miércoles, 10 de octubre de 2018



Historia del Blanquillo  y El Pito

Al salir de la ducha paseó la toalla delicadamente por el cuerpo y después de aplicar el secador a su larga melena se envolvió en una bata de algodón y fue al cuarto de estar. Se sentía completamente relajada. Los niños estaban con los abuelos y en la casa había un silencio absoluto. Se recostó en el sofá, apoyando la cabeza en uno de sus brazos y estirando las piernas lentamente. Aún faltaba tiempo para que llegase Daniel y  sobraba para cocinar la cena del aniversario de boda.

Había sido una tarde movida en el Centro tortosino de la UNED y sonrió al recordarla. Bajaba de abrir la puerta del piso de las clases cuando al rebasar la puerta giratoria de la  entrada tuvo el presentimiento de que no estaba sola. La zona reservada al público en la secretaría se hallaba desierta y la luz de la escalera que desciende hacia la biblioteca, apagada. Recorrió el pasillo que da a los despachos de la dirección y, al doblar hacia la secretaría, descubrió al Blanquillo y El Pito mirando las copas ganadas por el antiguo equipo de fútbol-sala del Centro.
-- Pero, ¿qué hacéis aquí? - preguntó ella sorprendida, pero con una sonrisa que a su vez era recriminatoria.
-- Nada -respondió El Blanquillo-. Buscábamos a alguien a quién preguntar.
-- Preguntar, ¿qué? - dijo Liana desafiante, pero sin borrar la sonrisa.
-- Para apuntarse - aclaró El Pito.
-- ¡Para apuntarse! - repitió la mujer admirada-. Pero si no habéis empezado la escuela y ya queréis entrar en la universidad. ¡Venga! Ir para fuera y no os metáis en líos, que como os encuentre el director...
-- Nosotros no hemos hecho nada. Es que  la puerta de abajo estaba abierta.
-- Tampoco sabíamos que trabajabas aquí - añadió El Pito.
-- Pues sí, aquí trabajo. ¿Y vosotros? ¿Qué es de vosotros?
-- Dando una vuelta. ¿Sabes que nos han soltao? - comentó El Blanquillo.
-- ¿De dónde?¿Del trullo?, pero ¿qué hicisteis?
-- Nosotros nada. Se inventaron que estábamos al descuido; bueno, de camellos. Pura invención.
-- Oye, Liana. ¿Podemos quedarnos en la puerta de entrada?- preguntó El Pito
-- La calle es vuestra siempre que no importunéis. Bueno, me alegra que os hayan soltado, sobre todo por vuestra santa madre, que sólo vive para disgustos. Con lo majos que sois, ¿no sabéis hacer algo de provecho?-. Liana, moviendo la cabeza, cogió a cada uno de un brazo y les encaminó hacia la salida.
-- Estás muy guapa - dijo El Pito.
-- Sí, muy guapa - asintió el otro, mientras ella, halagada, les pidió que esperasen un momento; entró en su despacho, anduvo en su bolso y al regreso les dio diez euros.
-- Tomad, por los cumpleaños... - dijo por decir.
--¡Mira! ¿Ves, tú? -observó El Pito con cara de asombro -. Aquí no entramos. ¿Sabes Liana que te podíamos haber distraído el bolso? Claro, que en suponiendo que era tuyo ni lo tocaríamos.
-- ¡No fastidiéis! - exclamó la mujer soltando una carcajada al despedirlos.


El Blanquillo y El Pito eran medio hermanos. Su familia ocupaba un piso en el edificio donde había vivido la de Liana, quien les vio nacer. El padre del mayor había sido un hombre guapísimo, alto, fuerte y rubio, pero cuando le echaron del trabajo por apropiarse material de una obra se volvió un borrachín; se consideraba víctima de una acusación infundada que le deshonró y le destruyó la autoestima; murió al caerse de un andamio cuando su hijo Ginés --más tarde conocido como El Blanquillo-- tenía seis meses. Su madre se casó después con un hombre muchísimo menos guapo, cetrino y poca cosa llamado Enric; formalito de apariencia resultó ser un descuidero poco hábil que pasaba más tiempo en el Depósito Municipal que en casa. Enric sería el padre de El Pito, quien no tardaría en parecerse al progenitor. La madre se pasaba el día fregando casas y los chicos, en vez de ir a la escuela, callejeaban y practicaban algunos de los manejos que les enseñaba Enric. Eran pobres, muy pobres y no conocían otra manera de vivir. Liana recuerda que había sido un poco la hermana que no tenían; les había cuidado de pequeñines, jugado con ellos y cuando moza fue su primer amor imposible; la contemplaban arrobados siempre que aparecía; al alejarse les oía discutir sobre a quién de los dos había mirado más tiempo.

Liana hacía la contabilidad de la semana cuando vio a don Eugenio pasar por el pasillo como una exhalación. Tardaría poco en requerir su presencia. Estaba muy alterado; hasta olvidó el detalle de invitarla a sentarse lo que ella hizo por su cuenta y despacio; recordando ese particular momento sonrió y se estiró en el sofá. Cuando don Eugenio se enfadaba ponía cara de león furioso, los ojos parecían salir de las órbitas como volutas y las palabras surgían como quien echa pompas de jabón, una tras de otra, sin orden ni concierto; algunas brotaban a hervores, expulsaba otras hacia lo alto, arrojaba el resto mientras gesticula con el puño derecho, bien cerrado, golpeando a un enemigo fantasmagórico. Parecía de chiste, pero metía respeto.

Dijo que dos mastuerzos se habían apostado a la entrada del Centro a pedir limosna a todo el que entraba, muchísima gente, pues, eran las cuatro de la tarde, justo la hora de la primera clase. Uno de los mozalbetes ponía cara de ausente y extendía la mano mientras el otro, requería un euro o dos dependiendo de que las personas entrasen aisladas o en grupo. Al propio don Eugenio le habían pedido y Liana sonrió al evocar la forma y manera en la que el director relató su encuentro personal:
--Señor, ¿me atiende un segundo?
--Por supuesto - respondió don Eugenio.
--Vea de socorrernos con uno o dos euros, los necesitamos.
--¡Y un cuerno! - Y don Eugenio se puso a increparles de tal forma que los rapaces salieron disparados.

