domingo, 7 de abril de 2019



Poemas del limo 8



PROCESIÓN


Las monedas brillaban
al vaivén de las velas.
Costaleros de siempre
subían al Calvario
  el vientre alumbrado
de vino o manzanilla.
Los semblantes morados
de la chusma vecina
reflejaban su rabia
 y sus malos deseos
 mientras el buen ladrón
confesaba humilde
 con un fraile grotesco.
Llantos de Viernes Santo
de manos abrasadas
por transportar un Cristo
de mirar afligido.
Embrujo de saeta
quebrándose en el aire
en fracciones silentes
como si fueran de oro,
 atardecer membrillo.
La gente revivía
la olvidada leyenda.
En la henchida tribuna
el cortejo aplaudían.
Los pobres costaleros
marchaban apretando
en sus manos de trapo
las monedas cobradas.



domingo, 3 de febrero de 2019



ANTORCHAS   HUMANAS


Anoche los amigos y yo terminamos morados de vino de la tierra y de sidra. Celebramos la Nochebuena, pero sin tiempo para cantar un villancico, sólo comer y beber; bueno, los niños sí cantaron en la habitación contigua y nos machacaron con las zambombas, cosa de Leocadia, mi mujer y de las parejas de mis amigos para vengarse de nosotros por tenerlas apartadas, seguro.

Fui tardísimo a la cama y alcancé un primer sueño ligero a causa del alcohol que llevaba encima. Después, harto de estar en vigilia, decidí levantarme y prepararme una infusión. Cuando acerqué el cazo para calentar el agua noté que, pese a estar apartado del fuego, una llamita pequeña y azul de apenas centímetros prendía mi camiseta de algodón y se extendía silenciosa y rápidamente por el pecho; no la sentía, sólo la veía crecer hasta que me ganó un miedo repentino y la sofoqué con un paño que encontré por allí; el susto fue morrocotudo.

Pensé que el incidente ocurrió porque mi cuerpo exudaba el alcohol de la víspera y de alguna manera atrajo al gas butano que salía del quemador. Nada comenté a Leocadia para evitarla un sobresalto y por acobardamiento mío. Se lo dije a mi amigo Eloy, el médico, y este me respondió tras escucharme y pensar su respuesta detenidamente: “Has sufrido un suceso de combustión espontánea humana.” Boquiabierto le pregunté “¿Y eso que es?”.

Entonces Eloy me contó la historia de una condesa italiana protagonista de un suceso increíble, famoso en la Europa de la primera mitad del siglo XVIII y después, tan sorprendente que el mismo Dickens lo recogió en uno de sus escritos; lo había leído en la Wikipedia. Quedé tan deslumbrado con esa historia que pensé en volver a contarla de alguna manera para El centinela del Bierzo, el periódico donde escribo; no me parece que se conozca el suceso de la dama ni Dickens sea muy leído por estos andurriales y menos que la gente husmee en la Wikipedia como hace Eloy dos horas cada día. Mi artículo será leído con interés, de seguro.

La condesa se llamaba Cornelia y estaba casada con el conde Francesco Bandi con quien tuvo siete hijos; Anna Teresa, una de ellas, sería la madre del Papa Pío VI nada menos. Pues bien, el 21 de marzo de 1731 —dice la Wikipedia-- Cornelia se encontró indispuesta después de cenar y se acostó. Llegó el día siguiente y, como no se levantaba a la hora habitual, la criada entró en su habitación con ánimo de despertarla, pero nada más atravesar el umbral de la habitación quedó pasmada al observar un montón de cenizas, más bien de hollín grasiento a poco más de un metro de la cama,  así como las piernas y parte de la cabeza de la Bondi intactas. Pese a su espanto y consternación supuso que la culpa de todo había sido un fuego, pero ni había rastro del mismo en la cama ni en el resto del mobiliario pese al testimonio de las cenizas. El suceso fue definido por los sabios de la época como un caso de combustión espontánea humana.

En la época de Cornelia, según la Wikipedia, ocurrieron como 200 incidentes similares de personas cuyos cuerpos ardieron sin aparente exposición a fuentes de calor externas, pero reducidas a cenizas mayormente y la racha llegó hasta el caso del irlandés Michael Faherty en 2010 y sumó después. El efecto mecha está en la  mayoría de los casos; la ropa o la tela que cubre el cuerpo empieza arder por efecto de una chispa o llama tenue, la grasa corporal se derrite y es absorbida por la misma ropa o tela ya hecha ceniza. Si el humo puede quitar el sentido, la llama puede arder horas carbonizando las partes del cuerpo vestidas, pero no actúa sobre las partes descubiertas. Reconozco que sudaba leyendo estas cosas.

Mi labor exploratoria surgía de mi deseo por redactar pronto el artículo para El centinela del Bierzo, pero mi exploración se contuvo cuando leí que la ingesta de alcohol era la causa principal de la combustión espontánea humana y se advertía contra los excesos peculiares de las Navidades debido a que el frío favorece la electricidad estática que origina meterse en el lecho a la hora de dormir, tampoco favorece un nivel bajo de humedad en el aire del cuarto  ayudando si tu piel está seca.

Pasaron unos meses, Leocadia seguía en la inopia. Nada la entretenía más que precipitar una gotita de aceite puro de argán o de rosa mosqueta en el tarro de su crema habitual mezclando los ingredientes con una espátula pequeña… Se pasaba horas en el tocador, bien al levantarse o para retocarse cuando llegaba de un paseo.

Pero una tarde ya de primavera llegó sobresaltada del paseo con amigas por la plaza mayor. “¡Ni te lo puedes imaginar!”, me dijo con voz de iluminada. “¡No puedes hacerte ni idea de lo que ha sucedido en Puente de Rey! ¡Y yo te lo  voy a contar!”

Un fuego inteligente de origen desconocido que venía del Alto de la Rapiña atravesando el castañar,  atacó por espacio de una hora a personas, animales, viviendas, cuadras, graneros, cobertizos y enseres en Puente de Rey sin que ninguno de sus veinticuatro habitantes sepa la razón de lo sufrido ni tampoco las autoridades de Villafranca del Bierzo o de Lebico que acudieron.

