martes, 15 de enero de 2013


PÍO BAROJA Y UN  PERSONAJE DE ACCIÓN: EL ROBERTO HASTING DE LA LUCHA POR LA VIDA(1)


Del personaje de acción barojiano se ha estudiado su filosofía, las relaciones con el autor y, menos, su creación literaria y significado como arquetipo de ficción. Su galería abunda en las novelas de Pío Baroja, pero comentarla en bloque ha llevado a generalizaciones fáciles y poco reveladoras, por ello mi estudio se enfoca hacia uno de sus personajes más característicos por cuanto enseña del proceder barojiano en la creación.

En las dos primeras novelas de La lucha por la vida (2), Baroja relata las peripecias de Roberto Hasting buscando la herencia de unos parientes  y da la impresión de que esa busca constituye uno de los motivos centrales de la obra. Tiene condición protagonizante y cuanto le ocurre constituye parte sustancial de un argumento que él engarza sirviendo de contraste con Manuel Alcázar. De pronto, el personaje empieza a eludirse, a aparecer y desaparecer del espacio novelesco para regresar sólo en algunas escenas de la tercera novela de la trilogía.

Andrenio escribió lo siguiente sobre el origen del personaje: “Baroja se ha inspirado, sin duda en la, realidad, acaso en el asunto Sackeville, en aquella historia del lord casado con una bailarina española, de cuya unión nace un hijo, que al cabo de los años viene a España a perseguir las pruebas de su estado civil. Los periódicos hablaron mucho de esa novelesca historia que se perdió luego  en el papel sellado de la curia, y ha reaparecido en las páginas de una novela”. (3)

La historia de los Sackville pudo influir hasta cierto punto en la de Roberto, pero no en la caracterización del personaje. En mi opinión, tampoco sirve de mucho destacar la constitución nietzschana de Hasting, pues, nunca existió fidelidad de Baroja a la filosofía del germano, tema que Carmen Iglesias puso en los términos justos al observar inteligentemente que “Baroja se identifica plenamente con la teorías científicas de Darwin y se deja seducir por la filosofía de Nietzsche, pero, en el fondo, las ideas de ambos autores chocan con su sentido moral.” (4)

Si para Nietzsche no había fronteras entre el bien y el mal, Roberto actúa siempre en consonancia con principios morales tradicionales. Ni la mente más puritana calificaría alguna acción suya de abominable: recurre sólo a medios legales para obtener su fortuna, es de una fidelidad absoluta a Kate, fustiga la inmoralidad de Santín porque vive a costa de su mujer y, si alardea de un egoísmo fiero, resulta que es de una generosidad extraordinaria con su familia y con Manuel Alcázar. Su culto al yo, más que producto de una filosofía o eco de las ideas de Baroja, queda reflejado en estas palabras: “Yo soy una mezcla del individualismo inglés de los manchesterianos, y del individualismo español, agresivo y cabileño. En el fondo experimentamos todos la fatalidad de la raza,” (I, AR, p.566).

Tampoco influye Nietzsche en su desprecio por la democracia porque Roberto ni es  el héroe modernista encaramado a su torre de marfil ni, aunque lo pensaran algunos, el aristócrata de las minorías que Ortega y Gasset definiría más tarde. Se concreta así: “Yo prefiero obedecer a un tirano que a una muchedumbre, prefiero obedecer a la muchedumbre que a un dogma. La tiranía de las ideas y de las masas es para mi la más repulsiva.”(I, AR, p.633). Si el héroe modernista permanece en actitud pasiva frente a los demás y emplea su tiempo en la observación y reflexionando sobre el hecho de vivir desde su atalaya, Roberto es carácter de acción, se mueve por objetivos –dinero, amor, poder—y, en mi opinión, es un self made man, arquetipo del que se hace a sí mismo que, al final, se orienta hacia posiciones conservadoras.

El tema del tiempo influye en la caracterización del personaje de acción barojiano. Si el presente paraliza el vivir de Andrés Hurtado en El árbol de la ciencia, si Manuel Alcázar mora en un presente zigzagueante determinado por esa actitud suya de “estar a lo que salga”, Roberto se desentiende del pasado y del presente y vive exclusivamente para el futuro como el lugar donde piensa instalarse: “Yo no soy de los que están a lo que salga. No viene la montaña a mi, pues yo voy a la montaña; no hay más remedio.” (I, MH, p. 388)

Se decide en un baile de máscaras que son simbólicas y ocultan a hombres-muñeco, títeres aburridos. Piensa que tiene dos caminos: “emanciparse” de la existencia mezquina, o “lanzarse” a la vida trágica.  Calificando el tiempo anterior de existencia mezquina, decide que su lucha por la vida consistirá en una búsqueda de futuro. Para las máscaras futuro es consunción; para Roberto --según sabemos-- es dinero, amor, poder. Y resuelve  ganar ese futuro mediante la gimnasia de la voluntad para fortalecer su conducta. En su vocabulario destacan los pensamientos y las palabras que  reflejan esa busca; convencido de que llegará a ser millonario, comenta: “Estoy construyendo la máquina que me llenará de dinero.” (I, LB, p. 273)