Al escuchar que la carrera de los mastuerzos se había detenido pocos metros más allá de la entrada al  Centro, a don Eugenio le entró la rabia y, según él, una idea le invadió la cabeza y, a causa de su influjo, dio tal impulso a la puerta giratoria de la entrada que estuvo a punto de desencajarla.

El Centro había sufrido cuatro robos en los últimos meses. Cuando el último, los ladrones entraron por el tejado del edificio, forzaron la puerta de la Mediateca y después la de la segunda planta que tampoco era blindada; cortaron las correas de dos persianas y  levantado uno de los paneles verdes de la cristalera que cubre el Aula Magna del Centro,  descolgaron a un chiquito hasta la planta de la secretaría para hacerse con las llaves y abrir puertas. Don Eugenio pensó que por el hueco de la cristalera no entraba el chico que le pidió los euros, pero le daba en la nariz que el compañero podía ser porque era un palillo. En conclusión, había que llamar a la policía. Entonces Liana le pidió que se serenara, confesó que ella les conocía y no podían ser los ladrones. Don Eugenio repetía acalorado "¡No quiero que se esfumen!" y ella insistía "¡que no! ¡Que no!" segura de que El Pito no había sido porque, si no recordaba mal, sufría de vértigo.

El director repetía que "si esa gente decide poner puesto a la puerta del Centro y empieza a molestar a los estudiantes, dejarán de venir, y no nos conviene nada". Liana le replicó que entre los estudiantes había un montón de policías, de guardias civiles, de mozos de escuadra, estaban todos los jefes de policía local de las poblaciones más importantes de Tarragona estudiando Derecho  y era seguro que El Blanquillo y El Pito se toparían con alguno o varios que conocían sus mañas y no volverían a asomar por el Centro. No hubo manera; el director insistía e insistía y sólo transigió en que  la llamada se hiciese  a la policía local.

Cuando los agentes llegaron, El Pito y El Blanquillo se habían alejado ya definitivamente. Don Eugenio tenía que dar datos de los arrapiezos, pero estaba muy nervioso y apenas recordaba que uno era delgadísimo, pero no se atrevió a endosarle el protagonismo del último robo por si Liana tenía razón y el chaval no era culpable. Liana sonreía evocando la escena porque don Eugenio había estado de lo más cómico, dando pistas y detalles tan poco coherentes que los policías tenían las libretas abiertas, los bolígrafos listos y, si se tomaban la molestia de apuntar algo, lo tachaban a continuación. El que parecía mandar más, comentó: “Lo que pasa es que se habrán marchado al ver que ya no entraba gente, porque movimiento aquí en la puerta sólo abunda al comienzo y al final de las clases, ¿no?” Reflexión tan elemental no la podía aceptar un don Eugenio en plan nervioso. Con un "Descuide Ud. que daremos una vuelta a ver si les encontramos", los policías se despidieron, sin que Liana, que era quien verdaderamente les conocía, hubiese abierto la boca.

A las siete y media de la tarde, como de costumbre, Liana acudió al último despacho del día. Estaba clarísimo que los acontecimientos de la tarde permanecían en la cabeza del director, pero no fue interrumpida mientras comentaba cosas relacionadas con los servicios del Centro o ponía a la firma las transferencias que debían ordenarse a la mañana siguiente. Después, don Eugenio volvió al suceso de la tarde y dijo:

--Tengo la impresión de que me pasé -confesó fastidiado-. Se me ocurrió que la presencia de los chicos podía influir en que los alumnos dejaran de venir, algo que sucederá dentro de poco porque la UNED se inclina hacia la multimedia, pero tampoco hay razón para adelantarse.

Liana se apiadó de su jefe y contestó:
--No se lo tome así. Nos preocupa que haya seguridad en la puerta de nuestra casa lo mismo que a la gente corriente. Han entrado a robar cuatro veces en pocos meses y aunque no se llevaron nada importante lo revolvieron todo; sentimos como si nos hubieran expoliado y andamos muy sensibles. Echar la culpa a cualquier sospechoso es razonable, aunque estoy segura que los chavales de hoy no son los culpables.

Entonces, don Eugenio sorprendió a Liana:
-- Me sabe mal por ese muchacho al que Ud. llama El Pito. Cuando era chico y abrían la heladería La Ibense,  por San José, ponía puesto en las proximidades y siempre que yo aparecía, alargaba la mano y me soltaba la misma cantinela: "Señor, ¿me da para un polo?". Entonces yo miraba para la niñería que se apiñaba comprando en La Ibense y comprendía el motivo de que el chico pobre me pidiera dinero y se lo daba. Ahora, esos críos han crecido y piden dinero, me pregunto, ¿para comer?-. Y don Eugenio dejó la pregunta en el aire.
-- Para comer seguro que no– susurró Liana.
-- Piden para hacer lo mismo que algunos jóvenes ricos y no tan ricos. Nosotros, aquí, protegiendo este faro de cultura –según nos confió el Presidente de nuestro Patronato--, ellos pidiendo en la calle para picarse y nosotros en los cerros de Úbeda mientras se esparcen los opios nuevos del pueblo. El mundo está manga por hombro. Ud. no había nacido, pero no hace mucho, el acontecimiento social más apetecible era que a uno le invitasen a comer, ¿sabe por qué?, porque a diario se comía poco y mal en casa y la gente se dejaba la piel trabajando para trasegar esos malos alimentos que digeríamos a base de practicar las virtudes teologales de la siesta, la tertulia y el paseo. Ahora, por lo que sabemos, nadie pide para comer. Se come mal hasta en los banquetes. Habrá que asumir que todo el mundo tiene dinero porque hay dos maneras, tenerlo o sacárselo al prójimo. ¿Recuerda que ayer el fotógrafo nos facturó cien euros por las seis fotos del Centro que tenemos que mandar a Madrid? Esa cantidad no la cobra ningún profesor-tutor enseñando quince días aquí.