Una de las vecinas cuenta que una bola azul vino de los cielos prendiendo su delantal. Surgieron llamas imposibles de apagar, arrasando todo con una violencia desatada mientras más bolas caían con la velocidad del rayo originando desgracias parecidas. Se dice que las autoridades han pedido la ayuda de los científicos de las universidades leonesas para que desentrañen el enigma, pero la actualidad es el miedo sin explicación que sobrecoge a los paisanos del que son muestra las campanas de las iglesias que tañen con un ritmo frenético aunque nadie entiende por qué ni a qué llaman.”

El examen final de los científicos constata que lo sucedido no  tiene origen en actividad volcánica alguna ni se debe a trastornos geológicos que provocaran desprendimiento de materias en ignición, o gases inflamables. Tampoco fueron razón los fenómenos eléctricos ni la  ionización de la atmósfera y se descartan los efectos térmicos de radiaciones solares. En resumen, no hay un motivo al que atribuir los sucesos ocurridos y debe desecharse, por encima de todo, que fueran provocados por la mano del hombre. Los científicos confían que el suceso no se repita.

Días más tarde llegó un periódico de Madrid haciéndose eco del suceso, pero contando cosas sorprendentes como que la vecina alcanzada por la bola de fuego en el delantal salió por el aire flotando. Después llegaron más periódicos asegurando haberse divisado desde los Pirineos catalanes hasta Galicia una estela emborronada producida por un misil francés que se había salido del trayecto programado, pero en Tortosa la gente no se vio rastro de misil alguno sino aparatos cuyas luces se retaban como gallos de pelea en lo alto del firmamento. Y una anciana aseguró haber visto surgir una cruz en medio de la batalla.

Mi amigo Eloy, con su calma habitual, me dijo que estas cosas han sucedido muchas veces y se han explicado con características diferentes con anterioridad. Me recordó los fuegos fatuos que, según el diccionario de la Academia, provienen de la inflamación de ciertas materias que se elevan desde sustancias animales o vegetales en estado de putrefacción y producen pequeñas llamas a poca distancia del suelo en lugares pantanosos y en los cementerios, o el fuego de Santelmo que es sólo un meteoro de fuego que suele verse en los mástiles de las embarcaciones después de una tempestad debido a que la atmósfera está muy cargada de electricidad. “Todo eso se convierte en acontecimientos extraordinarios en la imaginación del pueblo”, concluyó.

Pero a mí lo que me ha dejado preocupado a más no poder es saber que el British Medical Journal ya informaba en 1841 sobre lo que llamaba las antorchas humanas sin duda imágenes de la combustión espontánea humana, refiriéndose a personas de carácter depresivo y, a menudo, alcohólicas por la trascendencia negativa que puede dar a mi artículo.
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miércoles, 2 de enero de 2019



PÍO BAROJA: EL PROTAGONISTA DE
LA SENSUALIDAD PERVERTIDA


Cuando empezamos a leer La sensualidad pervertida[i] observamos que el texto corresponde a un Baroja más pausado y reflexivo que en obras anteriores, manteniendo rasgos del modernismo como la simbólica torre de marfil, la utilización de la primera persona, desatender la estructura tradicional de la novela,  la utilización de figuras literarias y de la ironía para señalar males sociales, etc.

Luis Murguía, el protagonista, aspira a absorber el mundo desde la torre de marfil ahora camuflada en una reliquia de la picaresca: “Al asomarme al balcón recordaba la novela Guzmán de Alfarache, cuyo subtitulo es: Atalaya de la vida humana’.(…) Yo me veía también como un atalayero de la vida humana.(LSP, 137)  El atalayero, sin embargo, se mostrará como un individualista  no sujeto a principios ni a personas hasta el punto de que, cuando habla de amistades, tampoco se fía de ellas.

Sorprende que una novela tan bien escrita, carente de material superfluo, mereciera estudios académicos escasos y, salvo el de Ascensión Rivas Hernández[ii], se orientaran a reflejar las portavocías y similitudes entre Pío Baroja y el protagonista, es decir, en busca del autor reflejado en el personaje. Juan Uribe Echevarría[iii] escribió sin sutilezas: “Baroja echó a andar un héroe que muchas veces no es más que su embajador literario, el hombre que lo representa en la narración(Uribe, 74) y cita a Murguía entre otros. José-Carlos Mainer[iv], se desprende de la corriente al comentar detenidamente  la relación existente entre el rebelde Hurtado de El árbol de la ciencia y el “abúlico recalcitrante” que le parece el Luis Murguía de La sensualidad pervertida (Mainer, 250/251). Por su lado, Mary Lee Brez[v] precisa: “La vida de Luis Murguía guarda poca relación con la de Baroja en cuanto se refiere a los detalles externos, aunque la relación sentimental del personaje es idéntica a la del novelista ante unas experiencias de semejante contenido emocional, no obstante las variaciones circunstanciales.”(Brez, 432)

No es mi propósito transitar por esos senderos críticos debido a mi formación gulloniana (Ricardo Gullón advertía a sus alumnos que el Napoleón de las novelas nunca es el Napoleón de la realidad)  y tampoco utilizaré la palabra héroe tal y como se ha entendido desde hace un par de siglos, pues, como pensaba Edith Kern[i],  el siglo XIX  pedía un héroe a  escala de Napoleón, pero el mismo siglo condenó a él y a sus imitadores, reales o literarios, y éstos sólo pudieron existir como rebeldes contra la sociedad, acaso como artistas o criminales. (Brombert, 268)


LA EVOLUCIÓN DEL PROTAGONISTA BAROJIANO

El protagonista de acción es la versión barojiana del héroe que se realiza en diversos cometidos que van desde buscar dinero y poder, al contrabando, la política y un largo etcétera. Si tenemos en cuenta el itinerario que discurre desde La lucha por la vida  a la novela de Murguía observamos que el atributo de heroicidad se ha ido diluyendo hasta desaparecer. Birute Ciplijauskaite[ii] también lo vio así al escribir: “Un procedimiento muy característico de toda la serie de Memorias de un hombre de acción, muy evidente en El escuadrón de “Brigante”, es la desheroización” (Ciplijauskaite, p. 223).