A diferencia de las novelas protagonizadas por Fernando Osorio o Andrés Hurtado donde predomina la acción interior, el proyecto vital de Roberto se endereza hacia el exterior: su vida es el esfuerzo por realizarse en el mundo tangible de los seres y de las cosas; ansía el dinero para llegar al  poder y de esa manera dominar a los unos y poseer las otras. Nada le aparta de sus objetivos. Cuando en busca de  fortuna queda sin un céntimo y decide trabajar en un periódico para sobrevivir, dice a Manuel: “Yo me río de estas cosas, porque tengo el convencimiento de ser rico, y, cuando lo sea, recordaré con gusto mis apuros.”  Y mirando el paseo de coches del Retiro, añade: “Por aquí andaremos nosotros en carruajes, cuando yo sea millonario.” (I, LB, p.339)

Don Telmo le ofrece diez mil duros a cambio de que se case con su sobrina y le ceda la mitad de la herencia que busca. Pero Roberto no acepta: “O todo o nada” (I, LB, p.340). Esa entereza y esa pertinacia dan a su proyección vital el carácter de una conquista. En algún momento, Roberto dice a Manuel: “Si quieres hacer algo en la vida, no creas en la palabra imposible. Nada hay imposible para una voluntad enérgica. Si tratas de disparar una flecha, apunta muy alto, lo más alto que puedas; cuanto más alto apuntes, más lejos irás”. (I, LB, p. 294) De ahí que el atractivo del  personaje de acción barojiano provenga de su semejanza con el  héroe clásico mientras que, en aquellos comienzos del siglo XX, los novelistas preferían al protagonista burgués varado, el mismo que Baroja también cultivo en otras novelas.

Como conquistador, ni se plantea la pregunta de si Kate le quiere. Dispone de los demás a su placer; sugiere y consigue que Esther abandone a Santín. A Manuel, que le llama don Roberto,  le trata en la frontera que mediaría entre la amistad y el aprecio. Con su actitud, parece destacarse de los demás caracteres: él, ser suficiente, y deficientes los demás.

La acción marca un proceso de innovación constante en estos personajes, pero la voluntad de acometerla se apacigua, si es que no se detiene, cuando se aproximan  al logro del último objetivo. En el caso de Hasting se quiso ver un ejemplo excepcional del personaje que logra sus propósitos, pero el Roberto de La busca y Mala hierba ¿es el mismo que reaparece en el capítulo VIº de la primera parte de Aurora roja?

Al cambio físico --“Parecía más fuerte, más hombre, con un gran aplomo en los  movimientos” (I, AR, pp. 543-544)— se une el moral. Logradas la mayoría de las metas, Roberto parece en situación de reposo.  Es un self made man rico que ayuda a Manuel a comprar una imprenta de la que será socio  capitalista y hasta hace propuestas para más adelante que chocan con su deriva hacia un conservadurismo personal: “Dentro de unos años pondremos una gran casa editorial para ir descristianizando España.” (I, AR, p. 544) En las escenas de Aurora roja en las que Hasting reaparece suena como antes, pero su dinámica ya no es, sino que parece. Amor y fortuna le han condicionado al presente. En contraste, Manuel Alcázar es ahora quien ejercita la gimnasia de la voluntad que tanto adornaba a su poderoso amigo y camina hacia un futuro de metas precisas.

Pero demos un paso atrás. La creación de Roberto–excelente por muchos conceptos—se interrumpe a causa de una situación romántica. Las dos primeras novelas de La lucha por la vida relataban sus andanzas en busca de dos mujeres que tenían en sus manos nada menos que su destino y su fortuna. La acción se desarrollaba como un pasacalles colorido por los barrios bajos madrileños hasta que Hasting se relaciona con la extraña pareja formada por Bernardino Santín –fotógrafo y golfo—y la polaca Esther. Roberto censura al primero  por vivir a costa de la segunda y, cuando ésta le pide consejo, la induce al abandono de Santín, recomendación que ella entiende como una proposición para irse con él. Roberto insiste en que tiene un destino y sólo está dispuesto a aceptarla como hermana, mientras Esther avanza hacia él y Roberto, no pudiendo resistirse, abre sus brazos.

La escena evocada es verosímil y las consecuencias posibles lo serían porque Baroja creía que la mujer casada con un imbécil tenía derecho al adulterio (5), pero no sucede nada de lo previsible; el narrador silencia a los dos personajes: Esther desaparece de la trilogía y Roberto se desvanece para regresar cien páginas después, en Aurora roja, diciendo en pocas palabras que el proceso de la herencia ha sido fallado a su favor, que está casado con  Kate y en vísperas de ser padre. Tenemos la impresión de que el narrador ha escamoteado parte de una historia. ¿Qué ha sucedido para que la fábula de Roberto evolucionara así?