Los despachos de la siete y media de la tarde siempre eran así. Los asuntos pendientes del Centro rara vez necesitaban de la media hora siguiente. Don Eugenio solía estar cansado y Liana más. Pero al director le gustaba consumir el tiempo. Entonces sacaba punta a cualquier tema y se perdía en disquisiciones y circunloquios. Esta vez sobre la pobreza y la miseria. Ella escuchaba, aguardando que llegaran las ocho, su hora de coger puerta hasta el día siguiente.


Liana se puso a preparar la cena  mientras recordaba lo dicho por su jefe en aquella media hora soporífera del final de la tarde. Don Eugenio contó que cuando era niño, justo después de la Guerra Civil, el hambre y la pobreza estaban generalizadas, aunque se mantenían algunas  diferencias entre pobres y ricos. Se fabricaban dos clases de calcetines, los pardos para la mayoría y los que tenían dibujo escocés para los ricos. La leche procedía de vacas estabuladas con riesgo de estar tuberculosas y la tuberculosis era la enfermedad más temida porque podía alcanzar a todos, si bien,  se curaban sólo los ricos porque tenían dinero para ir a la sierra. El pan era horrible. La carne ni se podía masticar; era como tascar correas. El pescado frecuentemente estaba podrido; el padre de don Eugenio llevaba el plato a un cuarto oscuro para ver si, brillando --porque el fósforo denunciaba su mal estado--, convencía a su mujer de que no era apto para comer, pero ella  defendía que muy frito y con zumo de limón valía.

A Liana le incomodó saber que los padres de don Eugenio tuvieron dos criadas, cocinera y niñera, y que un día su madre armó un escándalo al descubrir un huevo vacío  a causa de un pinchazo de alfiler en uno de los polos. La niñera dijo que se lo habían dado así en la huevaría; la madre culpaba indistintamente a una u otra sirvienta. Don Eugenio contó que miraba el huevo que parecía de paloma y pensó que la niñera se lo había bebido y lo pensaba sólo porque era a quien más acusaba su madre.

La cena iba tomando cuerpo; una buena ensalada catalana con puntas de espárragos y un buen puñado de aceitunas, más el plato preferido de Daniel: ternerita en su jugo. Liana se aseguró de que la botella de vino rosado estaba en el lugar apropiado de la nevera y, cocinando, continuó cavilando sobre la charla de tarde con el director.

Eso de que don Eugenio tuviese dos criadas le continuaba impactando, aunque él lo justificara diciendo que el sueldo de su padre apenas llegaba a final de mes y por eso hacía de administrador de una parienta riquísima a quien llamaba Doña Celestina. Y todavía le impresionó más cuando comentó que en una ocasión acompañó a su padre a un pueblo llamado Valdilecha en el cadillac de la señora conducido por un chófer uniformado.  Su papá le presentó al juez de paz como un hombre muy sabio; el juez, metía en el maletero del coche bidones de aceite y explicaba la leyenda de que Valdilecha quería decir Valle de la leche, el lugar donde pastaban las vacas que abastecían a la corte de Carlos I. Mentar al emperador se llevaba mucho en aquellos tiempos en que el Régimen se glorificaba hablando de la España imperial. Don Eugenio concluyó así el relato del viaje: “...los policías de tráfico siempre nos daban preferencia y las parejas de guardias civiles se cuadraban al cruzarse con el cadillac en la carretera. Debían cavilar que viajaba algún pez gordísimo en nuestro coche. ¿Cómo iban a pensar que el cadillac iba cargado de aceite de estraperlo?”

A Liana le molestó mucho que don Eugenio hubiera hablado del hambre que había padecido porque… ¿sabía de verdad lo que era el hambre?  En los pueblos se vivía mucho peor. Su madre le había contado que en casa eran nueve y los domingos no salía el que se amodorraba más de la cuenta porque a medida que despertaban, se levantaban y lavaban se ponían la ropa dominguera que había en la casa y no había para todos. Para el almuerzo, como mucho, se servían dos pescaditos de los que se vendían barato en el mercado porque estaban partidos y no tenían calidad. Dos peces para nueve; los cortaban en trocitos pequeños y  apenas llegaba para todos. Su madre compraba una hogaza de pan y la ponía en un altillo porque no duraba si se mantenía caliente al alcance de todos; cuando la hogaza se endurecía se podía cortar en lonchas muy finas y así duraba una semana. Por no haber, no había ni comedor en muchas de las casas. Su pobre abuelo --y a Liana se le humedecieron los ojos recordándolo -- contó unas cosas tremendas del hambre que se pasaba cuando estuvo en la cárcel, siete años que pasó muy mal. En la celda dormían de seis en seis o más; los pies de uno junto a la cabeza de otro. ¡Tenían tanta hambre!  Y los carceleros, les arrojaban las cáscaras de las naranjas que comían...


Liana no quiere seguir recordando. Apaga el gas, tapa la sartén, se lava las manos y vuelve al cuarto de estar. Daniel puede aparecer. Son las nueve y veintiún minutos de la noche y enciende el televisor. Pulsa el botón del Canal 21 de la televisión local. Las noticias han empezado. El locutor está hablando de un crimen. No entiende bien lo que dice. De súbito, lleva las manos muy estiradas a ambas mejillas mientras aprieta los labios y sus ojos se llenan de lágrimas "...en la pelea, el joven conocido por El Pito se hizo con un cuchillo de cocina y lo clavó en el pecho de su hermanastro interesándole partes vitales. La madre asistió a la disputa sin poder impedirla. Como se ha dicho, el suceso se originó en una discusión sobre quién de los dos bebería un botellín de cerveza fría que había en la nevera de la casa. Los vecinos aseguran que los jóvenes se querían muchísimo y eran inseparables. El agresor, una vez consciente de lo sucedido, sufrió un ataque de nervios y fue internado en la Residencia “Verge de La Cinta”. Fuentes judiciales opinan que un posible motivo del crimen sería que ambos estuvieran enamorados de la misma chica."
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domingo, 5 de agosto de 2018




UN TORERO LLAMADO EL DIVINO


Es la historia de Manuel, un carácter ingenuo que transitaba por la vida sin apenas rozar a los semejantes y sin necesidad de comprender cuanto ocurría en su entorno. Si acaso, le bastaba con discernir el bien del mal procurando lo primero y espantándose del otro como del hocico del cerdo.