Mainer opina sobre Baroja que “En todos los libros posteriores a 1917 está presente una estoica despedida de la vida de juventud(Mainer, 254) advirtiendo que cuando escribió La sensualidad pervertida, don Pío lindaba la cincuentena, edad propia de un hombre mayor por entonces. El protagonista barojiano también se había hecho mayor extraviando el compromiso que había tenido con la acción, pero protagonizando avatares distintos a cuantos metían en batalla al protagonista anterior. Remedando lo que escribió Víctor Brombert[iii] sobre el héroe moderno y aplicándolo a Baroja, sus protagonistas de acción anteriores y los inactivos de después pertenecen a las mil caras del héroe griego  a través de la historia literaria. (Brombert, 276/277)


LA EDUCACIÓN BÁSICA DEL PROTAGONISTA

Si Baroja engastaba el tiempo y el espacio de sus novelas en el pasado próximo, lo achica al del personaje que teje el hilado de La sensualidad pervertida: la existencia de Luis Murguía, su autobiografía. Como sucedió a protagonistas anteriores, contemplamos al niño Murguía estudiar interno en un colegio y relacionándose sólo con su madre. El colegio le genera sentimientos tristes que arrecian cuando la madre deja de visitarle, si bien,  parece que los superará cuando  le sacan de allí y viaja a casa de su abuela. En esa casa sólo le confiarán conjeturas acerca del paradero maternal aunque Murguía sospeche el verdadero motivo cuando lo visten de luto. A partir de entonces, el niño sufrirá el sentimiento de orfandad que ya padeció Manuel Alcázar en La lucha por la vida con el resultado sustitutivo de determinar su arrimo a las mujeres.

El espacio educativo de los personajes nunca será  el colegio en Baroja; desde Camino de perfección, pasando por César o nada hasta llegar a la novela de Murguía existe un largo muestrario que exhibe la  ineficacia de la institución. Las páginas de La sensualidad pervertida que tratan del tema tienen un trazo social y un reborde personal. El colegio de Villazar sólo educa en la barbarie, su santo y seña, y Murguía aprende a ser bruto. No es lugar para formarse: “Al entrar en el colegio a mí me pusieron en la alternativa de pegar o ser pegado, y pegué todo lo que pude.(LSP, 44); lo mismo ocurre en el instituto donde los chicos revelan su amor hacia la guerra y las armas y no por aprender: “Considerábamos al profesor como nuestro enemigo natural, y creíamos que todo lo que se hiciera contra él estaba bien hecho(LSP, p. 46) Además, Murguía observa que  la barbarie se extiende a otros ámbitos; campa en lo que llama ‘el cleromilitarismo’ que reina en Villazar y subrayará la petulancia, la presunción de heroísmo por nada y, sobre todo, la  insolidaridad social del ejército; también percibe el machismo  de los curas (“El cura católico es muy hombre, muy macho (…) domina a las mujeres por su carácter masculino: pero a los hombre, no. Los hombres ven en el cura algo como un rival(LSP, 50) dejando para los jesuitas la nota femenina y sensual.

Murguía se educa en la barbarie y después en el erotismo con la Serviliana, criada que en Mota del Ebro “era la crónica viva de todo el erotismo del pueblo. El mundo comenzó a ser para mí un inmenso lupanar disimulado.(LSP, 65) Murguía tiene 13 años y odia a esa mujer, pero confiesa que también “me atraía y me lanzaba sobre ella(Ídem). Con los amigos de Villazar habla de mujeres con la pasión de la poca edad: “Hablábamos de ellas  como dos salvajes o dos pieles rojas, y pensábamos que el robo, la violación o el estupro no nos hubieran detenido si se nos hubiera presentado la ocasión.” (LSP, 73) Y esa educación sexual progresa con el atrevido Pepe Plaza, el dandy sobrino de su tío, con Lozano y conversando con las costureras de Bernedo. 

Tampoco posee una educación espiritual ni intelectual a juzgar por los libros que ha leído: el Parerga y Paralipomena de Shopenhauer (“Todo lo que dice este hombre como reserva y suspicacia me pareció que lo sabía desde la infancia.” (LSP, 115), la Imitación de Cristo, las Moradas de Santa Teresa o la Guía Espiritual del padre Molinos tuvieron una influencia nula. Su  sensibilidad, sin embargo, le orienta a pensar y reflexionar: “Yo advertía  cómo la moral española, rígida y fuerte, no es más que un disfraz de la miseria(LSP, 109) de ahí que sus anhelos fueran por otro lado: “Mis ideales individuales no eran claros: primera cosa que necesitaba, independencia; segunda, enterarme de la vida.(LSP, 116) para concluir: “Vivir y contemplar. Ese ha sido mi ideal.(LSP,  119) Es decir, se convertirá en el mirón del acontecer.

Cuando reflexionaba sobre el pasado recordaba que su tía Luisa le decía a cada paso: “Tienes que pensar en lo que has de ser(LSP, 83); él, ni tenía aficiones ni pensaba en su futuro.  “Posición y porvenir: estas dos palabras; a fuerza de ser repetidas, me iban aburriendo; porque la verdad, no comprendía por qué podía tener más porvenir que los demás.(Ídem) Fuera de que me hubiera gustado tener éxito con las mujeres y correrla por el mundo, ¿qué más había en mí? Nada. Vacilación.” (Ídem) Lo suyo era considerarse un inútil para la vida corriente influido por la educación recibida.


LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL

El físico de Charo, esposa de un militar, vuelve loco a Murguía, pero no su vulgaridad: “Yo convenía que era imposible encontrar una mujer menos espiritual, menos heroína de novela que Charo, y, sin embargo, me entusiasmaba(LSP, 87) Esa impresión dispar se repetirá después respecto de otras mujeres  que le seducen como la Filo o Ana Lomonosoff. Ahora es muy joven y atraviesa lo que llama una exasperación erótica. Le gustan todas las mujeres sea cual sea su aspecto, edad o condición. Se siente cazador, pero descubre que le falta determinación: “Estas tendencias mías a la cólera y al análisis me daban un sentido de autointrospección y de autocorrección que a la larga me dejaba indeciso y vacilante. Cuando veía alguno que accionaba mucho, pensaba: ¡Cuidado que lo hace mal!, y añadía: Probablemente yo no lo haré mejor. De aquí deducía una regla de conducta: No hay que accionar.” (LSP, 90)

De esta manera va viciando su sensualidad de manifiesto con  la ingenua y tranquila Anthoni, relación que le lleva a descubrir dos cosas, la necesidad de tener solvencia económica para la actividad del amor  y la de  saber mentir con gracia para salir de los atolladeros que el amor pueda originar.  Su relación con Anthoni concluye por su falta de peculio, la cautela social que advierte de lo poco recomendable que resulta casarse con una criada  y no saber mentir ni siquiera piadosamente en la despedida. Si la Anthoni le traspasó un tiempo su ingenuidad, el Murguía adulto dirá “He tenido una ingenuidad que sólo a fuerza de años he podido disolver. (LSP, 95).


LOS DISTANCIAMIENTOS

En ocasiones Baroja solía alterar el curso de sus novelas mediante un impás o distanciamiento que servía para presentar  y/o mutar el perfil del protagonista y/o iluminar la situación social del momento. 

En el prólogo de La sensualidad pervertida,  el fingido  editor de 1954  obliga a distanciarse al lector de 1920 –año de la aparición del libro—, a admitir que  supuestamente ‘vive’ en la segunda mitad del s. XX  en pleno industrialismo y después de una revolución que tuvo  lugar presuntamente en 1948. Todo ello para presentar al protagonista y suscitar el interés en la  lectura del “libro de un escritor ignorado y de otra generación(LSP, 7), precisando que el autor “no era un literato (…) sino un curioso, un aficionado a la psicología y un crítico de una sociedad vieja, arcaica y rutinaria (Ídem) y que el texto debe apreciarse “como una impresión de pasado lejano(Ídem). El distanciamiento, tan lleno de ironía como de ambigüedad, servirá para “dar una impresión exacta de la sociedad española de a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, sociedad regida  todavía por el capitalismo, el militarismo y la teocracia, y que sucumbió por completo en la revolución de 1948.(Ídem)

Otro distanciamiento ocurre cuando Luis Murguía desea emanciparse de la obsesión erótica porque Unido a mi tendencia erótica, y quizá como una descomposición de ella, iba teniendo un absurdo sentimentalismo.” (LSP, 120) Coincide con su marcha a Madrid para preparar unas oposiciones a cónsul; recomendado por un tío logra  destino en un ministerio que le proporciona 30 duros para vivir, más bien  dedicarse a la vagancia. El distanciamiento se crea mediante capitulillos ligeros que proyectan realidades españolas a través de las andanzas madrileñas de Murguía con periodistas y anarquistas, etc. Mientras, el lector atento observa que se está produciendo cierto desvanecimiento en las pulsiones eróticas de Murguía. Si antes era un cazador de amores ahora es un mirón de mujeres convenientes; va perdiendo el interés por las que antes le entusiasmaron.

Pero mientras lo sexual parece subordinarse a otras consideraciones, continúa funcionando el sentimiento de orfandad que impulsó su apego a las mujeres de manera instintiva. Lo mismo se arrima a las tres viejas encabezadas por doña Asunción, conocida de Villazar,  que dan pie a  relatos intercalados que despierten la amistad y la compasión de Murguía,  que trata de evitar el saludo de su conocida  Filo, la costurera de Bernedo por la que había sentido entusiasmos y contrariedades que le llevan a decir ahora: “Al pensar en la Filo, que era una mujer guapa, la sombra de Lozano se interponía en mi memoria, y la repugnancia que sentía por él se extendía hasta ella y, sobre todo, al hijo. Al recordar que entre Lozano y yo había elegido a Lozano, me producía una herida en mi amor propio que me escocía aún.(LSP, 160)

Aparecerán las sustitutas temporales de la Filo, por ejemplo Sofía, María Nájera o, desmayadamente, las busconas que apaña su primo Larrea y tras un problema de salud decide ir a París cuando en Francia palpitaba el proceso Dreyfus y, debido a la pérdida de las colonias, se vivía “una época de desprestigio absoluto de España (…) y aquel desprestigio acompañaba, como la sombra, a cada español en el extranjero.” (LSP, 209) El autor dedica un puñado de páginas a tales sucesos y a los personajes que Murguía va conociendo, pero como no tiene éxito en nada,  regresa a España. Nos habría gustado leer más sobre los acontecimientos aludidos y su influencia en el personaje, pero suscribo lo que Carlos Castilla del Pino[i] dijo cuando escribió con gran perspicacia: “Lo que Baroja lleva a cabo son  biografías de personajes, no sociografía. El trasfondo social no es, para él,  nunca protagonista.” (Castilla, 58)


PERSONAJES FEMENINOS QUE PARECEN IMPONERSE

Tras fracasar en las oposiciones viaja a Bilbao y se convierte en el amigo de Adela, la mujer de su pariente Ramón Larrea. Aflora el tema bizcaitarra --o vasco diríamos hoy—con insignificancia; quizás, se pudiera pensar atrevidamente, que lo interpreta de alguna manera la costurera Teresa, por la que el interés inicial de Murguía se convierte pronto en una crítica feroz: “Teresa tenía un erotismo pánico y unas pasiones de salvaje. Toda su sensualidad se revestía con ideas violentas y sanguinarias. Su egocentrismo era absoluto. No le cabía en la cabeza la más ligera sombra de una idea general. Yo no he conocido persona que llevara más lejos la limitación. Ella y yo nada más.” (LSP,  231)  

