los personajes masculinos; es la amargura de constatar el fracaso en la lucha por la vida.

NOTAS.:

[i] Revisión del artículo del mismo título publicado en El Urogallo, Año III, nº 15 (Mayo-Junio, 1972), pp. 106-110. Mis citas de Pío Baroja son de Obras Completas, Biblioteca Nueva (Madrid, 1946). Precisaré el volumen, iniciales de la novela y la página.


.[ii] Pío Baroja, Obras Completas, op.cit., Vol. V, p. 59.

[iii] Gonzalo Torrente Ballester, “La lucha por la vida” en Baroja y su mundo, Vol. Iº, Ed. de F. Baena, Edcs. Arión, (Madrid, 1962), p 218.

[iv] Eugenio G. De Nora, La novela española contemporánea, 2ª ed., Gredos (Madrid, 1963), p.154.

[v] En El Tablado de Arlequín, Baroja hace este comentario: “Una prueba de la poca concurrencia sexual y de la honradez de las mujeres en España, es la fealdad horrorosa de nuestras prostitutas. En un pueblo en donde las relaciones sexuales fueran fáciles, prostitutas como las que hay en Madrid no podrían vivir; se tendrían que dedicar a trabajos de mujeres honradas,Obras Completas, op. cit., Vol. V, p. 14.


1 COMENTARIO

Dani Docampo dijo...


No hay que olvidar el sentimiento maternal que acompañó siempre a Baroja: "Yo siempre he sido de esos tipos maternales que se sienten más unido a la madre que al padre" (OC, VII, p. 538). La pérdida de rumbo por la muerte de Petra, su madre, y la función salvadora de Salvadora van en esa consonancia. Buen artículo, como siempre. Un saludo. Dani

2 de diciembre de 2008 02:17