Manuel era, pues, un hombre despreocupado, sin curiosidad por las vicisitudes de la vida. Y tenía reducido el horizonte de sus deseos; le bastaba con rezar y perfeccionarse en el arte del toreo.

Sin embargo, nadie podía asegurar que Manuel fuese un aficionado auténtico de los toros. En el pueblo le repetían que tuviese cuidado y le recordaban que su padre y su abuelo cayeron en la arena, pero Manuel achacaba la muerte de los suyos a pecados de vanidad, el vicio maestro, la creencia absoluta en las habilidades propias, algo que él no tenía.

Le gustaba rezar oraciones sencillas y al torear las inventadas por su abuela materna para que Dios le protegiera. Con ellas entraba en el ruedo y con ellas salía dando gracias al Creador, ajeno al entusiasmo de los aficionados, a sus palabras zalameras y al ondear de pañuelos.

Fue caer don Judas por la plaza del pueblo para que la vida de Manuel mudase. Se fijó en la serenidad del muchacho, su elegancia al realizar las suertes, la manía de persignarse después de sortear un peligro y antes de entrar a matar a volapié según costumbre. Estudió al muchacho y escuchó cuanto la gente decía: que era pastor de ovejas y no pasaba de novillero en plazas modestas sin picadores porque era tímido y le daba vértigo subir al cartel de los grandes.

Don Judas se fue del pueblo convencido de que Manuel se estaba desperdiciando con tanto rezo y tanto pueblo. Casi lo tenía olvidado cuando una mañana de domingo fue al rastro madrileño y al hurgar en uno de los puestos dio con una tau y se le ocurrió preguntar al vendedor si sabía para qué servía. Le contestó que era un símbolo; como cruz cristiana, la Tau fue signo de elección y de protección por parte de Dios para San Francisco. El feriante hurgó entre sus trastos hasta dar con una cruz griega, pequeñita, y dijo al mostrársela: “Y aquí tiene la cruz griega, símbolo de la fe cristiana desde los tiempos de Constantino II “El Grande”, de cuando el Imperio romano andaba partido en dos y sus respectivos emperadores, Constantino y Majencio, batallaban por controlarlo. Constantino tuvo un sueño antes de la batalla de Puente Milvio. Se le apareció Jesucristo para decirle: “In hoc signo vinces” (Con este signo vencerás). Constantino mandó poner la cruz en los estandartes y escudos y ganó la batalla. Esta cruz representa…” 

Pero don Judas Puñoenrostro le paró ahí porque ni le interesaba las simbologías ni tenía tiempo que perder. Compró las cruces y dos días después regresó al pueblo de Manuel para ofrecerse como apoderado: lograría su alternativa, que toreara en las plazas más importantes, los aficionados le respaldarían y la prensa daría fe de sus éxitos.

La vanidad, según sabemos, no anidaba en los sentimientos de Manuel, pero aceptó cuando don Judas puso frente a él las cruces adquiridas en Madrid y le dijo: “Esta la llevarás cosida en la chaquetilla para tu custodia y esta la alzaré yo, con el Señor protegiéndote, para señalarte el momento en que debes entrar a matar. Siempre estarás amparado por Jesucristo y reivindicarás el bien contra el mal.”

Don Judas sacó a Manuel de pastorear ovejas convirtiéndole en un torero de leyenda. Le solucionaba cualquier problema o sobresalto, le mimaba como si de un hijo se tratase. Con el tiempo se esforzó en olvidar su auténtica pretensión: hacer el gran negocio de su vida. Sin embargo, llegó el momento en que surgieron temores hacia su propia obra.

Porque siendo hombre común, pero inteligente, a don Judas le confundía la inocencia ignorante de su discípulo y temía los imponderables que podían surgir cuando a la gente le dio por hablar delmilagro. Comenzó a desconfiar de haber puesto la cruz de plata en la chaquetilla del torero ignorando que ya Manuel se planteaba el dilema de si toreaba o hacía milagros.

Habían comenzado a llamarle El Divino. No se podía torear mejor. Los entendidos proclamaban que esculpía el toreo en cada pase que en sus manos había un museo de arte con el percal, la muleta y la espada, pero también corría la especie de que la cruz que portaba protegía a Manuel de que le cogiesen los toros. Se hablaba del milagro por los pueblos, las ciudades, la Capital. Las revistas y los periódicos, incluso extranjeros, dedicaban crónicas al tema. Los comerciantes vendían cruces semejantes a las que portaba el torero; la gente las compraba y prendía en sus vestidos. Le rodeaban. Le admiraban. Le imitaban. Todos le llamabanmaestro.

Y sin embargo, Manuel se sentía confundido. Le querían mucho, pero cuando le saludaban o le abrazaban, Manuel veía en los rostros muecas horribles que le originaban desazón. Le parecía que vivía rodeado de muñecos tenebrosos que olían a sudor, a perfume, a vino y simulaban una alegríafalsa. Las sensaciones que exhalaban le asfixiaban. Incluso cuando iba a dormir, sentía como si aquellos muñecos viniesen a cerrarle los ojos pronunciando gritos grotescos.

Para huir del ambiente y de esas sensaciones advirtió que no podía refugiarse en los libros religiosos que le compraba don Judas. La duda surgió sola, pensando en el milagro que corría en boca de la gente.