Asoma un lance cómico-trágico con Adelita, 12 años,  la pequeña de Larrea  que tiraniza a Murguía con constantes caprichos que le precipitan a salir de casa cuantas veces puede. El episodio sirve de contrapunto a la pulsión amorosa del protagonista con las mujeres adultas, pues, casi al mismo tiempo conocerá a la rubia y coqueta Bebé que despierta en Murguía las antiguas palpitaciones eróticas atreviéndose  a besarla también. Adelita reaparece muy enferma de tuberculosis y  estrecha su relación con Murguía que reflexiona: “pensé en qué podía haber en el fondo de la simpatía que experimentaba la enferma por mí y de la piedad que yo experimentaba por ella. En su efusión había una raíz erótica y en mi un principio de paternidad manca.” (LSP, 246/47)

Vuelve a Madrid. Ahora es un adulto que teme vaticinar su futuro porque tendrá que vivirlo y sabe que le puede fallar porque es consciente de sus propias insuficiencias, entre ellas, que jamás ha sido hombre dispuesto a arriesgar y con la edad ha empeorado: “Cada vez me iba haciendo más solitario, más malhumorado y más distinto de  los demás”. (LSP, 262) No obstante, su adición a lo femenino prosigue: “Yo necesito que en una reunión haya mujeres, y mujeres que no sean completamente bestias.” (Ídem) Todavía es capaz de perder la cabeza cuando acompaña a su primo Joshé Mari a un piso de la calle del Príncipe: “Yo no quería beber; pero Joshé Mari empezó con burlas, y las dos mujeres le secundaron, y bebí, y me aturdí e hice las tonterías que hace una persona que quiere ser seria cuando pierde los estribos.(LSP, 263)

En los comienzos del libro Murguía aseguraba que no le sorprendía la fauna humana porque se cree extraordinaria, pero resulta ridícula. Tampoco se vanagloriaba  de sí mismo: “no he hecho nunca nada  que valga la pena de ser contado en prosa ni en verso(LSP, 14). Y aunque se estimaba hombre inútil, sin fundamento y, aparentemente,  los acontecimientos han sucedido a su lado sin afectarle al espíritu, al cabo del tiempo le han calado y se incorporan a su conciencia dejando la masa de recuerdos “una resonancia triste dentro de mi espíritu.(LSP, 19) Será su primo Joshé Mari quien ofrezca un retrato en parábola de su situación: “Es un pobre hombre. Anda por la soledad buscando su albergue. Después de mucho buscar, encuentra uno. Está bien, se dice él. Pero allí falta una ventana, allá una puerta; hay que cerrar este boquete, por donde entra el frío. Luis sale de su rincón para esto y para lo otro, y cuando vuelve se encuentra que le han cogido el sitio y tiene que ponerse a buscar otro albergue.” (LSP, 265)


HACIA EL FINAL

Murguía es mayor y piensa más en la subsistencia, en sus negocios con don Bernabé hasta que surge su última aventura con Ana de Lomonosoff, rusa que había conocido en San Sebastián. A diferencia de las mujeres conocidas con anterioridad, es culta con conocimientos científicos y filosóficos, en la estela de Sacha Savaroff de El mundo es ansí; una mujer con la que apetece mantener tertulia y le hace emborronar páginas. También llega a besarla y sentir vértigo. Con todo, Luis no tiene un entusiasmo grande por ella “porque notaba sus defectos y las incompatibilidades de nuestro carácter.” (LSP, 295)

El texto, muy lentamente, se dirige al final.  Ana se despide de Luis porque va a reunirse con su marido. Él queda conmovido, melancólico, porque la casa de Ana “Era uno de los pocos sitios donde me había encontrado a gusto en mi vida.” (LSP, 322) Una serie de malos entendidos fuerzan que no se vuelvan a ver; el marchará a Londres, ella a Bulgaria. Esta aventura afecta al inactivo Luis profundamente: “Yo no sé si hay parálisis del espíritu; si las hay, yo tenía una.(LSP, 326)

Pretende remediarlo yendo a Roma invitado por su primo Joshé Mari, pero su sino es estar, ver pasar personas y cosas, quedarse con las sensaciones en el oído; pese a ello, y mejorando los finales acontecidos a los personajes de acción en otras novelas de Baroja –donde se les mostraba como fracasados o muertos--, Murguía está medio satisfecho de su vida: “Al menos, no ha hecho uno en la vida ni indignidades, ni bajezas; quizá alguna pequeña canallada, pero nada más. Poca gente está contenta con su vida; yo tampoco lo estoy; pero no me remuerde la conciencia violentamente.” (LSP, 334)

A Murguía los negocios le van bien y llega a obtener una renta para cubrir sus necesidades. El proceso de su parálisis espiritual contrasta con su disposición continua a viajar aunque sus viajes no suelen aportarle satisfacciones; parecen un deseo de huir de su propio laberinto interior. Ahora lo hace a Bilbao por la muerte de Ramón donde tiene una sensación melancólica al ver a sus hijos: “Me daban la impresión de la continuidad de la vida y del acabamiento mío.(LSP, 343) No obstante, confiesa que ahora es cuando mejor vive: “La perversión de la sensualidad me ha ido llevando al puerto. (LSP,  345) Lo suyo es hacer genealogías y leer, conversar amistosamente con la Filo y la Puri, veranear en Arnazabal, visitar a Larrea y está tan satisfecho de su manera de ser burguesa que confiesa a Joshé Mari que “hubiera sido menos feliz siguiendo otro camino. No me cambiaría por la mayoría de la gente que conozco.” (LSP, 347)

Aún le queda una última pulsión más que erótica de conveniencia en su reencuentro con Bebé; llega a establecer planes de boda que su limitación de medios y la roñería de ella liquidan. Otras mujeres que asoman también le desencantan. La señora de la casa donde vive ve a Luis Murguía como hombre con sorna y él responde: “Antes era ingenuo y sentimental. Es posible que esto que usted llama sorna sea una descomposición del sentimentalismo.(LSP, 355) y cuando le pregunta por la razón de hablar mal de las mujeres, responde: “No es más que amor y entusiasmo disimulado por ustedes y dolor por el fracaso.” (LSP, 356) Así, acreditando un fracaso, acaba una novela cuyo título ha sido inteligentemente interpretado por José-Carlos Mainer: ”sensualidad vale por sensibilidad y pervertida  por algo así como enfermiza o patológica; puede que a Baroja le divirtiera de antemano el equívoco(Mainer,251) Hemos leído la historia de un abúlico sentimental que concluye en burgués de tomo y lomo; una novela-cuadro que encierra historias alrededor del mismo personaje cambiante. Pero es también una biografía sin aparente final  que facilita la posibilidad de un desenlace imaginable por el lector. Sobre todo, la historia de un personaje que cierra el círculo de la evolución del protagonista activo al inactivo en Pío Baroja.