Hasta el momento en que Esther –-presumiblemente-- le seduce, Roberto era un personaje rectilíneo en quien propósitos y acción  coincidían en una misma dirección: “Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea recta. Es mi única fuerza; tergo anteojeras, como los caballos, y no me desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y casarme con una mujer; todo lo demás es para mi una tardanza en conseguir mis fines.” (I, MH, p.444) Pero se deja enardecer por el arrobo de una Esther agradecida y se arrebata en sus labios.  

Si recordamos que La busca y Mala hierba se publicaron conjuntamente como folletín en El Globo, podría establecerse la hipótesis de que la pluma ligera con la que el folletín solía escribirse se le deslizó a Baroja o, mejor, se apercibió de que el encuentro entre Roberto y la polaca podría exigir modificaciones en el desarrollo de Roberto Hasting --hasta ese instante perfilado como arquetipo genuino del hombre de acción--, pues,  ¿cómo conciliar la fidelidad de Roberto hacia su amada Kate y el encuentro con Esther? ¿No tendría la fábula que derivar hacia el terreno amoroso, acentuándose la elaboración y la presencia de los personajes femeninos implicados y obligando a la resolución del posible triangulo, circunstancias hacia las que la trilogía no se dirigía precisamente porque el tema del amor de Hasting ya estaba prediseñado, Roberto con Kate?

El narrador decidió dejar las cosas como estaban y, sin resolver los interrogantes que el lector pudiera plantearse, eliminó la figura de Esther y escondió la presencia de Roberto haciéndole reaparecer en algunas escenas de Aurora roja  por dos motivos: el personaje tenía planteada una busca cuya resolución exigía unas palabras cuando menos y por su función de contraste respecto de Manuel Alcázar.  

Ocasionalmente Baroja utilizaba el amor como punto final de sus novelas o como un accidente que el personaje elude: la evolución de Manuel Alcázar concluye con su boda, la grandeza de Quintín viene de su renuncia al amor, el matrimonio conduce a Andrés Hurtado desde la ilusión y el amor al suicidio, Fausto Bengoa adquiere su dimensión existencial cuando vive separado de su mujer o es abandonado por ella. Lo mismo acontece a los personajes femeninos de magnitud barojiana: la grandeza de Laura está en su soledad, la de Sacha Savarof en su independencia intelectual respecto de los hombres que la vida le acerca.

Tampoco resulta sorprendente que mientras  Roberto Hasting interesa a su autor, Baroja le mantenga a distancia de Kate hasta el punto de convertirla en uno de los personajes menos figurativos de la trilogía; la pareja ni siquiera es presentada en coloquio amoroso. La figura de Esther tuvo un  final precipitado,  pero el narrador necesitaba redondear su arquetipo como hombre de acción y, de alguna forma, justificar que aún no hubiera conquistado el poder aunque se perfila como futuro conservador inglés (6).  Roberto reaparece afirmando que la acción enérgica no sirve para cambiar radicalmente la forma de la sociedad, pero revelando qué es la acción y para qué sirve: “La acción es todo, la vida, el placer. Convertir la vida estática en vida mecánica; este es el problema. La lucha siempre, hasta el último momento, ¿por qué? Por cualquier cosa.” (I, AR, p. 635

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NOTAS.:

(1) Este estudio --concluido en enero de 2013-- es una revisión a fondo  del por mi  titulado “Baroja y un personaje de acción: Roberto Hasting” , INSULA, nº 308-309, (Agosto, 1972), pág. 10.
(2)  Pío Baroja, Obras Completas, Vol. I, Biblioteca Nueva, Madrid, 1946.  Mis citas de la trilogía provienen de esta obra con data del volumen, iniciales de la novela y la página.
(3)  Andrenio, Novelas  y  novelistas,   Madrid, Calleja, 1918,  pp. 121-122. La novela a la que se refiera es Pepita de Victoria Sackville-West.
(4) Carmen Iglesias, El pensamiento de Pío Baroja,  Librería Robredo, México, 1963, pág.  63.
(5) Pío Caro Baroja lo manifiesta así en Crónica barojiana, Editorial Caro Raggio, Madrid,  2000. Textualmente dice que “a don Pío le gustaba recalcar como queriendo justificar que la mujer bella e inteligente casada con un mentecato tiene derecho al adulterio”(…) “Generalmente la adúltera es un ser superior  a su marido.” Op. Cit., pp. 250-251.
(6) Roberto le dice a Manuel: “Si en Inglaterra llego a entrar en política seré conservador”(…)”¿Qué haría yo en Inglaterra siendo anarquista? Vivir oscurecido. No; yo no puedo  despreciar ninguna ventaja en la lucha por la vida” (I,  AR, p. 566) Y concluye la conversación recomendándole: “Y eso de la anarquía tómalo como sport; no te metas demasiado.” (I, AR, p.568)

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