Como siempre que debía torear, comió tempranoy de prisa para escabullirse de quienes curioseaban a través de los ventanales del comedor de la fonda. Le era igual que se tratase de amigos, de los convecinos que en su día le animaron y le dieron cobijo, protección y de comer. Sentía la necesidad de estar a solas. Salió del comedor.

Cuando entró en la habitación se recostó, no sin echar una mirada sobre la cruz de la chaquetilla que colgaba en el respaldo de la silla contigua a la cama. Enseguida aparecieron las ideas que precipitaban su pensamiento como las moscas revoloteaban sobre su cuerpo inquieto y sudoroso. ¿Sería verdad que era absolutamente imposible que le cogiesen los toros? Y miraba de nuevo hacia la chaquetilla como pidiendo respuesta a su pregunta… Se imaginó rezando la oración que don Judas le hacía recitar antes de ir hacia el toro. Después veía al toro esconder la testuz al vuelo de la capa o irse dócilmente tras el engaño sangriento de la muleta…

Manuel caviló, por primera vez, que jamás había sentido la ira del toro, ni su aliento, ni había mezclado su sangre con la suya. ¿Sería verdad que algo extraordinario le hacía torear sin riesgo, diferente a los de su profesión? Y, pensando en la leyenda que se forjaba a su alrededor, se dijo que no era torero sino un ser asido por la suerte. Sintió ganas de llorar, miró hacia donde estaba la cruz con despego y solo, angustiado, pedía razón a Dios.


Cruzó las calles del pueblo que se bendecía con la hora de la siesta. Al cruzar la Plaza Mayor no prestó atención a los domingueros alegres  que le saludaron, tampoco al perro vagabundo que se aproximaba gimiendo a la pared en sombra, ni a los gorriones que se bañaban en la arena. La visión de los rayos del sol alcanzando la cruz que coronaba la iglesia parroquial le sorprendió un instante.

Llegó a los pastos cercanos al río y sólo cuando, cerca de un olivar, divisó las ovejas y los corderos que pastoreó en otro tiempo, detuvo la marcha. Buscó a Jesús y le encontró sentado plácidamente a la sombra de un olivo. Se dirigió hacia él y, tras saludarle, preguntó:

--Jesús, ¿recuerdas mi primera tarde?

El pastorcillo le dedicó una mirada amplia de sus ojos azules. Luego preguntó:

--¿Cuándo te llamé cobardica porque eras el único que respetaba a los toros y parecía que les tenía miedo?

-- ¡Sí, hombre! Te hablo de aquella tarde. Estabas detrás de la barrera. La tienta. ¿Recuerdas que el becerro me cogió, que me revolcó? ¿Recuerdas que me hiciste un quite a cuerpo limpio?

--Sí, lo recuerdo.

Los ojos de Manuel se iluminaron y pregunto ansioso:

--Entonces, por favor y dime ¿llevaba alguna medalla o cruz como la que suelo llevar ahora? ¿La llevaba, Jesús?

El pastor no dudó al responder:

--Aquella tarde no llevabas nada, no; ¿no recuerdas que ibas con un traje campero prestado?

Manuel bajó la cabeza y los hombros. ¡Era verdad! ¡El milagro existía! ¡Llevaban razón los que hablaban! Sí; le cogió el toro cuando dio el primer pase, al airear la capa. Estaba claro que, sin la cruz, él no servía para nada. Todo era un invento de don Judas. Se sintió estúpido. Nadie lo podía comprender. Ni siquiera Jesús, ¿o Jesús sí?

Jesús miraba preocupado hacia su amigo. Nunca le había visto con tal zozobra. Algo raro sucedía, pero no sabía cómo ayudarle aun deseándolo. Entonces Jesús sospechó que podía tratarse de lo que decía la gente y musitó con gravedad:

--Yo creo que sí te pueden coger los toros.

Manuel se avivó y preguntó:

--Pero, ¿por qué lo crees, Jesús, por qué lo crees?

--Porque algún día te puedes equivocar, te puedes distraer.

Y Manuel, impulsado por una extraño esperanza, exclamó:

--¡Ojalá tengas razón! Me puedo distraer. ¿Lo crees realmente? Eres el único que piensa así. Yo… también. Hace calor. ¡Es horrible!... Sí que lo hace. Distraerse… ¿Es posible?

Jesús observó que su corderillo predilecto escapaba inseguro hacia la parte del río donde nacía el turbillón. Igual tenía sed. El recental, frágil, metió sus patas y el curso del agua lo hizo tambalearse. Jesús, rápido, silbó a los perros que aceleraron hacia él. El corderillo tuvo miedo; movió la cabeza de lado a lado como si pidiera ayuda. Los perros hicieron por morderlo y saltó y corrió como loco de vuelta al rebaño. El peligro había pasado. Los perros quedaron ladrando junto al agua.

Jesús se acercó y dijo a su amigo:

--¿Sabes? El único sitio donde no te podrán coger los toros es en el cielo.

*

Manuel sintió el peso abrasador del sol; podía haber cogido una insolación pese a haber permanecido a la sombra de los olivos. Al verle pasar de rergreso a la fonda, uno de los paisanos que continuaban en la Plaza Mayor le gritó: “¡Suerte, vista y al toro!” Fue como un trallazo que le produjo una impresión extraña.

De nuevo en el cuarto se recostó y tomó el libro que le confortaba en los momentos de angustia. Leyó palabra a palabra: “Enójate contra ti mismo y no permitas que arraigue en ti la soberbia; muéstrate tan sumiso y pequeño que cualquiera pueda ponerse sobre ti y pisarte como el lodo de las plazas”.

Los ojos le brillaban. Le molestaba la luz del sol que entraba por la ventana. Le pareció sentir que algo se desprendía de sus cabellos, que corría por la mejilla y huía por la almohada. Era como una mancha minúscula. Le pareció que subía por el respaldo de la silla próxima, se encaramaba a la chaquetilla de su traje de luces y se ocultaba hacia donde estaba la cruz. Manuel dejó caer la cabeza y, con la visión revuelta, creyó ver una araña pequeña que llevaba en el abdomen una serie de puntos moteados amarillentos de los cuales cinco o seis de los más grandes formaban otra cruz. Manuel se desvaneció en el sueño.