NOVELA ACORDE A SU TIEMPO

Decíamos al comienzo que La sensualidad pervertida era una novela que conservaba rasgos del modernismo, pero también resulta certero hablar de su afinidad con las novelas europeas de su tiempo. Resulta curioso que Caro Raggio publicara La sensualidad pervertida (1920) el mismo año que Espasa Calpe imprimía Por el camino de Swann (1913) de Marcel Proust en castellano. Cuando Wallace Fowlie[i] considera a Swann como el prototipo del personaje inactivo, como “un contemplador de la infecundidad”, ”que no vive en alianza con su destino”, pero sí en medio “de la disolución de todos sus prejuicios morales(Brombert, 268), ¿no parece que hablara de Luis Murguía? No pretendo referirme a influencias del escritor francés, sino a parecidos  entre ambos protagonistas.

Emilio González López[ii] no relacionaba la novela barojiana con  el expresionismo ni el surrealismo sino con “la novela abierta existencialista” que sería un anticipo de la que vendría en la posguerra de la IIª Guerra Mundial (González, 35): “Su primera relación con ella está en la materia fundamental del arte novelesco: en sustituir la fábula por la vida, por la existencia. La vida en su fluir será la materia novelesca. Las gentes y los ambientes, que van apareciendo en el relato, se asocian a él por la existencia, por el correr de la vida de esos personajes, y no porque tomen parte en una historia o en una fábula particular.(Ídem)  Señala a Jean Cassou, John Brande Trend y los hispanos Federico de Onís, Salvador de Madariaga y Julian Marías como los analistas que vieron elementos existencialistas en la obra barojiana para afirmar: “Con el existencialismo, más que con el simbolismo y el expresionismo, se relaciona su vivo interés con el presente y su despego por el pasado, salvo el próximo, y más aún por el futuro próximo o lejano(González, 62) aspecto éste que, según él,  le separa de los más destacados miembros del 98.

Si exploramos la pista existencialista que proclama no soy nada más que mi propia existencia consciente encontramos que Luis Murguía siendo joven se deja vivir, siente; refiriéndose a sí mismo dice: “En realidad no era un joven inteligente, sino un joven de sentidos perspicaces, una vista admirable, un oído fino y un olfato de perro(LSP, 84). Para el existencialismo el hombre es un sujeto consciente y Murguía lo es; sus  temores se dirigen hacia la nada de la existencia humana; no es feliz y sabe que su existencia ha sido y es absurda. Lo que le aparta del existencialismo de época es que no sufre alienación política, cuando menos como la experimentada por algunos de los protagonistas de acción anteriores a Murguía; pero la novela de Baroja no es  dispar –salvo en alturas- a otras de su tiempo también iluminadas por Nietzsche, Schopenhauer, Bergson y otros, como fueron las de Julian Green, Bernanos, Proust, Gide, Mauriac, el T. Mann que trató el tema de la formación del protagonista tan excelentemente –recordemos que La montaña mágica es de 1924-, o el Joyce del Ulises de 1922.





BIBLIOGRAFÍA.:

[i] Pío Baroja, La sensualidad pervertida, Caro Raggio, Madrid, 1927. De  esta posible 2ª edición de la novela proceden mis citas indicadas así: (LSP, xx), al igual que para el resto de la bibliografía.

[ii] Sobre la utilización y el significado de las figuras del autor, narrador, editor, etc., la distancia y otros temas en La sensualidad pervertida recomiendo la lectura del excelente estudio “La Sensualidad Pervertida” de Ascensión Rivas Hernández en Pío Baroja: Aspectos de la técnica narrativa, Universidad de Extremadura, 1998, pp. 99/118.

[iii] Juan Uribe Echevarría, Pío Baroja. Técnica, estilo, personajes, Editorial Universitaria, S.A., Santiago de Chile, 1969.

[iv] José-Carlos Mainer, Pío Baroja, Taurus. Madrid, 2012

[v] Mary Lee Bretz, La evolución novelística de Pío Baroja, Porrúa, Madrid, 1979.

[vi] Edith Kern (268) “The modern Hero: Phoenix or Ashes?”incluido en la edición de Victor Brombert  The hero in Literature, a Fawcettt Publications, Inc., Greenwich, Conn.,1969, pp. 239/265.

[vii] Birute Ciplijauskaite, Baroja, un estilo, Ínsula, Madrid, 1972

[viii] Victor Brombert,  The hero in Literature, a Fawcettt Publications, Inc., 1969, p. 268.

[ix] Carlos Castilla del Pino, “Baroja: Análisis de una irritación”, estudio  del libro de Juan Benet y otros, Barojiana, Taurus. Madrid, 1972.

[x] Wallace Fowlie, “Swann and Hamlet: A note on the Contemporary Hero”, Partisan Review, IX, 1942, pp.195-202, citado por Edith Kern en su estudio “The modern Hero: Phoenix or Ashes?” ya citado.