Don Judas entró alborotado dando voces. Venía de charlar con algunos aficionados. Le despertó. Le increpó porque no se daba cuenta de la hora. Pidió ayuda a la cuadrilla y le vistieron. Y después, corriendo cuanto podían entre la muchedumbre ansiosa, llegaron a la plaza.

Le extrañó que Manuel no hubiese pronunciado palabras alguna. Por eso don Judas preguntó: “¿Es que tienes miedo?”. Manuel negó con la cabeza y don Judas se tranquilizó.

Estaba por salir el primer toro de la tarde. Todavía tras la barrera, Don Judas se acercó a Manuel y le pasó un brazo por los hombros.

--¡Ea! Reza conmigo para que Dios te ayude. –Y siseó-- ·”Santo Dios, Creador del Infinito, destructor del mal que atormenta a los hombres, ayúdame a vencerlo aquí si está representado en los toros.” Pero Manuel no le acompañaba y ante el sorprendido apoderado dijo:

--Don Judas; esto se ha terminado. --Después, con serenidad desprendió la cruz de la chaquetilla y se la dio. -- Devuélvamela al final de la corrida; ahora que se haga la voluntad de Dios.

Don Judas le vio irse hacia la arena y sintió un escalofrío.


Era tarde de toros y la gente se agitaba en la plaza. El griterío a veces se acompasaba, otras parecía el de los hombres cuando discuten en la tertulia o el de las mujeres arremolinando sus mantillas. Las buenas y las malas impresiones escapaban en el humo del tabaco o el zarandeo de los abanicos. Acontecía lo de siempre cada domingo en las plazas de toros, la masa sumida en el calor, angustiándose cuando el toro acaricia la faja del torero o puntea cerca del pecho, feliz al concluir la tanda de naturales con un gran pase de pecho…

Manuel ya no pensaba en la cruz. Embebido en la faena, dibujaba cuanto se esperaba de su arte y la gente se lo premiaba con ovaciones.


El toro, firme sobre el rectángulo de sus patas, el cabezón abajo, le contemplaba. Manuel levantó el brazo y permaneció quieto, segundos como siglos, perfilándose. Volvió el rostro y, para asegurarse, vio a don Judas agitando la tau inquietamente; al mirar de nuevo al frente vio saltar de su chaquetilla una araña que corría hacia la mano que sujetaba la espada.

Fue un choque brutal. Un golpe en el pecho. Le arrastraban. Se oían gritos de pánico. Se veía como una sombra escapando bajo las pezuñas del toro. Por primera vez Manuel sentía el aliento del toro en la mejilla, las sangres mezcladas. El toro rodó cercano al torero.

Don Judas, cuando le vio en brazos de las asistencias, allí donde estaba, tras la barrera, metió la tau en un bolsillo mientras corría un sudor frío por sus manos y se le resistían las palabras.


Jesús logró acercarse a la mesa de operaciones aprovechando el trasiego de la puerta. Muy cerca, el apoderado, rodeado de periodistas, comentaba la noticia. Todos querían saber como si no hubiesen visto… Y don Judas, por fin, hablaba.

Jesús miraba el pecho desnudo de Manuel. Las manos crispadas entrelazando la cruz griega. La sonrisa del triunfo helada, sorprendida. Y Jesús, llorando, rozándole con sus manos, decía con palabras que eran susurros:

--Te lo dije Manuel, los toros no podrán cogerte en el cielo.



NB.:

El Divino fue uno de los relatos finalistas en el concurso de cuentos que hizo el Diario Regional de Valladolid en colaboración con la Caja de Ahorros de Salamanca en 1962. Su publicación fue ilustrada por la pintora Carmen Dosal. El texto fue completamente reescrito y modificado cincuenta y cuatro años después  y de nuevo en el 2018 .
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viernes, 6 de julio de 2018


EL VALLISTA HORACIO QUINTERO

                 
                                         A la memoria de Soledad Gullón Palacio
                                         mi inolvidable y querida prima hermana               
                      

No me lo puedo creer. El Horacio Quintero que sale en un artículo de la prensa de hoy no es el Horacio que fue conmigo al colegio y se convirtió en un amigo entrañable hasta que fui a la universidad y él empezó con lo suyo, que era correr. Pero eso que escriben ahora sobre que fue el heredero  de Edwin Moses, que en una ocasión igualó récord 47’10” de Samuel Matete en Zúrich, agosto de 1991, y luego se aproximó a los históricos 46’78” de Kevin Young en la Olimpiada de Barcelona cuando, poco después, Horacio corrió en Hospitalet de L´Infant –sin que le homologaran nada a causa del viento--, ni lo recuerdo ni pienso que fuera cierto porque jamás escuché que se celebraran encuentros atléticos de alto nivel en la pequeña ciudad tarragonina.

Dice el artículo que en España pocos como él supieron  aunar  táctica  y velocidad en la especialidad de las vallas; nadie como Horacio usó la habilidad necesaria para auparse y saltarlas con limpieza, más  la velocidad para llegar a la valla siguiente. Escribiendo se pueden decir todo tipo de majaderías y hoy se inventan cosas sin pudor y se extienden como un eco por  las redes aún más rápido que a través de los periódicos.

Solía verle cuando corría los 400 metros lisos en las pistas de la Complutense madrileña; ganar lo hacía en la época que representaba a nuestro colegio, Sagrada Familia de Madrid,  y menos veces  cuando se enfrentaba a los velocistas del Pilar o del Areneros. Cierto que cuando se pasó a las vallas se superó y cosechó triunfos notables, pero lo que se dice…

Porque quedé sorprendido leyendo estas líneas: “Aunque es hombre de pocas palabras y nada amigo de confidencias, Quintero regaló nuestro oído al preguntarle si algo o alguien le ayudaron significativamente  a convertirse en el atleta que fue; sonrió y nos dijo en un susurro: “Un suspenso y mi padre”.

Y entonces floreció un relato que me dejó estupefacto. Horacio dijo que cuando cursaba el 3º del bachillerato antiguo recibió un suspenso en matemáticas, el único en sus años de bachillerato. El percance disgustó sobremanera a su padre y este decidió que nadie de la casa iría de vacaciones salvo las pequeñas con la abuela de Asturias mientras Horacio seguiría un horario  de trabajo tremendo: “Temprano a desayunar y luego encerrado en un cuarto pequeño y umbrío cuya única ventana daba a un patio interior. Allí debía  estudiar matemáticas, dar clase  y resolver los problemas que me  ponía el profesor contratado por mi padre, un estudiante de ingeniería de caminos que  andando el tiempo llegaría a ganar un premio Valle Inclán de teatro.”

Horacio añadió que su padre parecía, pero no era tan cruel: “Estudiaba de 9 a 1 de la tarde; después de comer dormía una siesta breve y regresaba sobre las cuatro y media al cuarto del espanto para resolver los problemas que me había puesto el profesor. No obstante, mi padre  me había autorizado a salir sobre las siete de la tarde  para hacer una marcha rápida desde casa, siguiendo por O’Donnell y el paseo de coches del Retiro hasta la glorieta del Ángel Caído y vuelta a casa. El recorrido unas veces lo hacía en plan de  marcha atlética y otras a la carrera. Era el momento feliz del día en un verano horroroso de calor, aliviado algunas noches cuando mis padres  decidían salir un rato después de cenar a disfrutar de una horchata en la terraza de un  quiosco célebre de la calle Génova de Madrid.”

Aquellas marchas diarias tuvieron su repercusión al curso siguiente, prosigue el relato del periodista. El colegio había contratado  un nuevo profesor de educación física que enseguida advirtió la puesta a punto de Horacio y decidió que se preparara para competir en los 400 metros lisos y en vallas. También estaba tan sobrado en matemáticas que el profesor de la materia llegó a pedirle que se presentara al examen de  matrícula de honor, desistiendo por odiar la asignatura y porque había decidido estudiar Letras al curso siguiente, ¡curso en el que lograría una matrícula de honor en griego!

Quedé sobrecogido al observar cómo los bulos llegan a la gente con apariencia de hechos reales a través de la prensa diaria y, presumo, que  los lectores se los tragan sin preguntar si son verdaderos o falsos. Casi siempre el bulo se comparte entre afines y conocidos, así se encadena, se viste de realidad y, de paso, aúpa el papel de quien lo propaga porque sabe cosas que los demás desconocen. Algunos se pasan la vida decorando la realidad, aun cuando Juan Castilla avisó: “otras personas que han vivido esa situación saben que no ha sido así. No es una mentira consciente, pero objetivamente hay una transformación".  De tanto repetir las mentiras, sus protagonistas llegan a creérselas y las convierten en parte de su vida.

Lo digo porque las cosas no ocurrieron como Horacio las contó al periodista. Cuando suspendía se las arreglaba para ocultarlo a su padre; su madre, muy buena gente, firmaba las notas semanales hasta que apareció Ramón Cardeñoso, un gordito grandullón que se dedicaba a toda clase de negocios entre los  compañeros, desde vendernos chicle Bazooka Bubble Gum recién traído de América, según él, hasta postales atrevidas de las actrices de Hollywood. Ramón propuso a Horacio que si le daba dos duros hablaría con un  amigo  que no era del cole, quien por otros dos duros semanales imitaría la firma del padre a la perfección, firma que, dicho sea de paso,  no era un primor: tres garabatos en línea recta ligeramente ascendente y una sencilla rubrica de ida y vuelta por debajo. Horacio sacó el dinero prestado de su criada, la Paca, a cambio de hablar por teléfono cuando no estaban sus padres en casa, pero llegaron los suspensos de final del curso y se puso todo patas arriba.

“Me quedo sin vacaciones, ¡seguro!”. Yo no sabía cómo consolar a Horacio hasta que Cardeñoso le confió un plan más o menos así: “Mira, si a mi amigo le das cinco duros irá a casa de tus padres haciéndose pasar por un emisario del Hermano Tarsicio, el director,  para decir que no se tomen a mal tus notas, consecuencia de unos exámenes pésimos,  nada más,  pero si dedicas al estudio un par de horas cada día del verano excepto sábados y domingos, aprobarás en septiembre sin la menor duda, y les recomendará que, para que no decaiga tu autoestima, disfrutes de las vacaciones de siempre, salvo las horas de estudiar.” Horacio, cuyo desasosiego empujado por el miedo era colosal, le creyó y soltó el dinero solicitado.

Pero resultó que el Hermano Antonio, que llevaba las cuentas del colegio, fue quien apareció en la casa de Horacio.  No estaba el padre, pero sí la madre y el fraile dijo que traía un cometido delicado de parte del Director. Que en el colegio sospechaban que no estaban enterados de la marcha en los estudios de Horacio, pues, no entendían cómo habían firmado semana tras semanas notas tan desastrosas sin aparecer por el colegio y preguntar; sospechaban que Horacio ocultaba y, probablemente, falsificaba sus notas o la firma de su padre. Añadió que Horacio era un atleta dotado, pero no servía para estudiar etc., etc. Horacio no perdió sus vacaciones, pero dejó el cole, le pusieron a trabajar y luego se dedicó al atletismo.