[xi] Emilio González López, El arte narrativo de Pío Baroja: las trilogías, Las Americas Publishing Company,  Madrid, 1971





viernes, 7 de diciembre de 2018


Las historias de Sonso


DON AMANDO LASTRES,
JURISTA Y POETA


Cuando nos pasaba por delante, mi padre decía: “¡Mira, hijo! ¡Ahí va el gran hombre! Gran jurista, grandísimo poeta, ¡el mejor!” Y cabeceaba reafirmando. Ese hombre era mayor y avanzaba los pies de una manera tan peculiar como descoordinada. Llevaba sombrero, le protegía un abrigo verde oscuro algo tronado y ocultaba las manos en sus bolsillos.

Padre le conocía de cuando la Facultad estaba en la calle San Bernardo y era su profesor de Derecho Civil, Familia y Sucesiones, además de magistrado. Por entonces siempre iba hecho un pincel. Los alumnos le adoraban porque sus Apuntes formaban un texto reducido y bien escrito que se leían como una novela y en sus exámenes daba muchas opciones, mientras que el titular de la otra cátedra era inaccesible y sus cuestionarios de exámenes salían de la letra pequeña de su Manual.

Por entonces, don Amando era un hombre feliz sin duda. Estaba casado con una gallega bellísima de aspecto espiritual que le había dado dos hijos. Si jamás la vieron por la Facultad, ella nunca se perdía un recital del marido pudiéndose decir que los adornaba.

Pero con el tiempo, doña Marta comenzó a hacer cosas raras como la de quedarse abstraída sentada ante una camilla mientras golpeaba un cigarrillo infinitas veces contra el cenicero. Preguntaba con frecuencia al marido quién era él, incapaz de reconocerle. Tenía como prontos y salía apresurada a la calle cruzando sin mirar para el tráfico que iba o venía.

Los médicos diagnosticaron un cáncer cerebral, quizás una metástasis del pulmón. En aquellos tiempos la diagnosis era como una sentencia de muerte porque España carecía de especialistas y sólo don Sixto Obrador podría, quizás, haber remediado el curso de la enfermedad. Pero no llegaron a él; la pobre mujer falleció un mes después del primer diagnóstico.

El mazazo fue descomunal para don Amando; su ánimo se hundió. El abatimiento y el desconsuelo fueron quebrándole de tal modo que comenzó a ser un profesor rutinario; incluso se sintió incapaz de poner al día los Apuntes que escribió en épocas mejores. Sólo la poesía reflejaba su desesperación y desaliento; los versos brotaban de continuo y trascendían una tristeza infinita. Se aficionó a leer el Miércoles de ceniza de T.S. Eliot y, pensando en Marta, repetía el verso “Porque no tengo esperanza de volver otra vez” infinitas veces.

Por entonces la calle San Bernardo estaba colmada de bares donde estudiantes y algunos profesores entretenían ocios tomando un vino o una cerveza, incluso un bocadillo de calamares si la gazuza punzaba.

Mingote evocó la costumbre y la moda existencialista del momento en un chiste de ABC. Dibujó un bar con el escaparate atiborrado de bocadillos de calamares y un humillo a fritura del cefalópodo fluyendo hacia la calle; pintó a un joven transeúnte –un existencialista como recién llegado del barrio latino parisién-- cuya nariz había sido atrapada por el olorcillo excitante provocándole esta frase iluminada: “¡Huelo, luego existo!”.

El piso se vino encima de don Amando cuando Palmira decidió relevar a su difunta hermana en el cuidado de los críos. Se infiltraba en el piso durante el día provocando en su cuñado el deseo de permanecer lo menos posible en él. Se acostumbró a desayunar mal para hacerlo después a capricho en alguno de los bares existentes en el trayecto a la facultad y, al salir de sus clases, se aficionó a tomar algún vino con los estudiantes, dos o tres si se terciaba. Comía en casa frugalmente, para luego ir de nuevo a cualquier bar a leer, preparar lecciones, escribir o corregir poemas, pasando del café al vino si hacía tertulia con otros parroquianos. El objetivo era llegar a su piso cuando Palmira hubiera marchado al suyo.

Volviendo al principio diré que la devoción de mi padre por el profesor-poeta se encendió cuando un semáforo en rojo nos detuvo a su altura en uno de los  cruces de Alberto Aguilera. Padre se le quedó mirando hasta que don Amando, un tanto sorprendido, preguntó:
--¿Nos conocemos?
--Yo a usted, sí, pero usted a mí no –contestó mi papá-. Fui estudiante suyo, ahora soy procurador de los tribunales y usted un grandísimo jurista y mejor poeta entre otras cosas.
--¡Vamos, vamos! - balbuceó el jurista como avergonzado-. Así que más o menos somos de la profesión.

Se liaron a hablar indiferentes a las mutaciones del semáforo. Finalmente cruzaron, pero daba igual porque se detenían y continuaban dialogando, y cuando mi padre recitó de memoria uno de sus poemas, don Amando casi le abrazó emocionado y lo hizo también cuando padre le dedicó estos versos de Borges: “Tus alegrías, tu triunfo y tus éxitos no son míos. / Pero disfruto sinceramente cuando te veo feliz.” Después, le pidió que intercambiaran sus tarjetas de visita. Al leer la de mi padre, el gran poeta exclamó asombrado: “¡Pero si vivimos al lado!”. Pues sí, resultaba que residía dos edificios arriba del nuestro y añadió tras el descubrimiento: “¡Tengo que visitarle y celebraremos este encuentro!”

Una semana después llamó a nuestra puerta. El hombre sonreía y llevaba bajo el brazo algo envuelto en una bolsa de papel. Pasaron al cuartito de estar y se sentaron junto a la camilla. “Mire, para celebrar nuestro encuentro del otro día he traído una botella de tequila Cuervo. Un elixir que descubrí en uno de mis viajes a Méjico, una bebida que expande el alma y atina el juicio de los hombres justos como nosotros.”

Padre miraba para la botella con ojos de preocupación, pues, lo más alcohólico que había bebido en su vida pudo ser un trago de Agua del Carmen. Confesó su falta de hábito con timidez, a lo que el otro respondió: “¡Ah! No se preocupe, usted se toma un café y a mí, si me trae un vaso con hielo, pasaremos la tarde tan ricamente“. Y allí quedaron los dos, platicando de las cosas de los juzgados y, sobre todo, de poesía.

Las apariciones de don Amando ocurrían una o dos veces al mes, siendo más frecuentes en los meses fríos. Cuando entraban en nuestro cuarto de estar yo desaparecía de oído que no de cuerpo, pues, lo que hablaran ni me interesaba, ni me concernía, ni lo iba a entender. Me dedicaba a lo mío, estudiar o entretenerme, aunque en los momentos -¿cómo diría yo?- sublimes de su charla, sí que prestaba atención.

Una de esas tardes llegó muy nervioso y se sirvió de la botella que traía apenas padre le puso el vaso. El asunto que escuché me dejó sorprendido: “Anoche cuando llegué al piso mis hijos ya estaban acostados, pero había luz en mi dormitorio. Al cruzar la puerta la encontré allí, de pie y de espaldas, completamente desnuda, y entre sus manos un camisón de mi señora. Quedé boquiabierto porque su cuerpo era como el de mi difunta Marta, las mismas piernas largas y finas, el terciopelo de su piel provocándome. Fue su cara, la lujuria que exhalaba la que me quitó el tino e hizo huir y refugiarme en el primer cuarto que encontré, curiosamente el váter del servicio, y allí permanecí hasta que oí cerrar la puerta de la calle. Pero esta mañana fue como si lo ocurrido la noche anterior hubiese sucedido únicamente en mi imaginación. Mi cuñada era la de siempre, dedicada a mis hijos y a las tareas de la casa.”

Supe tiempo después que los sustos nocturnos se repetían con el resultado final previsible. Palmira se adueñó finalmente de la casa, de los hijos y de él. Don Amando pasó por estados de vergüenza a otros que reflejaban un entusiasmo sensual que trascendía en sus versos nuevos, apareciendo por nuestro piso sólo cuando quería compartir sus poemas con papá.

Y mi padre decía que eran poemas inspiradísimos aunque nada líricos; ya no fluían como arroyo primaveral y eran difícil de entender; él decía: “Me he dado cuenta de que fuera del amor hay poco que celebrar; la realidad está manipulada por quienes mandan y no la entienden. Hace muy pocos días cogieron a un joven con unos apuntes de álgebra y la policía le encerró creyendo que eran poemas subversivos en clave”. Cuando la política solapaba a la poesía, sus tertulias con papá se hacían interminables.

Pasaban los años y don Amando menguaba en su abrigo; también caminaba más lento e inseguro. Sus ojos debían brillar hasta el mediodía; luego, el alcohol los empequeñecía y abotargaba. Sus hijos pasaron de zangolotinos a jóvenes díscolos que terminaron arrojando a Palmira de la casa. Consentían a su padre por la necesidad económica, pero haciéndole culpable de sus males, reales o imaginarios.

Don Amando se consumía al mismo tiempo que prosperaban lenguas en su contra, las mismas que detuvieron su carrera profesional porque cierto día se enemistó públicamente con la jerarquía al lanzar como dardo el refrán “Allá van leyes do quieren reyes”. También dejaron de oírse las voces que alabaron su lirismo de antes y ahora manifestaban desdén hacia su nueva poesía progresista y su amistad con Blas de Otero.

Entonces sobrevino la tarde aciaga. Había visitado a un amigo que vivía en la Ciudad Lineal. Gustándole el paisaje de la zona se puso a recorrerla sintiéndose inspirado. Anda que te anda llegó a una zona alejada donde los chalets aparecían desperdigados cuando, de pronto, le rodearon varios perros de no pequeño tamaño ladrándole con malas intenciones. Se hizo con la rama de un árbol y se defendió de las embestidas girando su cuerpo en circular, pero el acoso no cesaba. Una mujer salió de un chalet cercano para ver qué sucedía y él pidió ayuda, pero la mujer no entendía o no quería entender. Gritó que era un magistrado y no un delincuente, pero la mujer miraba desconfiada y seguía sin ayudar. Sólo cuando don Amando voceó que solicitara la ayuda de la policía, la mujer chistó a sus perros que desaparecieron con ella dentro de la casa.

Después, don Amando huyó; no se recobraba del susto. Deambuló sin rumbo hasta abandonar  la Ciudad Lineal y anduvo luego por multitud de calles hasta llegar  a nuestra casa en un estado lamentable. Relató su aventura y dijo: “Me tienen que perdonar, pero me voy a tumbar la botella que traigo conmigo”. Y mientras hablaba de cosas que debían tener sentido para él, mientras hablaba de los motivos esgrimidos por los hijos para echar a su cuñada, mientras decía que casi nunca tuvo palabras con Palmira, pero había sido la obsesión de su carne, mientras decía que sus hijos apenas le podían ver, mientras hablaba pestes de sus compañeros, de la justicia y de los poetas que habían sido amigos y ya ni le saludaban, se bebió la botella entera.

Estaba claro que debía irse, pero apenas se sostenía. Aunque mi padre no era de los fuertes, dijo que lo acercaría a su casa y lo hizo.

Regresó irritadísimo. Contó que cuando llegaron --no sin dificultades, apoyándose en árboles y paredes de la calle y luego que respondieran desde el piso por el interfono para abrir la puerta del edificio-- don Amando pidió que papá le acercara al ascensor, que bajaba, y cuando la puerta se abrió salió un joven que apartó a mi padre de manera muy grosera y, agarrando a don Amando, le empujó de manera airada adentro del ascensor; el cuerpo de don Amando rebotó en una de las paredes cayendo de bruces al suelo. Lo que le irritó a mi papá, aparte de los modales del joven, fue que le tomara por un compañero de juergas cuando iba completamente sobrio.

Al día siguiente, las páginas interiores de los periódicos y en pequeñas columnas, daban la noticia de que don Amando Lastres, magistrado y poeta lírico reconocido en otra época, había fallecido de un ataque al corazón y dejaba dos hijos. Mi papá lloró al conocer la noticia y a mí me dio como una sacudida de rabia.
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