A pesar de los años transcurridos, la lectura del artículo me ocasionó un repelús enorme. Si Horacio dejó de estudiar ¿a qué venía inventarse situaciones que no vivió jamás? El suspenso en matemáticas al que se aludía en el periódico era el que yo tuve, el castigo paterno fue el que yo sufrí y encima, que se adjudicara una matrícula de honor en griego también mía, es lo que peor me supo. Decidí telefonear a Horacio. Tras escucharme, contestó sin avergonzarse: “Mira, te lo voy a explicar. Tu hiciste carrera,  yo no; tampoco tienes que preocuparte del futuro, yo sí. Maquillar mi currículo con algunas de tus vivencias jamás pretendió robarte nada. Tuvimos en cuenta que llevas  una vida oscura, y esas cositas biográficas que me atribuí no te son útiles ya. Tengo un palmarés como atleta oxidado y debo reinventarme si quiero salir de concejal de deportes en las elecciones próximas al ayuntamiento. Quienes me hacen la campaña, los del marketing, dijeron que debía mostrarme como un sufridor desde pequeño, vamos, exhibir vivencias que ayudaran a ataviar mi identidad;  las tuyas y algunas más me venían al pelo. Chico, ¡de algo hay que vivir!


Junio 2018
Las historias de Sonso
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jueves, 7 de junio de 2018


FÚTBOL: El mito de “La furia española”


Alguna vez escuchamos la frase "Sabino, a mí el pelotón, que los arrollo", preludio del famoso gol de cabeza que empató a los suecos en las Olimpiadas de Amberes de 1920. Efectivamente, el goleador, dos defensas además del portero quedaron espatarrados en el suelo, sucediendo que, las palabras y la acción siguiente, dieron pie al mito de la furia española.

¿De verdad un mito? Pues sí, porque algunos aseguran que el grito fue “Sabino, aurrera” y otros que fue aportación de los periodistas italianos que vieron el partido y, debido al color rojo de nuestras camisetas, hablaron de la “furia rossa”. La prensa española lo tradujo a su mejor conveniencia para subrayar el carácter español del equipo (9 vascos y 2 catalanes) que capitaneaba Belauste, el león de Amberes.

Javier Díaz Noci, autor de un trabajo interesantísimo Los nacionalistas van al fútbol. Deporte, ideología y periodismo en los años 20 y 30 (se puede leer en Google), recuerda que Joshé Mari Belausteguigoitia fue descrito como “alma del equipo español” y esencia de las virtudes de la raza en un librillo que llevaba por título Los Ases Deportivos. Joshé Maria Belauste publicado en Barcelona en 1921; rubricaba el mito creado por la prensa, sublimado durante el franquismo y perenne en cierta memoria popular.

Díaz Noci añade que habría que hablar de furia vasca o del Athletic en vez de furia española. Belauste, además de medio centro del At. Bilbao y del combinado nacional, era miembro de una familia nacionalista del PNV, habiendo sido el responsable de la sección de fútbol de las juventudes del partido en 1910. Luego integraría una escisión liberal del PNV y sería uno los fundadores de Acción Nacionalista Vasca (ANV) en 1930.

Belauste, no obstante, se dejó querer como protagonista del mito y, aunque su cariño a Vasconia le costó varios disgustos como el de ser desterrado a consecuencia de "un discurso extraordinariamente nacionalista", nada impidió que fuera candidato a diputado a Cortes, presentándosele como un compendio de las virtudes españolas. Sentencia Díaz Noci: “La furia española fue, por lo tanto, un invento consciente, no una mera casualidad. La anécdota, tal y como está contada Belausteguigoitia nunca la desmintió, aunque nadie más recuerde haber oído el famoso grito, y el gol ni siquiera fue el de la victoria -ése lo marcó Acedo, también del Athletic por cierto”.

La no incompatibilidad entre las ideas nacionalistas y el formar parte del equipo español de fútbol repitió después con el legendario Iribar y después con el defensa catalán Oleguer, dispuesto a jugar si se le convocaba como había hecho en las selecciones españolas inferiores. Por eso me parece muy atinado el comentario que Alberto Bacigalupe, autor del libro Belauste. El caballero de la furia (Bilbao, 2005), emite sobre este jugador: "Él no hizo más que atender a sus deseos, que eran el fútbol y la política" y de ahí que, aun desterrado por sus ideas, se enojara profundamente cuando atribuyéndole falta de forma no fuera titular del equipo español en los Juegos de París de 1924. Estamos ante otra versión de la proposición a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

Belauste, nacido en 1889, siempre se consideró amateur y nunca cobró por jugar; fue el primer capitán que tuvo la selección española; tenía otros cuatro hermanos futbolistas, medía 1’93 y pesaba 95 kilos. Ferviente católico, licenciado en Derecho por la Universidad de Salamanca y abogado en ejercicio, casó con una sobrina del pintor Zuloaga por cuya curación de una enfermedad seria peregrinó a pie de Bilbao a Lourdes, atravesando los Pirineos. Terminada la Guerra Civil se exilió a Méjico y, aunque no fumaba ni bebía, moriría de un cáncer de pulmón en 1964. Belauste es historia y merece seguir protagonizando los tres mitos, porque sin renunciar a su ideario --cuestión personal-, tampoco renunció a un fútbol –pasión colectiva- que teniendo el marchamo de vasco entusiasmó a todos lo españoles durante muchos años dándole una tarjeta de identidad.

Sin embargo, el fútbol no entraba en el mundillo literario o entraba poco en el tiempo de Belauste. En enero de 1929, la popular revista Estampa de Madrid publicaba la respuesta de Pío Baroja a la pregunta: “¿Qué le parece a Usted el fútbol?: “Mal se puede juzgar lo que no se conoce bien, y yo solamente he visto un partido de fútbol desde una casa que tengo cerca del campo del Real Unión, de Irún.” Baroja tenía 49 años y era consciente de la popularidad del fútbol, pues a él mismo se le habían quedado grabados los nombres de Echeveste, Gamborena y otros. Subrayaba la pasión que despertaba para sentenciar: “Demuestra también la importancia de este juego el hecho de que no existe rivalidad entre Irún y San Sebastián nada más que en lo que se refiere al fútbol, y en esto la lucha es enorme.” Y le encontraba la utilidad siguiente: “Tiene de bueno este deporte que parece que va a acabar con la fiesta de los toros, y además tiene una finalidad: el triunfo; y esto, como en las guerras, anima siempre a los pueblos, mientras de los toros no puede esperarse otro resultado: siempre el mismo o uno lamentable”.